Los guerreros del teclado del mundo aguardaban un conflicto bélico impactante

Entre la espada y la pared, la impávida Taiwán no renuncia a su comida

A pesar de la respuesta de China a la visita de la estadounidense Nancy Pelosi, lanzando misiles balísticos en las aguas alrededor de la isla, la mayoría de los taiwaneses viven en completa normalidad.

Gente & Lugares
Redacción Diario Página Siete
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La Paz - miércoles, 10 de agosto de 2022 - 0:05

Para una isla subtropical acostumbrada a prepararse para recurrentes impactos de poderosos tifones, la semana pasada Taiwán pareció estar cerca de ser golpeada hasta la médula por otro tipo de devastación. Al menos eso se pronosticaba, a juzgar por los torrentes de fanfarronería que desbordaban de las manos de los guerreros del teclado del mundo, luego de la escala en la gira regional de una importante lideresa política de Estados Unidos.

Dependiendo de las fuentes que uno lee, los taiwaneses se estarían preparando para un inminente ataque militar a toda fuerza por la vecina China, o al contrario brillando con resplandor, y también nerviosismo, por la visita más comentada en un cuarto de siglo, la de Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos y segunda en la línea de sucesión a la Casa Blanca.

No había sido desde la llegada de menos alto octanaje de Newt Gingrich, hace 25 años, el primer presidente de la Cámara en haber ido a Taiwán, que los residentes se sentían en el ojo de una tormenta mediática internacional, a tales extremos que flotaban preguntas sobre si, luego de Pelosi, comenzaría otra guerra mundial.

Es suficiente mirar cómo algunos internautas taiwaneses escribían sobre la visita para darse cuenta del verdadero estado de ánimo de la población. Bromeaban, por ejemplo, que Pelosi era el nombre que los meteorólogos dieron a un nuevo tifón. Hay que preguntarse si la gente está realmente preocupada por, o incluso interesada en, las amenazas de China, las promesas de Estados Unidos en defensa de la isla y las áreas grises de la jungla geopolítica en el medio.

Como británico que vivió dos años en Taipéi, la dinámica capital taiwanesa, y que apenas habla un mandarín rudimentario y discordante, no tengo suficientes conocimientos para predecir el futuro de Taiwán. Tampoco los expertos geopolíticos deberían sentirse así, en realidad muchos entendieron mal las intenciones de Putin con Ucrania, por ejemplo, y de la misma manera es imposible prever lo que está dentro de la cabeza del presidente autoritario Xi Jinping, y cuáles puedan ser sus siguientes pasos y las reacciones internacionales en las próximas semanas y meses.

Como humilde escritor y profesor de inglés tuve la suerte de interactuar con residentes de Taipei de todas las edades, credos, clases y colores, por lo que estoy al tanto de una variedad de opiniones locales.

Mis alumnos, por ejemplo, no niegan la toma de postura de China por la llegada de Pelosi, pero tampoco corren para refugiarse en las montañas. Son conscientes de la acelerada expansión naval de China, de sus simulacros de invasión e incursiones regulares de aviones de combate en los cielos de Taiwán. Sin embargo, a pesar de recientes titulares en internet que advierten sobre una inminente Tercera Guerra Mundial, uno de los memes más populares de los últimos días entre mis alumnos muestra dos cuadros contrastantes.

El primero: “Taiwán según las redes sociales en Taiwán”, muestra imágenes de paisajes montañosos, excursionistas felices, playas soleadas, piñas dulces y mercados de noche repletos. En contraste, el segundo gráfico: “Taiwán según las redes sociales fuera de Taiwán”, muestra a Pelosi y Xi cara a cara circundados por buques de guerra, aviones militares, hongos nucleares y soldados blandiendo lanzacohetes.

Si bien el resto del mundo parece entrar en pánico, la evaluación predominante de observadores y comentaristas locales ha sido que, a pesar de la respuesta de China a la visita de Pelosi, lanzando misiles balísticos en las aguas alrededor de Taiwán, la mayoría de los taiwaneses vive en completa normalidad.

