Sociología vagabunda

El mundo árabe en su complejidad

A propósito del libro de Carlos Martínez Assad, el autor reflexiona sobre las características del mundo árabe en la historia contemporánea.
martes, 19 de noviembre de 2013 · 10:34
Hugo José Suárez
sociólogo
 
Hace 10 años, Carlos Martínez Assad invitaba a un viaje -personal, casi introspectivo- por las tierras de sus orígenes en el libro Memoria del Líbano (Océano, 2003). Se trataba de un relato íntimo, familiar, analítico e histórico a la vez; un largo cuaderno de viaje donde dialogaba con su madre, con su abuelo, con aquellos deliciosos recuerdos de las historias familiares en las que sus antecesores dibujaban un mundo mágico y fantástico que el autor, hijo y nieto, sólo pudo descubrir físicamente años más tarde, en dos viajes que fueron la base del texto. 
Hoy el escritor mexicano de origen libanés pone otro libro sobre la mesa. Ahora no se trata de rastrear su propio pasado, sino de mirar la historia de la región árabe y las tensiones que están en juego en el mundo contemporáneo.  El título explica el contenido: Los cuatro puntos orientales. El regreso de los árabes a la historia (Océano y UNAM, 2013). Entre las múltiples posibles lecturas de un texto rico, extenso y documentado, sugiero poner la atención en tres ejes interconectados.
Primero: la política. Martínez Assad tiene claro que su libro toca un tema y una región que está en el centro de la geopolítica mundial. No esquiva el complejo problema de la violencia expandida, lo pone en el centro y denuncia con datos, argumentos e interpretaciones los intereses imperiales y las formas brutales de intervención de Estados Unidos y sus aliados en las distintas guerras que han costado miles de vidas: "Quienes escriben (hacen) la historia no siempre son visibles en los medios que dan noticia de los hechos cotidianos. Son las potencias (...) las que sostienen la pluma” (p. 18). 
Por eso el autor sitúa en extensas páginas la historia de las guerras en Oriente Medio, las brutales intervenciones en episodios traumáticos para la región como la Guerra en Irak y los intereses petroleros y políticos de Estados Unidos. Pero no deja de recordarnos la potencia cultural árabe; por ejemplo, repasa la historia y el esplendor de Bagdad, la Ciudad de la Paz, que en el siglo VIII tenía cuatro veces más habitantes que París y la biblioteca más sofisticada de su época durante siglos.
Segundo: la cultura. El atentado terrorista del 11 de septiembre de 2001 fue el argumento final que coronaba la tesis del "choque de las civilizaciones” que con entusiasmo había anunciado Samuel Huntington hacía años en su libro que llevaba precisamente ese título. La reflexión académica se convertía finalmente en una agenda geopolítica pilotada por Bush; la narrativa era perfecta: la cultura violenta venía del mundo árabe y la redentora, de los Estados Unidos. Martínez Assad denuncia: "es lamentable que sean más conocidas las acciones de los islamistas fundamentalistas partidarios de la guerra (...), que las argumentaciones de quienes desde los países musulmanes auspician el diálogo entre Oriente y Occidente” (p. 23).
El autor propone un desplazamiento analítico, se trata de "desligarse (...) de la explicación que busca entender todo a través del enfrentamiento entre Occidente y Oriente” (132) y acercarse más bien a la discusión sobre la cultura en un contexto de intercambios globales.  Para ello, se detiene en puentes culturales especialmente relevantes como los escritores Amín Maalouf y Orhan Pamuk, transitando por sus obras, reinterpretándolas en un código de intercambio y mediación entre estos mundos.  Y lo propio hace con la música y el cine, como lenguajes que crean intercambios y que abren caminos. Para entender la complejidad del mundo árabe, parece sugerir el autor, la mejor entrada es detenerse en sus "escritores que tienen la habilidad para rastrear en los territorios del alma” (267).
Tercero: la identidad. En su primer texto Memoria del Líbano, Martínez Assad decía que "hay que tener cuando menos dos mundos porque, de lo contrario, se corre el riesgo de quedar encarcelado en uno de ellos” (p. 151). Su constante repaso por la obra de Maalouf lo conduce a tomarse en serio las "identidades asesinas” y el problema del otro.  Por ello subraya con insistencia "el gran abanico cultural formado por los pueblos que lo conforma n”, o ese "océano de identidades que es Medio Oriente” (p. 267). Explica el complejo vaivén de las identidades sobrepuestas, de la necesidad de "verse en el otro para entenderse a sí mismo” (p. 266). 
Cuando la invasión mediática homogeneiza el argumento y parece imposible observar con relativa claridad lo que pasa en algún lugar del planeta, acercarse a un libro como el de Martínez Assad permite refrescar la mirada. Salir de los simplismos y empezar a comprender la complejidad de los procesos socioculturales. Descubrir el mundo árabe guiados por este texto parece una excelente decisión.
Ahora no se trata de rastrear su propio pasado, sino de mirar la historia de la región árabe y las tensiones que están en juego en el mundo contemporáneo.

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