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El político y el literato

¿Cuán político puede/debe ser un literato? ¿Cuánto de recursos literarios hay, o debe haber en la política?
miércoles, 20 de noviembre de 2013 · 12:47
Edwin Guzmán Ortiz
 Poeta y comunicador
 
El político y el literato: dos vocaciones, dos obsesiones con apetencias de totalidad; el primero urge la materialización de una utopía, el segundo la consumación de la obra. 
El político: animal ubicuo, transversal y sagitalmente encaramado en todo el aparato social. El literato, rara avis, nimia fauna de catacumba, impredeciblemente instalado en zonas configuradas deimaginario yrealidad.
Bolivia es un país con una vida política intensa, por lo cotidiano de esta actividad y por haber desarrollado una cultura política de amplio arraigo en los diferentes estratos sociales. 
El enfrentamiento de clases y facciones, más las incansables pugnas por el poder, son parte íntima de su historia. Asonadas, insurrecciones y veranos democráticos, elecciones, marchas y contramarchas forman parte del pan cotidiano.
Caudillos incesantes, líderes carismáticos, dirigentes y conductores, ideólogos y militantes, colectivos reales o imaginarios se corresponden con ese personaje caro al folklore de masas o las coyunturas: el político. 
Sea que la política asuma un carácter mesiánico o termine siendo la encarnación de Belcebú, pero sería impensable sin su Deus ex Machina, sin el hombre o el colectivo que la ponga en marcha.
Por su parte, el literato, dado el limitado desarrollo cultural de la literatura y las artes en el país, es un personaje infrecuente. La famosa república de las letras, pregonada por Walter Mignolo, ha sido menos robusta en Bolivia que la avidez por la militancia. 
Una de las explicaciones a este contraste es que la política -a pesar de su fragor delirante y sus riesgos- ha sido y es un medio ventajoso de subsistencia y ejercicio del poder, incluso un medio para el mantenimiento y la conformación de nuevos sectores privilegiados, hecho demostrado por el sociólogo Ricardo Calla, con su investigación sobre La emergencia de la burguesía de Estado de 1952.
Por supuesto, no es la única, se trata también de una empresa justificada por la sed de justicia y la esperanza del reino aquí, en la tierra. Bien visto, el político no es sino una prolongación remozada del viejo activista eclesial, del sacerdote y pastor que se impone llevar el rebaño a una pradera de gordos pastizales. 
En todo caso, el literato se plantea búsquedas no menos riesgosas en el afán de develar los intríngulis de la sociedad a través de una intensa indagación de las diferentes facetas de la cultura y el ser nacional. 
La suya parte de una vocación íntima y sigilosamente desplegada, donde junto al trabajoso perfeccionamiento del oficio se impone la capacidad de traducir las pulsiones y vivencias de la gente, aquello que la aguda sensibilidad es capaz de revelar.
La obra demanda el desarrollo de un lenguaje inaugural -los indígenas de Guatemala afirmaban que un poema es el lugar donde las palabras se encuentran por primera vez-; ésta busca explorar zonas axiales o marginales, atraca en realidades soslayadas o inexploradas, reinaugura nuevas visiones sobre lo conocido y se plantea uno de los desafíos más arduos: ver.
La cavilación, la soledad, el silencio trabajan el texto. El literato -a diferencia del político que va en busca de los otros a fin de materializar el proyecto- va en busca de lo otro; esa realidad representada que sin dejar de traducir lo real es definitivamente otra. Ese aparato de ficción erigido de palabras y visiones, de sueños y naufragios.
El político, más que lectores, pretende oídos y conciencias, sobre todo cuando propone transformaciones, cambios que están en la obligación de ser enunciados con un discurso nuevo. 
Mas sus "verdades” sufren la contrastación con ese complejo elusivo: la realidad. Palabra estéril el signo performativo ineficiente, palabra falaz la que vuela lejos de la acción y hace de la ficción su versión más sórdida.
Por ello, el político sufre el desgaste de sus palabras, su efecto inmediato es la esclerotización y el agotamiento; su escasa creatividad y su repetición talmúdica provocan cansancio y escepticismo, de ahí es que el desgaste de consignas y rótulos sea tan frecuente en la escena política y, con ese agotamiento, la coagulación inminente de propuestas y programas.
Para que un lenguaje sea movilizador y transformador, requiere poseer cierta juventud, cierta frescura y más que nada, el deseo de las mayorías incorporado en su matriz argumental.
El discurso de la partidocracia en el país como las consignas del marxismo-leninismo ortodoxo acusan un agotamiento evidente, sus fórmulas han llegado a convertirse en una retórica huera y estereotipada. 
El MNR, el 52, elaboró renovados argumentos, e hizo lo que hizo de manos de consignas y discursos, pero al cabo del tiempo, con sus epígonos, este lenguaje ha ido envejeciendo, degenerando, hoy se ha vuelto prácticamente decrépito. La mayor parte de las crisis ideológicas empiezan por una crisis de lenguaje.
El discurso literario pretende recrear el mundo, y a través de su representación abrir vías de indagación de la realidad aludida, es en sí una vía de conocimiento y de experimentación, un vehículo terrible de crítica, de juegos exponenciales con el imaginario y de la construcción de los mundos posibles. 
Marx entrevió escenas del capitalismo germinal en las páginas de la Comedié Humaine de Balzac, uno de los factores que le inspiró en la elaboración de su obra magna: El capital. 
Como decía Barthes, el lenguaje ideológico es un lenguaje que borra el cuerpo, que trasciende la identidad particular para terminar siendo apenas un factor de adscripción y ubicación en el mapa de lo político. 
Es decir, no sirve sólo para movilizar sino para clasificar, para identificarnos en qué coordenadas ideológicas nos movemos y de ahí, uno pasa a ser considerado aliado u opositor, revolucionario o reaccionario, fascista o comunista, creyente o apóstata, totalizando de este modo -valga el oxímoron- un reduccionismo maniqueo.
Por supuesto que el literato es un sujeto atravesado por las pasiones políticas, sería ciego negarlo. Es más, en muchos de los escritores coexisten el político y el creador.
Pienso en Marcelo Quiroga Santa Cruz y Héctor Borda Leaño. La literatura es un vehículo fluido para penetrar cualquier realidad incluida, por supuesto, la política; también puede ser una máquina de guerra con sus armas más deletéreas: la crítica y el lenguaje, aunque en su vasta experiencia infelizmente haya servido incluso para fines inadmisibles, como es el caso de narradores racistas de reconocida calidad literaria como Louis Ferdinand Céline o Alcides Arguedas.
Transcribo, a manera de opinión, un texto de Octavio Paz sobre el tema: "La mayor parte de las personas que redactan manifiestos, forman asociaciones, se reúnen, acusan, gritan y manotean, no son artistas sino ideólogos… El lugar de los ideólogos está en la tribuna y el púlpito. El artista no es ni orador ni predicador. No hay masas para él sino hombres, personas, cada una con un nombre propio. La misión del arte no es convencer ni adoctrinar: el arte es participación”.

 

Por supuesto que el literato es un sujeto atravesado por las pasiones políticas, sería ciego negarlo”.

 

 


   

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