Lector al sol

Salvaje

Las teorías salvajes de la argentina Pola Oloixarac, más que una buena novela, un retrato necesario del desencanto generacional.
sábado, 23 de noviembre de 2013 · 19:48

Sebastián Antezana
 Escritor

 "La política y el miedo no son lo único que le interesa a Oloixarac. De alguna manera, la novela trae a flote los conflictos clásicos de todas las
relaciones sociales”.

Es la segunda vez que leo la novela. La primera, en 2009, me gustó. Ahora quizás la entiendo mejor.
Entre los fantasmas de Hobbes, Rousseau y Wittgenstein, un cuarto asoma la cabeza y propone una forma interesante de concebir la literatura y sus subgéneros, de constituir sistemas de pensamiento y propuestas de lectura, teorías que son formas de construir y deconstruir la cultura contemporánea desde la ficción.
En este marco nace la propuesta de Pola Oloixarac (Buenos Aires, 1977), que desde 2008 viene levantando polvo en el campo de la narrativa argentina, tanto por lo original de su primera -y hasta ahora única-novela, Las teorías salvajes (Entropía, 2008), como por las violentas reacciones que ha provocado a nivel crítico.
Pensar la violencia como parte de la cultura, explorar los refinados mecanismos de lo infrahumano en el ámbito de lo humano, de lo antisocial en el campo de lo social, es parte de la propuesta de Oloixarac, quien se aproxima al estado de la cultura con frases como: "El régimen de acceso a la empatía contemporánea se encuentra vinculado al uso inteligente, glamoroso, de la crueldad”.
 Y aquella consignada en uno de los epígrafes de la novela, perteneciente al Mínima Moralia de Adorno: "Toda la práctica, toda la humanidad del trato y la conversación, es mera máscara de la tácita aceptación de lo inhumano”.
Uno de los rasgos que más se ha remarcado del fenómeno generado alrededor de Oloixarac es la crítica que Las teorías salvajes lanza al rostro de la historia política argentina.
Al respecto, Oloixarac dice cosas como: "Tenía ganas de pensar la violencia con un espíritu crítico y, en ese sentido, creo que mi discurso prolonga el de Piglia, que con su novela Respiración artificial hizo un libro fundamental sobre el tema.
Me interesa la violencia como parte de la cultura, un componente obsceno que se exhibe como una cualidad obvia de la civilización, cuando en realidad es brutal”.
¿Cuál es la historia que narran Las teorías salvajes? Varias. Al principio está la Academia. Pero no una academia abstracta sino la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.
Oloixarac no se mide cuando se despacha un crítica feroz contra un sistema que, dice, ha transformado la literatura en un campo minado, un espacio abierto sólo a consideraciones políticamente correctas, por lo que quienes acuden a ella terminan, según dice Beatriz Sarlo, como una especie de monomaníacos para quienes lo erótico se consume o se consuma en la pasión filosófica.
Disparadas en múltiples direcciones y carentes de un centro temático común, las historias de la novela parecen dirigirse a lugares confusos. El primer capítulo comienza con el relato de un rito de iniciación: niños de una tribu que, para convertirse en mayores, son perseguidos y atormentados por hombres enmascarados "que amenazan a los pequeños iniciados, persiguiéndolos a punta de lanza hasta empujarlos al centro de los rituales del miedo”.
Una vez vueltos de esta iniciación de tintes antropomorfos, los niños traen puestas las máscaras con que habían sido perseguidos y operan una transmutación: dejan de ser presas para convertirse en cazadores.
En una metáfora sensible de las constituciones sociales, la experiencia del miedo los prepara para afrontar las dificultades de la vida en comunidad.
Si aquí existe una conciencia colectiva de la violencia y el miedo como formas refinadas de la cultura, las políticas de esta conciencia se verán doblemente expuestas en esta novela que se quiere, entre otras cosas, reflexión sobre la historia política argentina. Así, se comprenderá que las pasiones teóricas sean también políticas.
Hay una obsesión visible en Las teorías salvajes por proponer una revisión del pasado histórico de  Argentina, que en muchos casos, como el de las dictaduras militares, es también el pasado histórico de gran parte de América Latina.
La política y el miedo no son lo único que le interesa a Oloixarac. De alguna manera, la novela trae a flote los conflictos clásicos de todas las relaciones sociales. Así, y como bien ha señalado la crítica, en algunos casos el individualismo de los personajes es tal que la masturbación es el epítome del goce.
Se trata, pues, también, de una especie de retrato generacional o retrato de la angustia generacional de un grupo humano nacido en una época en la que se anuncia la muerte de la ideología y en que la presencia de internet y el gran alcance de los medios ilustran una ansiedad comunicativa, una desbocada energía que pese a tener canales no encuentra oyentes. Se trata, así, de un estudio de las afecciones del espíritu y los dramas de la posmodernidad.
¿Pero ésta se trata, a fin de cuentas, de una novela de ideas, de un falso ensayo? La obra pasa por otra parte. Hay que disfrutar de su lectura como se disfruta de una película u otro texto que nos habla en la oreja sobre nosotros mismos y sobre el estado del mundo.
No es una novela fácil, hay que ceder y obstinarse a momentos, y es aconsejable tener algo de malicia para leerla. Su mérito es grande porque desde la literatura denuncia nuestra apatía y ofrece otra visión, opuesta a la convencional, que habla de sociedad y contenidos sociales aceptables y no aceptables. 
Se podría, sin embargo, hablar de mucho más, como de la intertextualidad presente en cada recodo del texto. Sin embargo, es posible que "intertextualidad” no sea la palabra adecuada. Como dijo Beatriz Sarlo en su lectura de Las teorías salvajes, la intertextualidad pertenece a la época de las bibliotecas reales y de las enciclopedias.
Las citas, alusiones y ficciones teóricas de esta novela son de la era Google, que ha vuelto casi inútil el trabajo de hundir citas cifradas porque nada permanece cifrado más de cinco minutos.
"Sylvia Molloy escribió que la erudición borgeana era incierta y poco confiable. Esa cualidad dudosa de la cita, que producía la indeterminación de los textos de Borges, hoy no tiene condiciones de posibilidad: no hay incertidumbre; verdadera, modificada o intacta, la cita siempre se encuentra a pocos golpes de teclado, y las citas falsas no aparecen entre los resultados del buscador. Después de Google, no hay erudición sino links”.

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