Las luchas de una lavandera que limpia un río abandonado y otras historias de la crisis hídricaº

Estudiantes de colegio acudieron a varias zonas alejadas de las capitales de departamento y registran, en fotografías y reportajes, algunas peripecias que pasan los vecinos para cuidar y preservar el líquido vital. Existe preocupación por la contaminación y la desaparición de estos reservorios.

Gente & Lugares
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La Paz - jueves, 16 de junio de 2022 - 5:00

El agua es sinónimo de vida y un grupo de estudiantes de colegio recopila historias en las cuales hay personas que se visten de héroes y heroínas en esta crisis medioambiental. Ellos hicieron un trabajo periodístico en las zonas alejadas de las capitales departamentales.

En Cotahuma, ladera de la ciudad de La Paz, Juana Quispe trata de limpiar el agua de un riachuelo abandonado. La lavandera recuerda que antes el lugar era limpio y ahora es una cochinada.

La vertiente del barrio es una fuente de agua segura y por eso la usan para el consumo humano. Existe el riesgo de que una empresa busque apropiarse del manantial.

En Punata, Cochabamba, Daniela Zurita está preocupada porque debido a la basura que se echa en un manantial el agua acaba contaminada. Allí tiran bolsas de detergente, botellas, plásticos, latas y vidrios... de esta manera, el grano de tarwi se va dañando.

Dos niñas con alma de reporteras cuentan cómo dos lagunas en El Alto (una en Siete Lagunas y la otra en Chonchocoro) apenas sobreviven. La basura es un denominador común que acaba con los reservorios de agua.

La crisis en el lugar afecta a los vecinos de estas zonas y también a animales diversos.

En esta edición, niñas y niños ofrecen tres narraciones sobre la problemática hídrica. Muestran lo difícil que resulta conservar espacios limpios y la necesidad del agua para los pobladores del área rural.

La cuidadora de la vertiente

Desde la estación del teleférico en Cotahuma, en la ciudad de La Paz, una o dos cuadras subiendo unas gradas, empieza un camino de tierra donde se encuentra una casa junto a un riachuelo de agua de vertiente. El agua es calmada y sucia, pero allí está Juana Quispe, de 73 años, tratando de limpiar esa corriente.

Ella dedica su tiempo a sacar la basura del agua: ropa, saqañas, llantas, zapatos, cajas de frutas. Cuando agarra un objeto lo coloca a una orilla, entre la importante vegetación que crece por la cercanía de la fuente de agua.

Toda esta basura son objetos que tiran las personas y que llegan al riachuelo. La señora Juana dice que el lugar “era limpio, ahora es una cochinada; tiene platos, ollas, baldes, una huevada viene ahora”.

La señora Juana se peina con dos trenzas blancas, usa pollera y se pone botas azules de goma para dedicarse a limpiar, también usa mangas de plástico para proteger su antebrazo del agua fría.

Ella y otras mujeres trabajaban como lavanderas de ropa en este lugar. Ahora recuerda que una amiga suya despertaba temprano para ver que la gente no ensucie el agua de vertiente, pero ya no puede hacer eso porque murió debido al Covid-19.

“Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis personas lavábamos aquí, después ha aparecido esto”, dice doña Juana. Se refiere a que empezó a aparecer basura y el agua se volvió turbia.

A pesar de eso, doña Juana lava su ropa en ese lugar que está a unos pasos de su casa. A las tres de la tarde, ella ya lavó la ropa de su nieto y la puso a secar. Su ropa blanca y de otros colores está secando al sol, entre ella un uniforme de escuela.

Cotahuma

Cotahuma es una zona de la ciudad de La Paz donde hay muchas vertientes. Apolinar Márquez, vecino de la zona, estaba arreglando su carro a unos pasos arriba del teleférico.

Él cuenta que los vecinos de la zona también se proveen de una vertiente. “En ese lugar hay una casa, sede social de San Juan, y en ese lugar de la sede, más aquicito, hay un túnel de donde sale agua, vertiente, no está embovedado. Eso faltaría embovedar con cemento, bonito, para que no caiga tierra, pero cae y se arruina el agua, y esa agua bebemos”, dijo don Apolinar.

