Vivir para contarla

Fragmento del texto que el autor presentó en el Encuentro Recargados, Literatura, Nuevas Narrativas y Cibercultura que se efectuó en la semana en Sucre.
viernes, 25 de octubre de 2013 · 15:56

Ramón Rocha Monroy
(El Ojo de Vidrio) / Escritor 

Un buen amigo argentino, a quien tuve el gusto de conocer en Santa Cruz, es Fernando Sorrentino, célebre por su obra copiosa en ensayo, entrevistas y cuento, pero yo creo que aun más por su extraordinaria condición de narrador, que sabe hallar las fisuras de la realidad y colarse por ellas hacia mundos irreconocibles que, sin embargo, habitan aquí, en lo cotidiano.

Él y su obra son una buena respuesta a una pregunta muy común en estos días: ¿qué pasa con la literatura virtual y con las nuevas tecnologías? Porque Sorrentino tiene obra editada, pero no descuida la página web www.fernandosorrentino.com.ar, donde expone buena parte de su obra. Basta recibir sus correos generosos para estar al día en sus creaciones.
Hace poco me deshice de alrededor de 6.000 volúmenes, que ya habían sufrido una sangría considerable con algunas donaciones que hice de libros duplicados y con el sacrificio de aquellos que uno guarda sin motivo, como son los anuarios administrativos y las memorias de las instituciones.
Aun así me reservé como mil  libros y vuelvo a aumentarlos, no obstante que en el pasado generé como cuatro bibliotecas más y, en un gesto temprano, regalé los libros más íntimos y creativos a una dama cuyo nombre guardo en reserva.
Le regalé una caja muy escogida porque debía irme del país, pero el destino quiso que no viajara, para mi fortuna, aunque tuve que afrontar el suplicio de ver mis libros en vitrina ajena y preguntarme por qué coños los había regalado.
Esa mujer se fue a su tierra y se llevó consigo la caja; luego me confesó que no la había abierto y me ofreció la posibilidad de recuperarlos. ¿Para qué los quería ella? Pensé en mis libros encajonados, es decir, encerrados como judíos en un vagón maloliente y sin respiraderos rumbo a un campo de concentración.
Sin embargo, a la hora de darle la respuesta, le dije que lo que había hecho con la mano no lo borraría con el codo, que esos libros se los había regalado y ella los había recibido con gusto, y así quedaron las cosas.
Me deshice de 6.000 volúmenes y me compré una tablet en la que leo infatigablemente. En diciembre recibiré un reader de amazon.com y ya me solazo ante la idea de leer en una tableta pequeña y cómoda y a mi antojo.
El antecedente está en mi laptop, donde guardo como 10.000 volúmenes bajados o comprados en disco, pero necesitaba un juguete nuevo para leerlos y me solacé con Francisco Umbral y con Cabrera Infante, ese libro del Infante difunto que tanto se parece a las Confesiones de San Agustín o a las de Rousseau, aunque estrene una sinceridad impensable en otras épocas.
Los medios impresos están en retirada. Lo dicen las grandes cadenas de periódicos, que han reducido su tiraje debido a que el lector busca lo que le conviene en internet, y accede a la prensa mundial que gusta, a su aire y en todos los idiomas posibles, a veces tan sólo para leer titulares, aunque otras se solace con revistas tan inteligentes como El Malpensante, de Bogotá, cuya lectura siempre me ha sido grata y sugestiva, y eso si no fusilo artículos para recomponer los míos.
Y es que en eso de los plagios, soy un plagiador convicto, confeso y a ratos exitoso, según la magnitud del autor original cuyos artículos fusilo sin piedad.
Así lo comprobó Mauricio Murillo, cuya tesis titula La villa es sueño, y es un estudio de mi novela Potosí 1600, con una hipótesis temible: que yo soy un plagiador confeso.
Me lo dijo cuando me envió la tesis en borrador, con el temor de que yo no estuviera de acuerdo, pero no sólo lo estuve sino que le di pistas de detalles que se le habían escapado, como aquel que dice que en el Potosí colonial había muchos aventureros, pero en lengua castellana que se respete se dice que había "golfos, dancaires y otras gentes baldías”.
A continuación agregué: "como diría más tarde el poeta”, sin decir su nombre, pero ahora puedo decirlo, como se lo dije al tesista: que es Camilo José Cela.
Intertextualidad, para decir un eufemismo, pero ¿quién es original y qué se comete al escribir una novela histórica si no una parodia? Si los héroes potosinos de la Colonia o Antonio José de Sucre o el Tambor Vargas revivieran, seguro que me agarrarían a mandobles por mentiroso.
Esto me lleva a la incomodidad de tener un pie en un mundo de papel y el otro en un mundo virtual. En el primero, más de 50 críticos bolivianos seleccionaron las 15 novelas fundamentales de la literatura nacional y en ella incluyeron una mía, El run run de la calavera.
Los diarios impresos están en retirada, tienen avisaje pero cada vez se los lee menos porque el papel sirve hoy para operaciones más decorosas. Por eso es mejor acudir a las redes sociales y decir allí lo nuestro. Tenemos la desventaja de ser largueros en un mundo que se ahorra palabras con abreviaturas y caracteres. Pensemos en ese azote de Dios que limita el pensamiento a 140 caracteres. ¿Qué genio puede sintetizar así su pensamiento? A no ser que no cometa ninguno.
Los diarios tienen blogs de autores. Yo suelo leer el Blog de Podetti, en Clarín, y me asombra su humor, su criterio y sus caprichos, siempre al pie de la noticia para comentarla por los caminos que él prefiere: los del humor y el absurdo.
Leo constantemente el blog de Edmundo Paz Soldán en El País, de Madrid, que me sorprende por su sencillez, su plenitud y su ecuanimidad. Sin embargo, a escondidas leo y releo a Medinaceli, a Montenegro y a Céspedes, hados supremos de la letra impresa y de ese oficio tan entrañable que es el periodismo, y coincido en que esos artículos deben formar parte de su obra más sólida.
Pensemos que los versos de Rubén Darío, de Amado Nervo, de César Vallejo, de José Martí han envejecido a veces irremisiblemente, no así sus artículos de prensa, que a veces abarcan más de la mitad de su obra y, por una convención curiosa, no son considerados como parte de ella.
Las redes sociales alivian esta presión. Hoy es muy difícil publicar en los medios impresos, que suelen limitarte a una colaboración por mes o poco más, cuando años ha te exigían un artículo diario.

¿Cómo aliviar esta carencia? Recurriendo a las redes sociales, a los blogs, a las páginas virtuales, que cada día tienen más lectores.

Esto me lleva a la incomodidad de tener un pie en un mundo de papel y el otro en un mundo virtual.

 

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