Bibliofagia

El cuaderno dorado de Doris Lessing

sábado, 23 de noviembre de 2013 · 19:36

En un mundo ideal habría que leer todas las obras de un autor para poder escribir sobre él. De la recién fallecida escritora británica Doris Lessing, Premio Nobel de Literatura 2007, sólo he leído dos: Memorias de una sobreviviente y El cuaderno dorado.
Basta para saber que Lessing podía escribir mal (Memorias… es una novela inverosímil y aburrida), pero que también consumó una obra maestra, de las que más me han impresionado hasta ahora y, según los expertos, de las más importantes de la literatura del siglo pasado.
El cuaderno dorado es uno de esos libros que no se pueden dejar de leer, en los dos sentidos de la expresión: porque sería una carencia grave y porque, una vez iniciado, es imposible dejarlo de lado.
La novela trata de los intelectuales británicos que se decantaron por el comunismo en la Segunda Guerra Mundial y, luego, ya durante la Guerra Fría, se decepcionaron de él. Es una reflexión sobre las múltiples dimensiones (no muy sanas, en su mayoría) del compromiso político.
Indaga en ese fenómeno propio del siglo pasado que fue la organización bolchevique, un grupo increíblemente unido de "personas que hacen cosas juntas” y que al hacerlas le dan un sentido a sus vidas, se convierten en una suerte de gran familia que, además de proporcionar calor humano a los solitarios, protección a los inseguros, simpatía a los rechazados por la sociedad, posee un rol histórico: nada menos que la transformación de todo.
Esto permite que sus miembros se eleven-por lo menos imaginariamente- por encima de la existencia rutinaria, fragmentaria e incoherente que de otra forma se les revelaría como la suya.
Lessing se refiere a este fascinante y mórbido fenómeno psicológico tal como se dio en los países del Imperio Británico, es decir, allí donde era marginal y admitía una descripción menos trágica que cómica, que es la que ella realiza.
Su estilo puede llegar a ser paródico, pero el propósito de Lessing es mayor; la escritora logra desenterrar el quid de la cuestión, es decir, el hecho de que nadie militaba en el comunismo porque creyera que éste fuera posible, o porque ignorara las atrocidades que Stalin y compañía cometían en su nombre, y ni siquiera porque se creyera libre de daños (las purgas siempre eran posibles, incluso en los países europeos, y, aunque sin derramamiento de sangre, podían ser devastadoras para sus víctimas).
No, la militancia era una conducta más complicada que la que sería posible fundamentar exclusivamente en el dogmatismo, la falta de información o la buena fe y el altruismo.
Poseía móviles existenciales que eran distintos en cada caso, móviles personalísimos. Por eso los escépticos, bien informados y maliciosos (y hasta malévolos) personajes de El cuaderno dorado, siguen en el partido, a pesar de todo.
En realidad no creen en nada, por lo menos en nada de índole trascendental, pero siguen en el partido. En realidad ni siquiera están interesados en la política, y para poder tragársela deben transformarla primero, desmontarla en algunas acciones más o menos mecánicas: debates bizantinos sobre la "línea” del partido (que por supuesto nada tenían que ver con la realidad política real) y un trabajo banal pero meticuloso con las "masas”.
Lo que en realidad ellos quieren es pertenecer, formar parte de algo más grande, tener un propósito, ser reconocidos como "camaradas”, es decir, como iguales, por personas que respetan o que al menos no son tan imbéciles como las que encuentran fuera del partido. Lo que ellos quieren es escandalizar a la sociedad de una forma que no les impida, al mismo tiempo, adoptar nuevas reglas de socialización, incluso más conservadoras que las originales.
En este campo, véanse los apuntes de Lessing sobre ese espécimen con el que nos seguimos topando hasta el presente: el "macho de izquierda”, ése que exige a su mujer respetabilidad, por ejemplo que no flirtee con sus amigos, aunque él ya no le haga el amor, y sin embargo se considera a sí mismo un "verdadero marxista”.
Pero así presentadas las cosas podría parecer que el libro de Lessing es un mamotreto sociológico en lugar de lo que en verdad es: una novela de personajes y no precisamente modelados en plastilina, sino tan vivos como cualquiera de nosotros, tal es la sutileza y verosimilitud, el cuidado por los matices y las contradicciones, la sabiduría respecto de la emotividad sin propósito y la separación entre la racionalidad y la acción con que la autora los describe. Nada tiene que envidiara Scott Fitzgerald.
El primer "cuaderno” del libro, dedicado a los viajes de un grupo de amigos a un hotel de fin de semana (esto transcurre en una colonia británica en África), consigue crear una tensión alcohólica y sexual que es comparable, e incluso con ganancia, a la narrada por Hemingway en Fiesta.
Y luego es una novela de diálogos. A lo largo de páginas y páginas los personajes dialogan con una naturalidad, un ingenio y una agudeza que sin duda hubiera admirado el mismísimo Oscar Wilde.
Son muchos logros, y muy importantes, pero todavía no hemos consignado el principal, el que convirtió a El cuaderno dorado en una obra característica de la sociedad contemporánea.
Hablo de su capacidad para retratar de una manera más convincente y profunda que otros intentos anteriores (señaladamente los de Simone de Beauvoir, para mí precarios) la perspectiva de las mujeres en proceso de emancipación sobre sí mismas, su recién ganada independencia, y sobre los hombres, el sexo, la política, la actividad artística, etcétera.
En este sentido, el libro es muy educativo. Varias observaciones que generalmente resultan oscuras e incluso incomprensibles, como el atractivo que despiertan los hombres rudos y egoístas en muchas mujeres liberadas, o por qué una mujer puede sentir que "necesita estar casada”, aunque sea con un tipo que nunca amará, se iluminan en estas páginas, lo que por supuesto es muy interesante para hombres y mujeres, y además prueba, una vez más, que el arte es el medio insustituible de entendimiento de lo individual.
Hay una gran cantidad de novelas, muchas escritas con talento, algunas con sabiduría y perspicacia, y unas pocas, muy pocas, con la intensa pasión por el ser humano que resuma El cuaderno dorado.

"Hablo de su capacidad para retratar de una manera más convincente y profunda que otros intentos anteriores  la perspectiva de las mujeres en proceso de emancipación sobre sí mismas”.

Fernando Molina
 Periodista y escritor

 

 


   

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