Lo que importa aquí son las mismas cosas cotidianas de otros lugares como Bolivia: la familia, los amigos, el trabajo, las bromas y el orgullo por la belleza natural de su país, sus ciudades bulliciosas y, sobre todo, su comida deliciosa como el tofu apestoso, un manjar muy querido de un olor abrumador que siempre se me ofrece con deleite en las calles de la ciudad. Tan fuerte es esta admiración por la cocina local que, en sus mensajes de bienvenida a Pelosi, los taiwaneses incluyeron consejos de viaje sobre los mejores restaurantes y comida en Taipei.

“Llevamos décadas viviendo con la amenaza de la invasión de China, ya estamos acostumbrados”, dice Sandy, una exalumna que estudia para ser piloto. “Taiwán está a unos 160 kilómetros (de China), al otro lado de un mar muy agitado. Es una isla montañosa bordeada de acantilados con muy poca costa accesible para lanzar una invasión a gran escala. Y con los radares avanzados de hoy en día, cualquiera sería capaz de ver una lancha desembarcando desde millas de distancia. No es como con Hong Kong”.

Otra de mis alumnas, Annie, es parte de una oleada de hongkoneses que, desde 2020, han dejado su ciudad natal por la relativa libertad de Taipéi, después de que la China comunista acabara de facto con la autonomía legislativa del antiguo territorio británico.

Annie asistía a la vigilia, cada 4 de junio, en el Parque Victoria de Hong Kong, para recordar a los que murieron en la masacre de la Plaza de Tiananmen en Beijing en 1989, cuando el gobierno chino aplastó las protestas a gran escala por la libertad y la democracia. “Yo era una de las más de 100 mil personas que tomaban parte”, recuerda sobre su última vigilia en 2016. “Cantábamos canciones, sosteníamos encendedores y velas. Era muy conmovedor. Sin embargo, este año no había nadie, ni un alma. Es como si Tiananmen hubiera sido borrado de la historia de China”. Para ella y muchos hongkoneses, “Taiwán ofrece una nueva esperanza de vida”.

Annie cuenta que hace poco fue al cine para ver Maverick, una secuela del éxito de taquilla de Tom Cruise, Top Gun, de 1986. En la primera película, Cruise usa una chaqueta con la bandera taiwanesa en la espalda. Pero durante la publicidad para Maverick, aparecieron imágenes de la chaqueta de Cruise sin la bandera de Taiwán, para no poner en peligro el potencial éxito de la película en China. Cuando finalmente se estrenó, la bandera taiwanesa seguía en su lugar original.

“Di un grito de alegría cuando vi la bandera, y también algunos de los espectadores del cine”, dice con mucho entusiasmo. “¡Es una vergüenza que Taiwán no pueda ondear su propia bandera en los Juegos Olímpicos, y tenga que ir bajo el nombre de Chinese Taipei ¡¿Qué significa eso?!”.

Quizás ella y muchos otros se hayan sentidos reivindicados cuando el avión de Pelosi aterrizó en el aeropuerto Songshan de Taipei: una gran bandera taiwanesa brillaba iluminando el cielo nocturno de la ciudad, grabada en vivo por las cámaras de televisión del mundo. Al día siguiente visitó el parlamento taiwanés y se reunió con su anfitriona, la presidenta Tsai Ing-wen, frente a la bandera taiwanesa.

Aparte de sacar tajadas políticas simbólicas como ésta contra China, Taiwán permanece en gran medida aislada del escenario internacional. Es reconocida oficialmente como nación soberana solo por 14 países, la mayoría pequeños o pobres, como Paraguay, las Islas Marshall y Haití, a los que Taiwán ha ayudado financieramente y que Beijing quiere entruchar en su intento de diluir aún más la posición global de Taiwán.

Estados Unidos y Europa consideran a la isla un aliado comercial clave, especialmente por su dominio del mercado de microchips mundial, y ofrecen apoyo financiero o militar. Se han abstenido de reconocer plenamente su independencia para evitar desencadenar un conflicto con China. Más de 400 mil taiwaneses viven y trabajan en China, las empresas taiwanesas tienen fábricas y oficinas allí. De hecho, prevalece un extraño statu quo.

