Un río desaparecido y otras historias de la crisis del agua desde la mirada de estudiantes

En Arbieto, Cochabamba, se extraña la presencia de un manantial que era sinónimo de vida, mientras que la laguna de Achocalla, en La Paz, está descuidada por los visitantes, y en Viacha allí donde había una vertiente hoy es un botadero de basura.

Gente & Lugares
Página Siete / La Paz
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La Paz - viernes, 10 de junio de 2022 - 5:00

El agua es un tesoro que se escurre entre las manos de a poco. Tres historias escritas por estudiantes muestran cómo, lejos de las ciudades, los pobladores hacen lo posible por obtener el líquido vital.

En el municipio de Arbieto, a unos 39 kilómetros de la ciudad de Cochabamba, el río se ha secado y cuando llega el agua es a cuentagotas. Los vecinos acuden a carros aguaderos que se dedican más que todo a ganar dinero que a ayudar a los pobladores.

En Achocalla existe una laguna que hace años es el centro turístico de la región paceña. En muchas partes el agua es turbia por los desechos que ahí se botan; mientras que los basureros están vacíos. Es más, hay denuncias de que vecinos arrojan sus desechos a la laguna.

Otro drama sucede en el río Kalahauira del pueblo Irpuma Irpa Grande, en el municipio de Viacha, del departamento de La Paz. Antes de la cuarentena de 2020 el reservorio natural era caudaloso, pero dos años después está seco y convertido en un botadero de basura.

Son tres historias escritas por niñas y niños de colegio, quienes cuentan el valor del líquido vital en las vidas de los pobladores del área rural.

La crisis del agua es un drama que se vive en el mundo, pero que se acentúa en las comunidades más necesitadas.

El río de Irpuma desapareció en dos años

El río Kalahauira del pueblo Irpuma Irpa Grande, ubicado en el municipio de Viacha, en la provincia Ingavi del departamento de La Paz, era caudaloso antes de la cuarentena de 2020, pero dos años después está seco y convertido en un botadero de basura. Esto se debe al cambio climático y al descuido de los pobladores, según uno de los comunarios.

Para llegar a Irpuma Irpa Grande se debe ir por la carretera a Viacha hasta llegar al camino de tierra bordeando la provincia Ingavi. Se tarda entre una y una hora y media.

En la poza donde hace unos ocho años las niñas y los niños se bañaban, y las personas recogían el agua para variados usos, ahora se puede ver un hueco con infinidad de botellas desechables y basura acumulada que llegó hasta este lugar.

El comunario Tiberio Choque explicó que la contaminación empezó por los años de 1990, cuando comenzó a urbanizarse la parte central del pueblo. A esto se ha sumado la sequía que afectó a muchas personas del lugar, sobre todo a quienes tenían emprendimientos económicos.

Por ejemplo, Multiservicios Choque construyó una fábrica de losetas que necesitaba usar agua del río Kalahauira, pero al pasar el tiempo el caudal se fue secando y la empresa paralizó la producción. Los trabajadores contratados se quedaron sin esa fuente de empleo.

El lecho del río, con los años, también comenzó a sufrir de contaminación excesiva. Las y los comunarios echan desechos plásticos por la falta de un botadero y los del pueblo generan excesiva basura desde la aparición de los productos desechables. Un comunario dijo que necesitan un botadero y más jaulas para la recolección de botellas. Los mallkus del pueblo se negaron a hablar de la realidad del pueblo.

Hace años la gente del pueblo reutilizaba los envases plásticos para guardar diferentes productos comestibles, pero ahora la gente sólo los bota incluso sabiendo el daño que pueden causar al medioambiente.

Los desechos de los visitantes ahogan a la laguna de Achocalla

La laguna de Achocalla cuenta con muchos contenedores de basura, pero curiosamente éstos se encuentran vacíos; por el contrario, las botellas de plástico, envolturas de golosinas y envases desechables están regados por las áreas verdes de recreación que la rodean.

