Debate

Pragmáticos en acción

Según Gudynas, los pragmáticos asoman por derecha y por izquierda; sucede, dice, cuando los intereses del mercado se sobreponen a la defensa de principios de protección de la naturaleza.
viernes, 8 de noviembre de 2013 · 18:38
El pragmatismo está de regreso en los gobiernos y la política partidaria. Algunos le dan la bienvenida, aunque para otros expresa renuncias difíciles de aceptar. Parece que quedan atrás los tiempos de una política cargada de ideología  y los pragmáticos asoman por derecha y por izquierda.
En Colombia, después de los extremismos del Gobierno de Álvaro Uribe, Juan Manuel Santos aclaró: "Yo no grito, no insulto, soy pragmático” (2012). En Uruguay, mucho se esperaba del exguerrillero José  Pepe  Mujica, pero su práctica ha sido intensamente pragmática, en la que un día critica ácidamente el capitalismo consumista, pero otro día se dispone a firmar acuerdos secretos con inversores extranjeros. Ejemplos similares se repiten en otros países.

Menos ideología,
más soluciones
Actualmente el uso más común del término pragmático es político, y describe a quienes se enfocan en medidas prácticas, más allá de principios o ideologías, dejando atrás el compromiso con valores o con horizontes de cambio utópicos. Aunque cierto pragmatismo es indispensable para mantener funcionando un país, se usa ese calificativo para los excesos negativos, cuando los políticos se vuelven oportunistas. Este pragmatismo político es post-ideológico, retratando a quienes antes defendían unos valores, y hoy, una vez en el poder, o sometidos a presiones, toman decisiones incompatibles con aquellos compromisos.  
Durante mucho tiempo, los políticos conservadores o neoliberales ofrecieron muchos ejemplos de pragmatismos, subordinándose a los mercados o las recetas del FMI. Un cambio importante ocurrió cuando la socialdemocracia se contagió del mismo mal, perfectamente retratado por las insistencias de Tony Blair en concebir a las ideologías como "anticuadas” y la necesidad de enfocarse en "lo que funciona”. Similares caminos siguieron otras socialdemocracias en Alemania, Francia o España, cayendo en gestiones conservadoras.
¿El progresismo sudamericano repite esa deriva hacia el pragmatismo? Actualmente hay unos cuantos síntomas, y los más evidentes se expresan con los extractivismos. Se dejan atrás los valores en defensa de la naturaleza o el respeto a pueblos indígenas, y se ahora se defiende la explotación petrolera o minera, como hace Rafael Correa en Ecuador, o el antiimperialismo queda en suspenso para acordar con la petrolera Chevron, como hace el Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner en la Patagonia argentina. Al ser tan pragmáticos, sus decisiones se parecen, por ejemplo, a las que sostienen la locomotora minera colombiana de Santos.
Las justificaciones casi siempre se refieren a la necesidad de aumentar las exportaciones o asegurar el crecimiento económico (argumentos que también se repiten en gobiernos conservadores), o a una redefinición de la justicia social a un estrecho dominio económico práctico (como asistencialismo mensual en dinero).
Este pragmatismo político impone severas tensiones al progresismo sudamericano. El alejarse de las ideologías políticas es ir en contra del reclamo sobre valores e ideales que hace el progresismo sudamericano. Obligados a decidir en un sentido o en otro, estos gobiernos han optado por dejar en suspenso algunos valores para ser extractivitas, y es así que terminan siendo pragmáticos políticos.

Política y filosofía
Varios analistas consideran que el más grande pragmático de estos tiempos es el presidente de Estados Unidos, Barack Obama. En su primera campaña ilusionó a muchos con un regreso de los valores como guía de la política. Pero una vez en la Casa Blanca, se volvió un pragmático, un término que en Washington también se aplica a quienes no siguen agendas ideológicas, tomando decisiones que pueden ser fundamentadas desde distintas posturas.
Obama presidente no es ni conservador ni progresista, sino apenas un líder práctico, que no concretó muchas de sus promesas. No se reformó radicalmente el sistema financiero, no se reguló a Wall Street, no se cerró Guantánamo, tampoco se abandonó el papel de policía global, etcétera. Allí también asomó un pragmatismo que desilusionó a muchos progresistas.
Pero el caso Obama es más complicado, ya que sus dichos muestran simpatía por un pragmatismo, pero en otro sentido, como postura filosófica. Éste es un uso distinto de la palabra, que sigue a filósofos como William James o John Dewey, quienes intentaban desembarazarse de principios universalistas para enfocarse en los hechos y sus consecuencias.
Sin duda que una cuota de pragmatismo filosófico es necesario en el ejercicio de un gobierno, para no caer en dogmatismos, y saber adaptarse a condiciones cambiantes. El problema es cuando se cruzan las fronteras que llevan al oportunismo, o sea, al pragmatismo político. No siempre es sencillo distinguir entre las dos opciones, y siempre dependerá de la perspectiva de análisis.  
La rara mezcla de los dos pragmatismos en Obama es motivo de muchos estudios, y algunos de ellos pueden iluminar nuestras discusiones aquí en el sur. Entre ellos rescato una advertencia del filósofo  Paul Taylor, cuando sostiene que si se sigue en serio aquella escuela filosófica, se debe analizar lo que "funciona” y "no funciona”.  
Eso dejaría muy en claro, por ejemplo, que la economía financiarizada de Wall Street, "no funciona”. Obama, en cambio, ha sido incapaz de entender esto, y apostó a quienes no sólo eran incapaces en lidiar con las raíces de la crisis económica, sino que protegió a las corporaciones y bancos. Lo mismo sucedió en otros temas.

De esta manera se llega a la lección que me parece relevante para nuestros casos: un pragmático en lo político no  puede ser un pragmático en lo filosófico. Este último evalúa seriamente acciones y consecuencias, y es bueno que ese tipo de análisis tengan su lugar en cualquier gobierno. Pero esas prácticas hoy escasean (¿cuántos gobiernos analizan en serio las consecuencias de los extractivismos?), y en cambio, se vuelven pragmáticos políticos. La ética queda rezagada, ya que interesan más los réditos económicos, viejas promesas deben ser reformuladas, la participación ciudadana es limitada por llamados a la obediencia, y así sucesivamente. Frente a esto es apropiado preguntarse si ya no es tiempo de recordar los idealismos y los valores.

 Eduardo Gudynas
ambientalista

 El pragmatismo político deja atrás los valores. Mirar al mayor de los pragmáticos, Barack Obama, ilustra sobre lo que no deberíamos repetir.

 

 

 

 


   

60
1

Comentarios

Otras Noticias