De cementerios, iglesias y librerías

El autor rememora sus experiencias familiares para proponer una breve pero aguda reflexión sobre la literatura en la vida.
viernes, 25 de octubre de 2013 · 15:58

Carlos Decker-Molina
Periodista

Manuel María, mi abuelo, tenía algunas manías que me transmitió quizá sin quererlo, pero hoy las reconozco como suyas más que mías. Decía, por ejemplo, que cuando se llegaba a una ciudad nueva se tenía que visitar la librería, el cementerio y la iglesia.

La librería porque ahí se encuentran los referentes culturales de sus habitantes, el cementerio porque sólo su existencia implica raíces, historia y antepasados. Y la iglesia para descubrir el lado oculto de la personalidad de los habitantes.
Y … seguía elucubrando: los libreros son transgresores, rebeldes, vagabundos y románticos. Los sepultureros chismosos que cuentan las historias reales o inventadas de los sepultados y de los vivos que moran la ciudad. A los que no hay que escuchar, decía, es a los curas porque casi siempre intentan vender una ruta inexistente a un paraíso del que nadie vuelve para contar si es real o no.
Lo que hay que hacer en la iglesia es observar su arquitectura, sus pinturas; si tiene un buen armonio, piano u órgano de tubos, escuchar música y si es sacra, mejor porque es la señal de la existencia de un buen regente.
Juanita Valle, la abuela, decía en cambio, que al cementerio flores y a la iglesia rezos; que en la librería encontrarás al librero ciego que no ve la realidad, por eso vende ilusiones. Y que en los tres lugares se sueña.
De los tres sitios, personalmente, quedé prendado de las librerías justamente porque es el mostrador donde se venden ilusiones, y sus dueños son rebeles, transgresores y trashumantes. Por lo menos lo fueron antes que desaparecieran en la garganta de los supermercados.
A las iglesias las visito incluidas las sinagogas y mezquitas. Me gustan las iglesias luteranas por su sencillez, las ortodoxas por su decoración y brillantez. Las mezquitas por sus grandes espacios circulares y las sinagogas por ese olor a papiros y cebo derretido.
Suelo dejar una vela encendida como homenaje a mis muertos, aunque no rezo ni me persigno porque soy agnóstico, pero, alguna vez me he sentado en alguno de esos bancos viejos de madera oscura y he leído el libro comprado donde el librero ciego de realidad, hasta que el párroco, que se acercó con sigilo, me dijo entre susurros: "Esto no es una biblioteca”.
De acuerdo al párroco, no existe parentesco ente iglesia y biblioteca y está mucho más lejana aún la librería.
Donde sí hay hermandad es entre librería y biblioteca. En la primera se vende y en la segunda se prestan ficción y realidad en amalgama prosódica. Es, sin duda, una familiaridad complicada, porque puede haber contradicciones coyunturales, muy bien descritas en la novela de Penélope Fitzgerald, finalista del Booker Prize de 1978, titulada precisamente La librería.
A veces la disputa familiar entre librería y biblioteca se origina por culpa literaria. En la novela de la Fitzgerald, Lolita de Nabokov es parte del conflicto.
Para el irlandés Ian Sansom no hay aprieto alguno en las funciones de ambas instituciones. El conflicto, cree, está oculto entre la gente lo que en su novela, El caso de los libros perdidos, está muy bien explicado.
El bibliotecario contratado por la Alcaldía del distrito de Tumdrum, si quiere ejercer sus funciones, debe primero que nada encontrar los libros perdidos. Entonces, Israel, el bibliotecario, se ve obligado a asumir funciones detectivescas.
La ilusión que nos ofrecen las dos novelas no tiene nada que ver con un hecho real que la primera vez me pareció incongruente y contradictorio. Si hay consanguinidad entre librería y biblioteca hay un abismo entre ambas con un hotel. Pero la realidad supera a la fantasía. Veamos:
En Nora, la biografía de la esposa de James Joyce, se menciona varias veces a la Librería Shakespeare and Company de Sylvia Whitman. Fue la primera librería que apoyó y lanzó a Joyce.
Hoy existe y sigue en el mismo sitio: La orilla izquierda del Sena parisino. Esa librería ofrece libros, lectura y  alojamiento, este último gratuito bajo la condición de trabajar en la librería una hora al día sin goce de salario, leer un libro al día y dejar una autobiografía en una hoja de papel A-4.
El fundador de esta joya de la realidad, de la literatura (Nora, de Brenda Maddox) y el cine (Medianoche en París, de Woody Allen) fue Goerge Whitman, un vagabundo estadounidense que se estableció en París luego de la Segunda Guerra  Mundial.
En 1951 abrió su librería, biblioteca, alojamiento. Whitman es el padre de Sylvia, mencionada tantas veces por los grandes de la época, como Samuel Beckett, Lawrence Durrell, Allen Ginsberg (escribió un poema sobre la librería) y Ernest Hemingway.

Finalmente, pienso que la que tenía razón era la abuela: Al cementerio flores, a la iglesia rezos y si quieres ilusiones acude a la librería más cercana y aunque el librero no vea la realidad, seguro que tiene historias y anécdotas que relatar.

"Donde sí hay hermandad es entre librería y biblioteca. En la primera se vende y en la segunda se prestan ficción y realidad en amalgama prosódica”.

 

Confidencial

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