Confidencias

Abandono

¿Qué siente, cómo se siente un escritor cuando acaba un libro? ¿Qué dudas y certezas lo asaltan?
miércoles, 20 de noviembre de 2013 · 12:45
Amalia Decker M.
 Escritora
 
La emoción fue exultante. Eran las cinco de la mañana cuando puse fin a una historia. Una que se apropió de mis madrugadas y de las horas que mezquino a la gente que quiero.
Desde el salto al abismo de la primera página hasta la última estuve rasgando en la memoria para conjurar una obsesión. 
Fue un tiempo álgido de días inconclusos, durmiendo mal y abrumando a los más cercanos con mi ausencia presente. Fueron noches en vela y sin poder convocar al sueño reparador. 
Es que muchas cosas pasan durante un libro, una vez que se entra en ese mundo cuyo silencio debe ser exorcizado con personajes inventados. Y no es que me esté quejando de las carencias porque hay otras compensaciones; por ejemplo, vivir vidas ajenas, enamorarse muchas veces, volver al pasado y soñar el futuro mejorando el presente.
Sin embargo, esa mañana pasé de la emoción a la tristeza, una que rayaba en la depresión. Me sentí abandonada, como cuando mis hijas emprendieron vuelo porque ya tenían alas.
Estuve unos días dando vueltas y sin poder concentrarme en nada hasta que decidí husmear en mis libros de cabecera, y encontré a Gustave Flaubert y su pasión por la palabra. Y de inmediato percibí ese sentimiento intenso y desenfrenado por las palabras y por la libertad. 
Artificio peligroso, pero que hizo que este escritor pasara, como él mismo expresaba en su relación epistolar con personajes cercanos a su vida, entregado a la literatura. "Pero lo que me persigue sin cesar para arrebatarme la pluma de las manos cuando tomo apuntes, o para desviarme de los libros si leo, es mi viejo amor: ¡escribir! He aquí por qué no hago gran cosa aunque me levanto muy temprano y salgo menos que nunca”.
Sólo volver a leer alguna de sus cartas me devolvió mi centro. Pero, al mismo tiempo, sentí la urgencia de volver a escribir y compartir los sentimientos que provoca la tarea de hacer un libro y, claro, también la concreción del mismo. 
Es que escribir es, definitivamente, un oficio que enmienda y cura: no hubo un solo amanecer igual. Ni una noche que no fuera siempre tan diferente de la anterior. En ocasiones, incluso, en pleno día y por obra del artificio, llegaba la noche llena de estrellas, o en medio de un sol furioso una lluvia de cielos oscuros con truenos y relámpagos. 
Por supuesto que hubo momentos en que, encorvada sobre la computadora, eché maldiciones ante la impotencia de no poder avanzar a pesar de mi persistencia. O la impaciencia cuando algunos personajes se salían caprichosamente del camino trazado, obligándome a caminar por senderos inciertos y peligrosos.
Es que inventar ficciones, como dice Vargas Llosa, es una manera de ejercer libertad y de querellarse contra los que quisieran abolirla. Y, no siempre es fácil enfrentarse a esa palabra tan simple y al mismo tiempo tan compleja. A veces el libre albedrío se pierde en los meandros de nuestras promesas y deseos, terminando en un sendero mediocre.
Cuando el libro sufre un primer desprendimiento, los sentimientos que se juntan en el alma son ambiguos: por un lado la pérdida y la nostalgia. Un vacío sólo comparado con la partida de un ser amado. 
Y, por otro, esa maravillosa sensación de euforia que se experimenta al sólo imaginar que otros entrarán en sus páginas y darán vida a los personajes creados. Los primeros en surcar vuelos en cielos ignotos son  siempre los editores.
Y, otra vez, la misma sensación de vértigo que se apodera de uno irremediablemente: sugerencias de podas e incluso castraciones y volteretas. En síntesis, es una forma de someter a la crítica a ese yo profundo. 
Confieso que sólo con el tiempo y las aguas he aprendido a entender que los reparos son amorosos y que únicamente persiguen mejorar la obra; obviamente estoy hablando de la buena crítica, la constructiva y que no siempre implica aprobación o aplauso.
A pesar de lo zamarreada que sé que puede volver la novela, cuento los días para tenerla, otra vez, en mis entrañas y creo que ella también querrá volver al interior de su madre para curarse de los zarandeos a los que fue sometida.
No es fácil aceptar que el hijo que creímos acabado necesita unos meses más de gestación, de amor y, seguro que de muchas otras noches más de angustia y de emociones encontradas.
Qué difícil es aceptar que un personaje entrañable, con el que se comparte confesiones e infidencias, del que una se enamora, no tenga la fuerza suficiente para quedarse en esa tierra de ficción. Más difícil aún es aceptar que debe desaparecer; es decir, morir. Y, eso, duele. Y mucho. Cuesta admitir lo irremediable. Y, a veces, a pesar  de  la insistencia no queda otro camino que el sacrificio.
Así es, sin apuros ni desesperos. Empieza un nuevo trabajo atrapando instantes. Buscando sentidos y tejiendo palabras como artesano. Poniéndose en la piel de otros, desdoblándose y, claro, leyendo de adentro para afuera. 
Así se termina de gestar un libro. Es un proceso a veces fatigoso, lento y doloroso. La recomendación dice que a la hora de revisar no se debiera avanzar más de 20 páginas al día para poder encontrar las palabras precisas, las que tengan la capacidad de persuadir, de emanciparse y así llegar al lector, quien, finalmente, será el que concrete el libro, apropiándose de una historia.
Atrás quedan los dolores y los insomnios cuando llega el día tan particular en el que caben, con fortuna y desenfado, dos estados que parecieran, por la dialéctica, estar siempre contrapuestos: la tristeza y la alegría. 
La tristeza por el desprendimiento definitivo pero preñado de una alegría extraordinaria por la concreción repetitiva de un sueño acariciado que persigue a los escritores: el olor embriagador del libro publicado en las manos.
Ésa es la gran recompensa. No hay malos recuerdos. Todo se olvida en un santiamén, como nos ocurre a las mujeres después de un parto. Es tanta la alegría que ningún dolor vuelve a la memoria.

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