Cosas de ciudadanos

Cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía

Isabel Mercado
sábado, 23 de noviembre de 2013 · 19:02
 En este "país de las maravillas”, toda sorpresa es posible, y los asalariados del país nos encontramos de pronto con la agradable sorpresa de recibir no uno sino dos aguinaldos en esta gestión, gracias al Decreto Supremo 1802, promulgado por el presidente Evo Morales.
Pero, o estamos demasiado acostumbrados a las limitaciones habituales de los salarios o desconfiamos de la solidez de la tentadora oferta, pues -a excepción de algunos sectores, especialmente los del Estado- la noticia generó más debates que celebraciones.
Primero, porque ni bien se difundió la noticia empezaron las reacciones de  empresas y empresarios, todas en tono de alarma, pues, como es obvio suponer, nadie tenía presupuestado tal erogación. Bien se sabe que cada año, las empresas -especialmente las que están en expansión, las pequeñas y las medianas- hacen peripecias para cumplir con tal obligación.
Muchas adelantaron despidos o reducción de personal; otras anunciaron elevaciones de precios y una gran mayoría se dispuso a buscar algún espacio de diálogo -que no existió previo a la medida- para intentar revertir o al menos atenuar la decisión.
Luego, a pesar de que el anuncio gubernamental dejó claramente establecido que éste era un beneficio destinado a los sectores que producen formalmente, tanto públicos como privados, no demoraron otros segmentos -como los transportistas, los gremialistas e incluso los jubilados- en protestar por no haber sido incluidos entre los afortunados. No es casual, éste es un país rentista y es imperdonable que el papá Estado no regale un pedacito de tan enorme torta a todos sus hijos.
Pero el debate más intenso se vivió entre los que efectivamente van a recibir el denominado "doble aguinaldo”. Hubo quienes incluso manifestaron que prefieren mantener sus fuentes de empleo antes de "farrearse” la bonanza en un solo mes (además en un mes tradicionalmente inflacionario, como es diciembre, aunque el Gobierno también asegura que no habrá inflación alguna).
Lo cierto es que aunque seguramente el Estado y unas cuantas empresas tienen las arcas suficientemente llenas como para  compartir su excedente, en un país donde es tan difícil llevar adelante emprendimientos privados, esta medida es riesgosa y distraccionista.
Los asalariados, por tanto, saben que el regalo puede significar pan para hoy y hambre para más tarde. Y es que, como dice el refrán, cuando la limosna es grande, hasta el  (más) santo desconfía...

 

 


   

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