Es un día de la semana, hay pocos visitantes, pero la contaminación que sufre la laguna, ubicada en el municipio de Achocalla del departamento de La Paz, está a la vista, alimentada por los turistas e incluso por vecinos que dejan sus residuos por todas partes.

La laguna es un lugar turístico los fines de semana y feriados. Hay restaurantes, paseos en bote, caminatas en caballos, canchas de fútbol, mesas parrilleras, piscinas y variedad de comerciantes.

Achocalla se ha declarado “municipio ecológico productivo”, pero lo más visible de su cuidado del medioambiente son sus letreros desgastados que recuerdan cuidar la laguna.

Al visitar el lugar pude ver que los patos silvestres están nadando entre la basura que flota a su alrededor. Afuera del agua, los perros callejeros deambulan por el sector buscando alimento, entre los residuos abandonados por todas partes.

“Los vecinos de alrededor instalan sus alcantarillados, desechando sus aguas sucias a la laguna... Ellos son los que contaminan más que los demás”, dijo Toribia Quispe, encargada del paseo en bote.

A Marcos y Liz, jóvenes que visitan el espacio por primera vez, no les ha gustado ver así la zona porque afecta a la fauna y flora. Ambos creen que debería haber más contenedores a disposición de los visitantes.

El agua de la laguna es verdosa y en ciertas partes de su superficie tiene plantas que impiden el ingreso de la luz del sol al fondo.

“Yo veo mucha basura, me preocupa porque hay patitos, me preocupa que les pase algo con las bolsas (nailon) y esas cosas pueden llegar a matarlos”, explicó Victoria Cori, otra joven visitante.

Doña Marisol Fernández, que es comerciante, explica que se hace una limpieza de la laguna todos los viernes, antes del fin de semana que es de alta afluencia de personas.

Agua cara y de mala calidad en la cuarentena

Durante la cuarentena, en el barrio Alto San Juan de Dios, del municipio de Arbieto del departamento de Cochabamba, aprovechaban el río para lavar la ropa y no gastar el agua que compraban de los carros cisterna. Pero ahora que ya no existen restricciones por la pandemia de Covid-19, casi no hay agua en el río, pero sí muchos “aguaderos” que buscan vender el líquido.

Llevaban frazadas, poleras, pantalones, buzos, chompas, zapatos y otras prendas de vestir. Ya no lavan ahí porque el río se ha secado; ahora muy pocas veces baja el agua, pero es poquita y sucia, y llega con mucha basura.

Como en la cuarentena había restricciones para la circulación, las vecinas y vecinos se daban formas de conseguir el agua para consumir. Compraban de distintos “aguaderos”, como les llaman a los camiones cisterna, que se aprovecharon de la situación y doblaron el precio del turril de agua, hasta los 15 bolivianos. Aunque estos precios no estaban al alcance de la economía del barrio, las personas tenían que hacer un esfuerzo; ahora el costo bajó y es más económico.

Los “aguaderos” que vendían agua barata eran sospechosos y los vecinos y vecinas comenzaron a dudar, pero no tenían otra opción que comprarla. Un niño de la comunidad, llamado José Luis, se enfermó luego de consumir esa agua: tuvo dolores estomacales toda una semana; a otra niña le dio alergia en todo el cuerpo después de bañarse. Los vecinos dicen que esa agua tenía un sabor asqueroso y que incluso les vendían con pelos de animales y de personas. No era la misma que compraban antes de la pandemia.

Para mejorar la calidad del agua en esos días, las vecinas y vecinos se reunieron y decidieron llamar a un “aguadero” de confianza para que les provea de agua; el precio también era caro, pero no de tan mala calidad. Y el carro tenía que ir de forma clandestina porque no tenían permiso de circulación.

Cuando terminaron las restricciones bajó el precio y nuevamente comenzó la competencia entre los “aguaderos”. Lo que no volvió es el agua del río.

Cuando las vecinas y vecinos iban a lavar al río aprovechaban para hacer huatía, mientras que las niñas y niños jugaban y hacían competencias para ver quién cruzaba más rápido nadando a la otra orilla. Les faltaba agua para beber, pero se divertían mucho.

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