Matasuegra

El eterno trono de papel

El autor reflexiona sobre las contradicciones de un país que a pesar de vivir un buen momento económico, no puede -entre otros- construir una morgue digna.
viernes, 1 de noviembre de 2013 · 10:48
Óscar Martínez, psicólogo social y gran narrador, hace tiempo me relató una anécdota que, luego de motivar risa, me provocó indignación y vergüenza. Él trabajaba con chicos de la calle de El Alto y parte de su labor, quizá la más terrible, consistía en acudir a la morgue para reclamar los cuerpos de aquellos que llevaban varios días sin aparecer y, así, poder darles sepultura.
Según Óscar, en ese entonces -no sé si las cosas han cambiado- la morgue alteña era el interior de una ambulancia en desuso, donde los cadáveres estaban "taqueados” y la única forma de reconocerlos era solicitando al encargado que los fuera sacando hasta dar con el cuerpo buscado. Lógicamente, la tarea demoraba bastante, por lo que había muchos familiares alrededor de la ambulancia esperando su turno, y como ocurre en cualquier concentración de gente, también había muchos vendedores de tucumanas, salteñas, bolsas nailon, fruta e incluso ropa.
Soy incapaz de reproducir los matices del relato de Óscar, no sólo porque ahora ya no recuerdo qué me causó gracia, sino también porque no tengo su habilidad natural -casi un escudo protector- para darle un giro humorístico a las situaciones más dramáticas. Pero sí recuerdo que la escena narrada me pareció digna de un cuento del realismo mágico, aunque, claro, no correspondía a la atemporalidad ficcional de los Buendía, sino al siglo XXI de una de las ciudades más grandes y pobladas de Bolivia.
Me acordé de la anécdota hace unas semanas, cuando los noticieros televisivos reportaron que la morgue de La Paz había quedado sin techo tras un viento de fuerza inusual para esta urbe. Luego de algunos días, las autoridades recién determinaron trasladar los cadáveres a un depósito provisional, mientras decenas de familiares lloraban la pérdida de un ser querido y tragaban la impotencia de no poder retirar su cuerpo para despedirlo dignamente.
Esto, a su vez, me hizo recordar la vieja metáfora que los profesores de colegio usaban para referirse a la situación del país en la década de los 80: "Bolivia es un mendigo sentado sobre un trono de oro”. Me imagino que, de alguna manera, creían que con esa figura alimentaban nuestra autoestima, dándonos la esperanza de que, algún día, los mendigos tercermundistas dejaríamos de estirar la mano y podríamos disfrutar del oro que lastimaba nuestras posaderas.
Me parece que ese día aún no ha llegado, pues seguimos sobre un trono de oro, o de billetes, pero ni siquiera podemos construir morgues que no se derrumben ante el primer soplido del lobo. Y esto es sólo un ejemplo de la paradoja que nos toca vivir a diario, alejada de la metáfora ochentera, porque ahora ya no dicen que somos pobres, sino que insisten en que, como nunca antes, prácticamente nadamos en dinero.
Podríamos pensar que las autoridades están ahorrando para poder financiar proyectos grandes en el mediano plazo, que la austeridad es un principio del proceso de cambio o que, como expresó Evo Morales, se debe evitar el colonialismo del lujo. Sin embargo, el pensamiento más optimista queda en off-side cuando nos enteramos de que millones de dólares se invertirán en un museo que albergará los regalos recibidos por el Mandatario a lo largo de sus dos -y quién sabe cuántas más- gestiones presidenciales, en un nuevo palacio de gobierno o en un avión lo suficientemente grande como para que don Evo viaje acompañado de periodistas y dirigentes sociales, por citar algunas "inversiones” que anunciaron los gobernantes.
Canchas de fútbol, coliseos, bonos de todo tipo... en fin, estrategias varias de redistribución son loables, pero ¿no se debería pensar en las necesidades más urgentes? En realidad, no se trata de pensar -confío en que sí lo hacen-, sino de actuar. ¿No es urgente la situación de las cárceles?, por ejemplo. No hablo del sistema de justicia, que eso sí demandará más tiempo y dinero; me refiero a algo tan sencillo como construir recintos penitenciarios donde los reclusos paguen su deuda con la sociedad de manera digna.
El caso de Patacamaya supera la imaginería de los escritores, pues ¿quién habría considerado verosímil plantear una historia en la que reos y custodios hagan cuota para cocinar una olla común? Y eso pasó en la flamante cárcel, dado que las autoridades no habían presupuestado -durante los primeros días de funcionamiento- la alimentación de los policías ni de los internos.
¿Habrá algún plan para remediar la mendicidad de los campesinos de Potosí? Quizá la presencia de mujeres y niños del norte potosino pidiendo monedas en las esquinas de La Paz, Cochabamba y Santa Cruz se ha hecho parte del paisaje urbano y por eso no merece la atención inmediata del Estado. Es sólo otro ejemplo de las ausencias en la agenda gubernamental de prioridades.
Los niños y niñas de la calle, como aquéllos con los que trabajaba Óscar Martínez, ya son adultos de la calle -o tal vez familias de la calle, porque tienen hijos y algunos ya son abuelos-, y es probable que mueran en la calle y sus cadáveres sean amontonados en un depósito provisional, dado que es más urgente tener coliseos que instituciones de rehabilitación y morgues decentes.

Como paceño, me alegra que por fin vayamos a tener un teleférico; no obstante, al caminar por la ciudad me pregunto si mi alegría es compartida por las miles de personas que luchan día a día por ganar unos pesos para alimentar a su familia, por los grupos de alcohólicos que deambulan sin esperanza, por las tribus de cleferos que cada vez son más numerosas, por los lustrabotas que tienen que esconder sus rostros para evitar la discriminación... En pocas palabras, me pregunto si un teleférico ayudará a solucionar los problemas urgentes de la población vulnerable. Si confiamos en las estadísticas e informes económicos, es evidente que Bolivia atraviesa una situación favorable; lamentablemente, la evidencia se queda en los papeles: los discursos nos hacen imaginar el trono de oro, las calles nos muestran al mendigo.

Willy Camacho
escritor

Seguimos sobre un trono de oro, o de billetes, pero ni siquiera podemos construir morgues que no se derrumben ante el primer soplido del lobo.

Mensaje de Raúl Garáfulic, Presidente del directorio de Página Siete

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