Desde el mirador

Detrás de la agresividad

La agresividad, que nos hace proclives a la violencia, tiene a la educación como antídoto, dice el autor.
viernes, 01 de noviembre de 2013 · 11:12
En nuestro medio, deplorablemente, los estallidos de la agresividad son frecuentes, en ambientes íntimos y en lugares públicos; innumerables veces   trascienden la cuatro paredes de innumerables  hogares, en los que, lamentablemente, con acciones agresivas se estropea a niños indefensos. No están ausentes  aquellos comportamientos que públicamente se dan a conocer, relativos a malos tratos intrafamiliares, y así la agresividad se genera a partir de ámbitos íntimos y va desarrollándose morbosamente en la vida de jóvenes y adultos.
El asunto se ha hecho tan común que nos  toca en jornadas de conflicto y también en la vida cotidiana;  no sólo se da en circunstancias de fricción; inclusive, sorprendentemente, en la relación cotidiana simple, en oficinas, en tiendas, en mercados, en el transporte público, en la atención de servicios, cuando compramos algo, es decir, paradójicamente, allí donde deberían tratarnos, por lo menos, con educación y con mínima amabilidad.
Esto nos mueve a pensar: ¿ el hombre es agresivo por instinto o por culpa de la sociedad en que se desenvuelve? Los argumentos son muchos pero, sin duda, el hombre no es agresivo porque sí. Encaja perfectamente la vieja sentencia: " el hombre es producto del medio en que vive”. En la medida en que se tiene una organización social cada vez más compleja, las colisiones de personas o grupos humanos son más frecuentes.
Es evidente que uno de los elementos que contribuye de una manera decisiva a la agresividad es la sensación de frustración y sobre el tema existen innumerables estudios. Pueden ser frustraciones personales o colectivas cuya tendencia, finalmente, es agredir.
No es nuestro país el único ejemplo con un historial de agresividad que, a veces, degenera en violencia. Concurren muchos factores que son universales y a los que, remitiéndome a unas apreciaciones del distinguido escritor Alfonso Crespo, en su libro Los Aramayo de Chichas, se añade otro de orden telúrico. El autor puntualiza: "alguien ha avanzado la teoría de la anoxia. La ciencia médica identifica ciertos fenómenos biológicos y psíquicos originados por la extrema altitud en la que vivimos bajo el nombre genérico de anoxia, vocablo de origen griego que significa carencia de oxígeno”.
Se admite, en general, el límite para la actividad fisiológica y psicológica del hombre, con reflejos normales, hasta los dos mil metros. Por encima de esa altura van alterándose gradualmente y  los cuatro o cinco mil metros sobre el nivel del mar señalan el nivel crítico. Los tejidos nerviosos resisten dificultosamente la carencia de oxígeno. Sus efectos se asemejan al envenenamiento provocado por el monóxido de carbono. Agrega el escritor: "amenguados el instinto de conservación y juicio prudente, el individuo afectado por la anoxia se torna pendenciero y agresivo y siente la urgencia física de odiar y destruir”. Y concluye "sin pretender dar a la teoría de la anoxia un valor científico, tal vez en ella se esconda una de las claves de la atormentada y trágica vida del boliviano y su historia”.
Este fenómeno no se reduce con simpleza a la gente que vive en las alturas, no. Se da en todo el país y hay que tomarlo seriamente en cuenta.  Por otro lado la cuestión no sólo es individual, lo es también colectiva.  El odio fermentado en organizaciones que postulan cambios o reclaman reivindicaciones se manifiesta en la agresividad con distintos disfraces.  Y entre nosotros se está dando una  constante agresividad, acicateados por el odio, que  puede acrecentarse y lo peor sería que se haga difícil de controlarla.
Ahora  si una lucha permanente de intereses contrapuestos mantiene vigente la agresividad proclive a la violencia, la educación como antídoto es la única herramienta útil. Y en ese aspecto el criterio de educación no debe circunscribirse al de la formación en las aulas, sino a un amplio sentido de educación del que no puede ni debe eximirse la educación en el hogar.  Con ella se puede alcanzar la convivencia pacífica.

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