La vertiente del barrio es una fuente de agua segura y por eso la usan para el consumo humano. Por este motivo, según el señor Márquez, la empresa Aguas del Illimani está interesada en administrarla.

“Aportamos cada mes cinco bolivianos para que (una persona) compre cloro, cal, para que purifique el agua, hay otro medicamento más que compra el presidente de la cooperativa. Ahora vamos a tener un problema grande, vamos a ir a pelear con Aguas del Illimani, nos quieren quitar el estanque, eso no vamos a permitirlo”, dijo.

En la zona de Cotahuma hay pequeños puentes, canales y árboles que crecen porque hay muchas fuentes de agua.

Dos lagunas de El Alto están desapareciendo

En la ciudad de El Alto existen lagunas que poco a poco están desapareciendo debido a la acción de las personas. Es el caso de la laguna de la comunidad Chonchocoro, del municipio de Viacha, y la de Alto Lima, del sector Siete Lagunas.

Ambas están en lugares alejados del centro de la ciudad de El Alto y en tierras planas cerca de la carretera. La cantidad de agua disminuye cada vez más y sube un poco en época de lluvias. Visitamos ambas lagunas, el 11 de mayo de 2022, primero la de Alto Lima y luego la de Chonchocoro.

Siete Lagunas

El trayecto del camino hacia la laguna de Alto Lima está lleno de escombros que tardan entre 50 y 70 años en biodegradarse, según varios estudios; además, hay personas que depositan su basura en las orillas de la carretera y otras la lanzan desde los vehículos que circulan por ahí.

Al llegar a la laguna pudimos ver sus aguas tranquilas, rodeadas de cerros. Hay pocas casas y algunas están abandonadas; las personas las dejaron porque hay poco acceso a alimentos y dificultades para acceder a la atención de salud.

La señora Lucía, que mantuvo su apellido en reserva, es vecina de Achachicala, originaria de Siete Lagunas, tiene 57 años y nació ahí. Es de las pocas personas que habitan en el lugar desde niña y por eso vio cómo los cerros fueron sufriendo el deshielo por el cambio climático. Esa agua, sin embargo, permitió el cultivo de papa donde antes no producía nada.

Sobre la laguna nos dice que antes tenía mucha más agua y que incluso cubría una piedra blanca que mostró. “Más (agua) mantenía, hasta esa piedra blanca subía”. De acuerdo con su explicación, el nivel del agua era unos dos metros más de lo que tiene ahora y bajará al menos un metro más en los meses de invierno.

El problema fue que a esta laguna le quitaron su afluente de agua con la construcción de la carretera. “Ese camino ha cortado; de aquí sabe entrar en tiempo de lluvia harta agua... pero el camino ha cortado, el asfalto... la cuneta”. En la actualidad la laguna se abastece sólo con la lluvia y la nevada que cae sobre ella.

La laguna es un ecosistema que propicia la presencia de animales diversos; para el consumo se abastecen de agua de vertientes, porque el líquido de la laguna es salado, según su relato.

Chonchocoro

Para llegar a la laguna de la comunidad Chonchocoro hay que tomar el camino hacia Viacha y desde Senkata avanzar unos 30 minutos más en coche. Se encuentra cerca de la carretera, a la derecha. Lo primero que se ve es mucha ropa y frazadas secando, esto se debe a que en el lugar construyeron alrededor de 40 lavanderías y un tanque descubierto donde acumulan agua subterránea.

Esta construcción es administrada por la cooperativa Viriloco y entre ellos sus integrantes se turnan para limpiar en las mañanas y controlar el uso de las lavanderías; la organización decide a quién le cobra y a quién no. El lavado de ropa se realiza en las tardes.

Una señora, que es parte de la cooperativa, pero que prefiere no dar su nombre, explicó que el agua para lavar ropa “es del pozo, del lago nada que ver, es agua sucia”. Y así es. El agua de la laguna está verde y en sus orillas hay llantas, botes inservibles y basura que dejan las personas que van a lavar. A pesar de la contaminación, hay una vegetación diversa y también gaviotas, incluso encontramos una que estaba muerta entre las plantas.

