Música

Eduardo Caba, un músico mayor

El autor traza un perfil del destacado músico boliviano y resalta sus logros de trascendencia internacional.
viernes, 01 de noviembre de 2013 · 14:25
Adelina Balsalía, cantante italiana de ópera, fue quien dio las primeras lecciones de música a uno de los artistas bolivianos cuyo nombre figura con letras mayúsculas en los anales de la música universal.
La nombrada artista italiana, apercibida de la extraordinaria inclinación a la música que manifestaba su hijo, el gran Eduardo Caba, se entregó de lleno a la enseñanza de quien sería uno de los artistas de mayor renombre en el propio país y, como ya se ha dicho, en el extranjero, al extremo de que su música fue en su tiempo de creación, y lo es hoy, interpretada en los más afamados eventos de difusión de obras de compositores latinoamericanos en Europa o Estados Unidos.
Nacido en Potosí en 1890, Eduardo Caba, imbuido desde muy temprano de la escuela típicamente boliviana que lenta y ordenadamente se hallaba en camino de consolidarse como una corriente estilística de alto valor estético, y que hallaría en Simeón Roncal, en Humberto Viscarra Monje, en José María Velasco Maidana, en Antonio Gonzales Bravo, entre otros, a sus máximos exponentes, fue quien impulsó con notable poder evocador y espíritu creativo nuestro inagotable potencial folklórico pleno de telurismo.
Formado en Buenos Aires por maestros de armonía y contrapunto de la talla de Eduardo Melgar y Felipe Boero, respectivamente, y favorecido posteriormente por una beca concedida por ley especial del Congreso, partió luego a España con una valija llena de partituras juveniles a estudiar hasta 1927 con los maestros Joaquín Turina (antiguo alumno de la afamada Schola Cantorum) y Bartolomé Pérez Casas, de quien recibiría el mayor estímulo, palabras de aliento y consejos de maestro, que influirían decisivamente en su carrera como compositor.
Si bien ese ascendiente de la música europea, vertiente de soplos de romanticismo artístico del Viejo Continente, fue de elocuente trascendencia para su crecimiento como compositor, tuvo Caba no sólo la virtud de cultivarlo vivamente, sino de practicar con la mira puesta en  perfeccionar la aludida línea nativa, culta, popular y nacional, que en el transcurso de la primera mitad del siglo XX halló fortalecimiento en el exuberante conjunto de tradiciones, creencias y costumbres andinas, siempre animado por el propósito de estructurar un nacionalismo musical que abriera perspectivas ilimitadas en la creación artística.
De España regresó a Buenos Aires, capital de un mundo musical espacioso y pródigo que le permitió amplificar aún más sus dotes de compositor y músico polifacético.
Su variada condición o, por mejor decir, sus múltiples aptitudes fueron determinantes para codearse con lo más conspicuo del arte porteño y, por consiguiente, proseguir un camino de permanente aprendizaje que alcanzó tal punto de madurez que hacia fines del año 1942 el entonces Gobierno de Bolivia lo invitó a dirigir el Conservatorio Nacional de Música y Declamación de La Paz.    
Precisamente en ese año su extraordinaria obra Aires indios fue estrenada en Washington por el American Ballet de la capital estadounidense.
Al término de la presentación, un público deslumbrado por la magnífica puesta en escena  ovacionó a los artistas y aclamó de pie por largos minutos al compositor, de quien la crítica especializada afirmaría que se trataba de un músico superior que se unía a una corriente de artistas latinoamericanos, capaces de aportar al universo de la música con obras de bella y profunda concepción, tal como fue calificada su Aires indios.
A tal punto conmovió su producción que Aarond Copland, a la sazón todo un artífice musical, un trabajador de material rítmico, armónico y melódico absolutamente afianzado en el terreno mundial de la creación, aseveró que la música de Eduardo Caba revelaba "una prestancia de buen tono, expresiva e inspiradora”.
El análisis de la música de Caba evidencia técnicamente la exposición de un lenguaje basado en escalas "pentatónicas" (es decir la sucesión de cinco sonidos o notas muy propias de la música andina), o bien modales (reglas compositivas de melodías vocales, pero también instrumentales, empleadas en los sistemas musicales antiguos), cuyos trazos solemnes en ambos son evocadores de una concentración de recursos sonoros privativos del Ande boliviano.
Aunque la estructura y textura de la obra de Eduardo Caba responden a formas complejas cuyo detalle no corresponde explicar en esta nota, sin duda que se halla en él una perfección creadora exquisita, incomparable y rica en estilización de la música nativa.
Prueba de ello son el ballet Kollana; la pantomima Potosí; Poema de la quena, Poema del charango (ambas producciones escritas para orquesta); o el Canto a la ciudad de La Paz, compuesto con motivo del cuarto centenario de urbe.

En toda su vasta producción es posible apreciar una valiosa y honda concepción estética que rebasa lo meramente fácil para adentrarse a un dominio absoluto de tecnicismo y profunda alma musical, cuya vitalidad desbordante en creatividad hacen de Eduardo Caba al paradigma del músico mayor.

Pablo Mendieta Paz
Músico

"Sin duda que se halla en él una perfección creadora exquisita, incomparable y rica en estilización de la música nativa”.

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