Sombras nada más

Breve elogio de la distracción

De manera muy sucinta, el autor divaga-reflexiona sobre la “saludable” costumbre de estar en la luna.
viernes, 08 de noviembre de 2013 · 19:25
Es muy antigua la idea -o la creencia, o la esperanza- de que el alma puede huir cuando muere la carne.
Aunque menos tranquilizadora, la sospecha de que el alma puede abandonar nuestro cuerpo durante el sueño, o por un desvanecimiento, o por obra del miedo ("me volvió el alma al cuerpo”, decimos todavía, al pasar del temor a la calma) tiene también orígenes arcanos y está presente en muy diversas culturas.
Pensemos, sin ir más lejos, en la psique que abandona a los héroes de Homero, o en el ajayu que deja solos, súbitamente, a quienes habitamos este inmenso país tan nuestro y tan ajeno.
Sin embargo, no quiero hablar hoy día de este tipo de separaciones -la definitiva y las contingentes- de nuestra alma y nuestro cuerpo. Pienso, más bien, al empezar esta columna, en esa muchísimo menos perceptible fuga del ánima que ocurre cuando estamos distraídos.  
Cuando, debiendo estar con los cinco (o más) sentidos ocupados en un tema -atendiendo una conversación que nos aburre, asistiendo a una reunión sobre un asunto que nos mortifica-, de pronto nuestro espíritu se marcha de ahí (de esa reunión, de esa ardua plática) y sin que nadie lo perciba, pues nuestra carne se queda allí sentada, ese espíritu nuestro se pone a di/vagar, a recorrer otros mundos distantes, a pasear por universos lejanísimos, libre ya de la incomodidad de estar presente.
No menos reparadora que el sueño, esta pequeña huida del alma, la distracción nos permite, entonces, a fuerza de ausentarnos sin esfuerzo, transitar los pasajes más áridos  con secreta felicidad, y por ello también existir más dichosos o siquiera menos desdichados.

Siendo así, parecería un deber ineludible elogiar la sana costumbre de estar distraído, de distraerse -verbigracia- cuando aparentamos, con el periódico en la mano, encontrarnos leyendo esta columna, mientras en realidad nuestra alma, tu alma lector, podría estar pensando en tantas cosas -en Beryl y Tupra, dos enigmáticos personajes de Marías; en la penúltima línea de una canción de Lou Reed; en tenderse distendida en una playa; en la muchacha que llevaba ese vestido-, o pensando, por qué no, en cosa ninguna, o si acaso repitiendo aquellos versos (fugitivos, por supuesto) de Pessoa: Soy un evadido / desde que nací / en mí me encerraron. / Pero yo me fui.

  "Esta pequeña huida del alma, la distracción, nos permite, a fuerza de ausentarnos sin esfuerzo, transitar los pasajes más áridos  con secreta felicidad”.

Confidencial

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