Por las tierras pandinas

Cobija, hace 30 años, era, según la autora, una ciudad que se caracterizaba por la calma y la paz, hoy es una tierra del mal.
viernes, 25 de octubre de 2013 · 15:50

 

Lupe Cajías

periodista e historiadora

Cuando llegué por primera vez a Cobija, hace casi tres décadas, pensé que había desembarcado en la tierra sin mal. Aún no conocía aquel mito indígena, pero la calma del aire y el andar reposado de sus habitantes me hizo creer que era un pequeño paraíso. La gente me sonreía, no se escuchaban gritos ni bocinazos.

 Sin embargo, sabía que por debajo se movían las aguas. La Reforma Agraria de 1953 no era una ley vigente en el secular Territorio de Colonias y mi visita no era como andariega curiosa, sino como periodista atraída por unos campesinos que habían logrado llegar a La Paz.
 Ellos habían presentado en el Semanario Aquí sus testimonios contra los patrones y gamonales, y uno tenía el dedo meñique cercenado. Era el primer anuncio de las huascas que recibirían si no abandonaban sus chacos. "Nosotros abrimos senda, avanzamos de a poco, y cuando comenzamos a producir algo de yuca o de plátano aparecen ellos y nos echan y así pasan los meses y los años, pero ahora me opuse junto a mi familia y me quemaron el rancho y atropellaron a mi mujer”.
 Era la víspera del golpe militar de 1980, por eso recién años más tarde pude tomar el vuelo tantas veces retrasado. Fue una experiencia confusa para mi espíritu, entre la belleza de volar pegados a la blanca cordillera y el espanto provocado por el ruido de la envejecida aeronave. Al fondo, la estepa verde interminable. Contraste que acompañó toda esa corta estancia, pues entre la sensación del río cristalino observaba la desnutrición desdentada del canonero; más allá de las palmeras danzantes estaba una mujer curtida por las horas de caminata y los niños con sus estómagos inflados de bichos se adormecían agotados por la canícula.
 Los primeros apuntes estuvieron matizados por la historia de la fundación de la ciudad y sus precarios caseríos. En esa ocasión llegué a Porvenir y también escuché relatos orales sobre la Guerra Federal y sobre el imperio de la goma y las leyendas de Nicolás Suárez y de Fizgaraldo, que -me aseguraron- anduvo por ahí y en la floresta quedó abandonada su hermosa mujer paralítica, la que llora todavía.
 Recuerdo la queja de los pandinos porque se usaba uno de sus pueblos, Puerto Rico, como campo de concentración para los residenciados por causas políticas o sindicales. Ese 1985, después de la huelga contra el DS 21060, habían llegado detenidos Juan Lechín Oquendo y otros dirigentes mineros y fabriles.
 No somos nosotros los malos, aseguraban, sino los militares y los políticos. El pueblo siempre fue amable y solidario y compartió sus alimentos con los detenidos. Para los andinos, Puerto Rico parecía tan remoto como la salida al océano, y durante décadas de Pando sólo se conocía aquel nombre de prisión.

Segunda estación
 Cuando retorné, otra vez me convocó un conflicto. No sólo viajé como periodista, sino como dirigente sindical, junto a Raúl Garáfulic padre, quien en ese momento era presidente de los dueños de canales de televisión. El gremio nos había encomendado tratar un problema entre los radialistas y el entonces alto dirigente político Leopoldo Fernández. La bancada pandina consiguió un carguero militar y nuestras entidades nos financiaron los viáticos en el único y decrépito hostal.
 El viaje se postergó varias horas por mal tiempo hasta que al mediodía pudimos atravesar la cordillera y aprendí que los vientos de esa hora, fríos y calientes, son los que provocan las turbulencias. Garáfulic me enseñó a alzar los pies hasta la altura del asiento para sentir menos los vendavales. Llegamos a un aeropuerto asfaltado.
 Leopoldo Fernández había logrado muchas transformaciones en su pueblo. Él mismo era una leyenda, descendiente de familias numerosas, los Fernández y los Ferreira, 27 hermanos en total. Nos recibió amable, pero estaba enojado conmigo porque no había querido firmar un primer acuerdo. Nos reunimos con los periodistas, la mayoría collas, escuchamos sus quejas contra el llamado "cacique” y las denuncias de violencia, incluyendo un atentado contra la principal radio opositora. Las autoridades explicaron los problemas y las presiones de los periodistas, donde no faltaban corruptelas para poner o sacar un dato. Al final se selló el compromiso de respeto mutuo en un almuerzo en Basilea, porque en Cobija no existían locales sofisticados.

Tercera estación
Más tarde volví con mi proyecto para promover el mejor contacto entre pueblos fronterizos. En esa ocasión el senador Leopoldo Fernández y su familia me ayudaron a conseguir contactos entre autoridades de Brasilea, del Acre, de Rondonia y conocer a gente que llevaba adelante los sueños de Chico Méndez para promover la explotación sostenible de la selva, sin destruirla con carreteras.
 El área de influencia de Fernández traspasaba lo local y los brasileños colaboraron en la organización de los talleres, junto a policías, militares, funcionarios de migración, salud y  educación. Los talleres bifronterizos se desarrollaron sin dificultades, a veces en "portuñol” y permanentemente con iniciativas para fortalecer las relaciones institucionales. Al contrario de lo que escribían periodistas paceños, el habitante cobijeño, pandino, es un defensor permanente de la patria. Aunque hablan o entienden portugués, se expresan en español y promocionan la cultura local y la nacional.
 En las sucesivas visitas a Cobija llegué hasta las fronteras más alejadas, hacia el sur con Puerto Maldonado, Perú; al noroeste con Brasil, a Bolpebra; en diferentes medios de transporte. En aquellos años publiqué mis experiencias en semanarios paceños. Ya entonces llegaba la flota Yunqueña hasta el centro de la plaza llevando locotos, quinua, verduras que consumían pobladores en ambos márgenes del río.

Visitas y cambios
 Durante años, los originarios y los migrantes del Collao lograron una vivencia armónica. Paradójicamente a los sucesos en el Porvenir en 2008, Fernández promovía esas relaciones cordiales y los "collas” se apoderaron de todo el sector del mercado, pero siempre ordenados, limpios y admirados por su capacidad de trabajo.
 También estuve en poblaciones hasta los límites fronterizos con La Paz, con Beni y cursé los ríos, conocí pascanas donde mujeres brasileñas cocinaban feijoada o majao para los caminantes y prestaban hamacas para la siesta.

 Como autoridad pública y aprovechando los contactos amistosos de los sucesivos viajes, navegué hasta los muelles más remotos. Ahora, todo es distinto: el paisaje se llenó de cocales, los ruidos de motos y sierras, y pese a la hospitalidad de los originarios -comenzando por la amable alcaldesa cobijeña-, es ahora una tierra del mal.

Ahora es distinto: el paisaje se llenó de cocales, los ruidos de motos y sierras, y pese a la hospitalidad de los originarios -comenzando por la amable alcaldesa-, es ahora una tierra del mal.

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