Agenda electoral

La autora sostiene que las agendas electorales (y los programas de gobierno) deben elaborarse participativamente.
viernes, 25 de octubre de 2013 · 15:21

Verónica Rocha
Comunicadora

 

En una entrevista que Boaventura de Sousa brindó al quincenario El Desacuerdo señaló que uno de los principales desafíos que los movimientos sociales deberán encarar en tiempo electoral consiste en establecer una agenda que pueda hacer frente a lo que identifica como un proceso de desconstitucionalización, que varios países afrontan actualmente. En ese sentido, la construcción de una agenda propositiva y alternativa podría reencauzar el sentido de los procesos constituyentes en la región. Pero el desafío no terminaría ahí, pues en los hechos esta propuesta debiera -idealmente- ser recogida por las organizaciones políticas que presentarán propuestas electorales de cara a las elecciones 2014 y 2015. Esto es: partidos políticos, agrupaciones ciudadanas y pueblos indígenas.

Esta propuesta en el fondo presupone dos cuestiones esenciales de nuestra democracia intercultural. La primera, que las agendas electorales (y, claro, los programas de gobierno) deben elaborarse de manera participativa y deben ser producto de un previo relevo de demandas sociales; y el segundo, que los movimientos sociales son hoy en día un vibrante actor colectivo más. Eso, claro, tiene que ver con una lectura simultánea de este momento histórico enmarcado en la construcción de un Estado plurinacional con autonomías. Visto de esta manera, lo que queda claro es que tanto las agendas electorales como los programas de gobierno (que deberían determinar la ruta crítica temática que guiará la deliberación pública  -idealmente informada- de la ciudadanía) debieran emerger a través de procesos también democráticos.
Hago esta introducción pensando en las respuestas/reacciones que hemos escuchado y presenciado de oficialismo y oposición en las últimas semanas. Desafortunados y lamentables hechos como la muerte de José María Bakovic o la (al parecer) emboscada en Apolo han mutado rápidamente en agenda electoral. Y ello, claro, sería democráticamente saludable si nos trasladaría a un escenario de debate nacional en torno a dos temas que son de agenda pública: el estado de la justicia en el país y el narcotráfico. Pero ni oficialismo ni oposición parecieran tener interés en optar por el debate nacional como vía posible hacia las urnas. El oficialismo no ha podido ofrecer siquiera esas poco eficientes cumbres en torno a temas complejos que ha desarrollado algunas veces o desafiar al debate sobre estos temas a los movimientos sociales que lo apoyan. Y la oposición pareciera estar esperando la caída del país en pedazos para finalmente culpar de todos los males al presidente Evo. ¿Los medios? Le tengo una noticia: la mayoría de los medios también ya está (quizás estamos) aprisionada por la (i)lógica electoral.
El escenario, compatriotas, lastimosamente no es el ideal para que la deliberación y el debate público se hagan un espacio en esta coyuntura prematuramente electoral. Al menos no por parte de quienes, en los hechos, tendrán la obligación y posibilidad de proponernos alternativas de gobierno (porque -convengamos- la alternativa de país ya la hemos trazado hace unos años), ni por los medios; bueno, al menos no por la mayoría de ambos.
Pero este espacio no puede ser, ni será nunca, un espacio para el pesimismo y la desesperanza. La calidad de la democracia con la que ingresamos a este anticipado escenario electoral no está anclada sólo en nuestras instituciones formales, sino sobre todo en las y los ciudadanos y su cultura democrática. Es posible que nuestras prácticas democráticas se encuentren golpeadas a estas alturas, mas estoy segura de que bajo ellas quedan espíritus también democráticos  incólumes e invictos: que sean ellos quienes nos guíen en los siguientes 12 meses.

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