La señora Teresa Virreira visitaba la laguna entre fines de los años 70 y los años 80. Ella recuerda que el agua era limpia y por eso iba con su familia a lavar frazadas, porque en Villa Adela, donde vivía, no había agua potable, sólo recibían de los carros cisterna dos veces por semana. Mientras secaba la ropa, ella y su esposo jugaban con sus hijas, porque era un lugar muy agradable.

Nos cuenta que allí también se hacían lavatorios, es decir lavar la ropa de los seres queridos que fallecieron, como una forma de despedirlos y de tener algo de consuelo. La tradición se mantiene, pero ya no en la laguna, sino en las lavanderías y los mallkus (autoridades indígenas) deciden si las familias deben pagar y cuánto por el uso del agua. El día que fuimos a la laguna, una familia doliente pijchaba (masticaba) coca, mientras esperaba que seque la ropa para después quemarla como manda la
costumbre.

La fuerza del río de La Villa sirve para procesar el tarwi o chuchusmuti, pero corre peligro

Eran las 8:33 en el río de La Villa, ubicado en Punata, Cochabamba, cuando una familia de hombres, mujeres, niñas y niños lavaba su ropa con Ace, jabón, blanqueadores y suavizante. El agua sucia y enjabonada bajaba con la corriente hasta donde remojaban los sacos llenos de tarwi o chuchusmuti, un grano de mucho valor nutricional, muy consumido por la población de diferentes maneras.

Los campesinos de La Villa cultivan el chuchusmuti y remojan este grano por tres días dentro del río a bajas temperaturas, aplastando los sacos o gangochos con piedras. Los productores ingresan a la corriente cada cierto tiempo, usando botas por el frío del agua, para remover los sacos. Este procedimiento sirve para quitar la acidez y el picante del tarwi antes de su consumo.

Daniela Zurita nació en la comunidad y es auditora y gastrónoma, pero a la vez es productora del grano de tarwi. Tiene una preocupación por la basura que generan las personas que lavan la ropa, pues tiran bolsas de detergente, botellas, plásticos, latas y vidrios. Pero no son las únicas, los mismos pobladores también tiran su basura, plásticos y escombros. Los productores de tarwi están obligados a recoger esos desechos y quemarlos cerca del río.

Preocupación por la calidad del agua

La más grande preocupación de Daniela es que el detergente deje residuos químicos que lleguen a impregnar su olor en el grano porque, cuando se pone a la venta en la ciudad, los consumidores se quejan del producto y no les apetece comprar.

Daniela cuenta que se acercó a las autoridades locales para exponer el problema de la basura. La solución que veía era poner un basurero en el puente y un letrero de advertencia, pero el dirigente no hizo nada para frenar esta situación.

Su intento de hablar con la gente que lava ropa fue peor porque, dice, reaccionaron con la respuesta de que “el río no es de ustedes, es del Estado”.

La explotación de áridos y agregados es otro problema porque la maquinaria pesada deja huecos en el río. Esto hace que se ensanche el curso del río y deje de ser caudaloso. Esto es importante, porque la fuerza del río hace que el tarwi elimine su cascarilla y acidez.

Los productores escogen grano a grano los dañados de los sanos, luego los embolsan y cosen el saco. Dicen que este proceso empieza a las 4:00. Desde el puente se ven los sacos de colores dentro del agua. Las familias reconocen sus gangochos coloridos incluso por sus matices. Mientras más me acercaba más podía notar los sacos llenos de chuchusmuti aplastados por piedras, dispuestos en filas de tres o cuatro contra la corriente.

El agua del río no es cristalina, pero los productores la usan también para hervir el grano de tarwi, último paso del proceso antes de su venta.

Muy nutritivo

El chuchusmuti o tarwi, conocido como chocho en Ecuador, es una leguminosa con un alto valor nutricional que se vende en los mercados de varias ciudades del país. Tiene un contenido de proteína del 50%, según la fundación Proinpa, y diez veces más contenido de calcio que la leche.

Mi vecina hace hervir el chuchusmuti aproximadamente tres veces antes de consumirlo por la desconfianza y la mala fama de que esté sucio por ese proceso en el río. Y en mi familia, mis hermanitos y yo lo consumimos directo de la bolsita que mi mamá compra en el mercado de su casera.

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