El sobaco de la víbora

El encantador de quirquinchos

martes, 19 de noviembre de 2013 · 13:36
Machi Mirón

Era 1974 cuando Ernesto Cavour llegó a Buenos Aires y su capacidad para digitar las cuerdas de un charango asombró a todos. Hasta entonces era normal que muchos supusiéramos que la interpretación del charango se limitaba al rasgueo, pero no, este señor sacaba de él notas diáfanas, semejantes a las de una guitarra o un arpa.                                                           
Entonces yo recordaba sus discos con Alfredo Domínguez y Gilbert Favre. Siempre me habían subyugado esos diálogos entre guitarra y charango logrados con el maestro tupiceño; sí, gracias a Cavour el mundo entero había abierto los oídos para admirar ese instrumento que, por estos lares, preferíamos tenerlo un poco ocultito.                                   
También había conocido su interpretación de una bella pieza tradicional rusa, donde reemplaza el charango por la balalaika, instrumento típico de Rusia. Cuando visitó la Unión Soviética, el compositor Kachaturiam había expresado su admiración por el sonido de aquel instrumento que escuchaba por primera vez. 
Y como ésa, también conocí interpretaciones de música venezolana en las que su charango reemplaza al cuatro, sin alterar su encanto original. Más allá de su recorrido por toda Europa junto a los Jairas, que le permitió mostrar el sonido de su charango, él continuó esa tarea por el Japón y otros países asiáticos.     
No sería justo olvidar los huayños que, además de la música, tienen textos suyos, alimentados por aquella inventiva llena de humor corrosivo que siempre se cultivó en su barrio de Chijini. Un botón de muestra: "El alfil está llorando/ en brazos de la tragedia/ porque un peón negro k’istuña/ se lo ha comido a su reina”. 
Por todo ello pienso que la virtud más grande de Ernesto Cavour es su capacidad interpretativa que le dio una jerarquía universal al charango, ese instrumento que pocos antes  menospreciábamos en las ciudades y que no demoró en provocar a otros jóvenes músicos, dispuestos a seguir el sendero que él había abierto.    
Luego llegó su decisión de quedarse en La Paz para impulsar su proyecto del museo del charango, tal vez impulsado por el temor de que el olvido entierre para siempre los ejemplos de creatividad que a lo largo de la historia marcaron a nuestra música. Creo que es el único museo dedicado a la música popular del país.                                   
Somos muchos los que saludamos con alegría que se hubiera decidido reconocer la obra de Ernesto Cavour con el Cóndor de Los Andes. Aunque tampoco son pocos los que suponen que, dado el silencio con el que acompañaron muchos medios en  el país tal concesión, parece que más bien hubiera recibido "La Ch’aiñita de Los Andes”.        
 
La virtud más grande de Ernesto Cavour es su capacidad interpretativa que le dio una jerarquía universal al charango.                            

Confidencial

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