A principios de año, el programa de la televisión estadounidense Last Week Tonight with John Oliver reveló que, en amplias encuestas entre la población taiwanesa, apenas un minúsculo 1,5% quería formar parte de China, pero sólo alrededor del 6 por ciento estaba a favor de la plena independencia. La mayoría parece contentarse con continuar, en palabras de su desafiante presidenta Tsai, “defendiendo el statu quo y nuestra democracia ganada con tanto esfuerzo”; es decir, sin necesidad de sellarla legal y unilateralmente.

Cuando llegué por primera vez a Taiwán no podía entender este estado de cosas aparentemente insípido, y por qué los taiwaneses no luchaban más para la preservación de esta “democracia ganada con tanto esfuerzo”. Ahora que viví en Taipei puedo ver su punto de vista.

Los taiwaneses no quieren ser envueltos por las garras sombrías y restrictivas de Beijing, ni quieren ser manipulados como un peón útil en los juegos de poder a veces egoístas de políticos occidentales grandilocuentes. Si es verdad que extienden la alfombra roja cuando visitan representantes con ideas afines, está claro que quieren forjar su propio destino.

Desde que los marineros portugueses llegaron en el siglo XVII y la llamaron Formosa (Hermosa), la isla ha sobrevivido a muchas transformaciones. Aparte de las comunidades indígenas, también se han visto pasar holandeses, españoles, chinos (pero no los chinos comunistas) y japoneses.

Bajo el nombre de República de China (que no se debe confundir con la República Popular de China al otro lado del estrecho), después de la Segunda Guerra Mundial, Taiwán sobrevivió a la dictadura del ahora desacreditado Chiang Kai-shek, quien estableció un gobierno paralelo en la isla luego de ser derrotado por las fuerzas de Mao Zedong en 1949. Fue el hijo menos autoritario y más popular de Chiang, Ching-kuo, quien allanó el fin de la ley marcial y el comienzo de la actual democracia que ha existido en formas diversas desde 1987. La reelección de la primera mujer presidenta hace dos años marcó un más elevado deseo de autodeterminación y un fuerte orgullo por las libertades democráticas que, a diferencia de sus vecinos chinos, los taiwaneses disfrutan.

Hace años enseñé en una universidad de Beijing a estudiantes que venían de todas partes de China. Cuando me pidieron que juzgara un concurso de escritura de discursos sobre el futuro de su país, terminé escuchando más de 100 elogios alucinantes, casi idénticos en fervor y contenido, todos alabando a Xi Jinping. Traté de explicar que en Occidente nos burlamos con frecuencia de nuestros líderes; mostré un Donald Trump de color naranja con su pelo azotado por el viento en forma de mohicano, y una caricatura cariñosa de la reina Elisabeth fumando un cigarrillo y vestida como una pequeña criminal. Mis intentos trajeron solo risas nerviosas.

Mis estudiantes taiwaneses, al contrario, no han tenido miedo de desahogar sus opiniones. Algunos han estado encantados con la visita de Nancy Pelosi, admirando su coraje y el hecho de que ella, a diferencia de algunos políticos saltadores de tren, siempre ha defendido a los desvalidos. En particular, en una visita en la Plaza de Tiananmen en 1991, exhibió una pancarta en honor a los muertos en la masacre dos años antes.

Otros, sin embargo, no han hesitado en llamarla una desgracia, diciendo que está plagada de escándalos de corrupción. Al igual que comentaristas conservadores, especialmente en EEUU, han dicho que su visita es un viaje egoísta en el ocaso de su carrera, sin preocuparse por el caos que pueda haber desatado, un viaje además impulsado para ayudar a su partido demócrata de su país en subir en popularidad y así conservar la mayoría en el Congreso luego de las elecciones legislativas de noviembre.

Hay que agradecer que mis alumnos puedan sentirse libres de decir lo que piensan. Claro, puede haber muchas cosas que me enfurecen de Taiwán: los flujos de motocicletas zumbando por Taipei como avispones trastornados las 24 horas; el requisito aún existente de usar mascarilla afuera, incluso en el calor sofocante del verano; el hecho de que a los taiwaneses les encante tomar fotos de cada comida. Pero esta es una isla de fortaleza, donde sobrevive una fuerte esperanza que la gente de este hermoso lugar siga decidiendo sobre su futuro.

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