La flama y el camino

El autor reseña dos recientes poemarios bolivianos: La senda de Samai y Mariposas de fuego.
viernes, 25 de octubre de 2013 · 15:54

 

Gabriel Chávez Casazola
Escritor y periodista 

Hoy quiero hablar de dos libros de poesía, publicados hace muy poco y no presentados –je nesaispaspourquoi- en la Feria del Libro de La Paz.

Ambas son obras valiosas, de autores consolidados y que tienen su lugar largamente ganado en la poesía boliviana: La senda de Samai (Editorial 3600, 2013) de Gary Daher, y Mariposas de fuego, de Gustavo Cárdenas.
El primero, una pequeña sorpresa. El segundo, una alígera confirmación. Dos títulos que, sin duda, se encuentran entre lo mejor aparecido este año en el país, junto con las obras más recientes de Adriana Lanza, Poesía silvestre, y Janina Camacho, El círculo de los navegantes.
Mariposas de fuego (La Hoguera, 2013) es el quinto libro de poemas de Gustavo Cárdenas. Se publica menos de dos años después de Con/versos (La Hoguera, 2011), con el que encuentra una continuidad sin disrupciones, cual una prolongación natural de la misma mirada poética y un asombrarse que no ha cesado.
Alígera confirmación, decía, pues sus textos muestran una vez más los signos ya característicos de la poesía de Cárdenas, tributaria de la economía verbal y levedad de la obra de Roberto Echazú, sólo que desplegadas en otro tiempo y otro espacio y con otro universo de sentidos.
En sus páginas, frecuentadas por tigres, "árboles de un bosque llamado infancia” (Magela Baudoin dixit), andares recapitulados y mujeres en las que siempre está lloviendo, casi puede escucharse el ruido seco / que producen las llamas / al quemarse el alma.
Pequeña sorpresa he llamado, en el sentido de que puede serlo una perla escondida, al nuevo libro de Gary Daher, La senda de Samai (Editorial 3600, 2013).  
La existencia es siempre una búsqueda, y en cuanto tal, un viaje. Al abrir este libro, Gary Daher nos habla de un caminante que tiene ojos en los pies.
Como esos ojos improbables y sin embargo certeros, la poesía -tiro al blanco en medio de la noche- puede permitirnos intuir o vislumbrar el sentido de nuestros pasos, la razón de la sinrazón (y viceversa) de esta travesía.
Así lo confirma La senda de Samai, un libro en el que la sabiduría -esa virtud hoy tan desacreditada y a la par tanto más urgente- mana con fluidez y belleza de la forma que tiene el poeta de contemplar y habitar el mundo.

Entre el aforismo y el microblogging, más cerca de la iluminación del monje que de las cavilaciones del filósofo, Daher se aparta aquí unos pasos de su escritura previa y de los registros habituales -no son poemas pero son, define-, para proponernos otra forma de mirar y poetizar (pienso en la poesía clásica japonesa, en las Rubaiyat, en Antonio Porchia o en Man Césped), dejándonos atisbar un camino interior que podría ser también el nuestro, pues no somos ajenos a la senda de Samai ni a su reverso, es decir, a la elevación

"No somos ajenos a la senda de Samai ni a su reverso, es decir, a la elevación y al precipicio”.

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