Análisis

La Paz / Libia

El autor hace una lectura del fenómeno libio a la luz de los conflictos políticos y democráticos de los países que buscan la paz en esa región.
viernes, 8 de noviembre de 2013 · 18:34
Es ilegal conspirar para derrocar un gobierno electo constitucionalmente. Por lo menos es ilegal en democracia. En Washington DC, sin embargo, hay un llamado apasionado para gestar la "segunda revolución americana”. Los esfuerzos del presidente Obama por ofrecer seguridad médica a los más necesitados (Obamacare) han despertado los más enraizados instintos capitalistas en una pequeña pero muy vocífera minoría derechista, que son cotidianamente acusados por el oficialismo de "talibanes”, "fundamentalistas” y "terroristas”.
La extrema derecha en EEUU utiliza el púlpito de la minoría intransigente para demandar que Obama "deponga el Corán, salga con las manos en alto y abandone la ciudad”. Decir que Obama es musulmán es mentir,  pero es también ejercer un derecho constitucional a la libertad de expresión. El pueblo norteamericano también tiene la libertad de polarizarse al extremo de poner en peligro el bienestar del resto del planeta.
La manzana de la discordia en el epicentro del capitalismo es precisamente el papel que debe tener el Estado en el complejo papel de crear condiciones básicas para la productividad (redistribuir la riqueza/socializar la salud) que, según los fundamentalistas del Tea Party, es una responsabilidad del individuo, que debe ser resuelta exclusivamente por el mercado. En ese sentido, Xinhua, la agencia de prensa estatal china, hizo un llamado a crear un mundo "desamericanizado”. Obama fue elegido por una mayoría para reformar el sistema de salud, para que mediante la intervención estatal millones de ciudadanos actualmente sin seguro puedan participar -a un precio razonable- del cuidado médico.
A su vez, Obama fue elegido para poner fin a dos guerras que lograron acabar cualquier remanente de un apetito imperial por controlar las fuentes energéticas, en nombre de imponer la democracia. En ambos proyectos, Obama ha encontrado dificultades a la hora de cumplir sus promesas electorales.
En el primer caso, las normas democráticas han permitido a la minoría antisocialista enmarcar el proyecto de reforma al sistema de salud de Washington como si EEUU estuviese a punto de convertirse en Cuba. En el segundo caso, el mundo árabe ha entrado en un proceso histórico que destronará en esa región viejas dictaduras militares.
Lo irónico de la democracia es que -casi universalmente- necesitó de sangrientas confrontaciones entre hermanos. Aquellas campañas bañadas en sangre que recuentan las campañas que derrocaron regímenes totalitarios en el Caribe y América Latina se celebran. También se celebra la primavera de 1968, cuando una generación idealista y cansada de una modernidad al servicio de un consumismo estupefaciente se lanzó a las calles en París, para invocar un futuro que supere las cadenas tecnológicas de una democracia funcional a las economías de escala y grandes empresas transnacionales.
Pero no todas las revoluciones están de moda. La primavera árabe, por ejemplo, no ocasiona igual indignación hacia el monopolio del poder por parte de tribus que relegan a las mayorías a un poder político basado en el terror y el yugo de la supremacía militar. En la indiferencia hacia la primavera árabe se observa el mismo relativismo moral que condujo incluso a las más ardientes feministas a volcar la mirada ante la agenda talibán de relegar a la mujer a su rol de madre, con su rostro cubierto de trapos, su mente inmersa en ignorancia, su inocencia arrebatada en matrimonios forzados con hombres mucho mayores.
Cuando la condición de la mujer en algunos resabios del más cruel patriarcado no provoca indignación moral es comprensible que seamos incapaces de evaluar el ímpetu revolucionario árabe de deshacerse de gobiernos totalitarios. En el caso de Libia pasamos por alto el hecho de que ese pueblo fue sometido al mandato de un solo hombre, que gobernó con mano dura desde una carpa beduina que transitaba errabundamente el desierto.
Ahora que la revolución libia (apoyada por un cerco aéreo de la OTAN) ha finalmente destronado al dictador, sufre los dolores de parto que conllevan moverse de un régimen autoritario a una incipiente democracia. En ese sentido, Libia comparte con EEUU algunos hitos. Este último, por ejemplo, también tuvo ayuda extranjera (Francia) cuando en 1775 luchó por abolir el yugo del monarca inglés, también tuvo épocas en las que vastas extensiones de su territorio no contaban con la presencia del Estado, incurrió en una guerra civil que costó la vida del equivalente a 7,5 millones de norteamericanos (2,5% de la población) y sufre de una polarización que induce a una minoría a tomar como rehén a la economía.
Obviamente, también hay diferencias. Libia, por ejemplo, "aún no existe como Estado” (Ali Zeidan, primer ministro de Libia). Por ende, suponer que en Libia se puede establecer una democracia de inmediato es una ilusión. Libia no tiene experiencia democrática alguna. No obstante las diferencias, existen también coincidencias, que deberían llamar a la reflexión, incluso en este contexto de polarización que conlleva una paralización moral, en la que los poderosos definen qué constituye preocupación legítima.
Debería preocuparnos que en EEUU, al igual que en Libia, pequeños grupos fundamentalistas pongan en peligro la estabilidad nacional en nombre de sus intereses ideológicos y sectoriales. Debería preocuparnos que, incluso en la economía más poderosa del planeta, la democracia siga siendo un proyecto inconcluso, en el cual todavía se están perfeccionando los mecanismos que permiten dirimir conflictos entre grupos antagónicos en un marco constitucional que respete los derechos de todos, incluyendo minorías.
La democracia no es juego fácil. En un extremo existe el peligro de una dictadura de las mayorías; en el otro, que un pequeño grupo tome de rehén la convivencia y estabilidad. Al margen de la construcción de un mundo multipolar, también debería preocuparnos que la democracia sucumba; o a la hegemonía de los que ganaron (con votos o fusiles), o al ímpetu de una minoría bien organizada.

Vivir en democracia, después de todo, es dirimir diferencias entre grupos e intereses antagónicos, en un marco de legalidad y civilidad, sin caer en hegemonías o anarquismos. Las naciones son una amalgama de diferentes etnias, visiones, regiones, religiones e intereses. Siempre habrá diferencias que se deben reconciliar. Por ende, ni mayorías ni minorías deben tener la prerrogativa de secuestrar la convivencia pacífica y democrática de una nación.

  Flavio Machicado

 La extrema derecha en EEUU utiliza el púlpito de la minoría intransigente para demandar que Obama "deponga el Corán, salga con las manos en alto y abandone la ciudad”.


economista

 

 

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