Lecturas

Fabián Casas: pasajero en tránsito

Sobre La supremacía Tolstoi y otros ensayos al tuntún (Emecé, 2013) del escritor argentino que visitó la Feria del Libro de La Paz.
viernes, 01 de noviembre de 2013 · 14:39
Una bestia completa: "Cuando un órgano ejerce su función con plenitud, no hay malicia posible en el cuerpo. En el momento en que el tenista lanza magistralmente su bola, le posee una inocencia animal. Lo mismo ocurre con el cerebro. En el momento en que el filósofo sorprende una nueva verdad, es una bestia completa”.
Así escribe César Vallejo en Contra el secreto profesional, un libro atípico hecho de fragmentos -narraciones, aforismos y breves ensayos- escritos entre 1923 y 1929, que fue rechazado por varias editoriales y se publicó recién en 1973.
Las páginas del más reciente libro de Fabián Casas me conducen hacia ese fragmento: Casas escribe como quien ejecuta un riff de guitarra. No en un escenario gigantesco, sino en la penumbra de un concierto de garaje.
El lector no vislumbra entre sus páginas a un adusto intelectual que quiere mostrar el camino o deslumbrar con su virtuosismo. La supremacía Tolstoi y otros ensayos al tun tún es, entre otras cosas, la apuesta por una escritura que connota verdad y vacío, como un ritual budista, como el ejercicio de una amorosa y fugaz rutina cotidiana.
En uno de sus ensayos, Casas habla del karate, disciplina que practica hace más de diez años. Ahí propone una poética: "cuando hago karate, cuando sólo pienso en los movimientos que se requieren para un kata, o en cómo dejar llevar la respiración acompañando el golpe, siento que, como escribió T.S. Elliot, el tiempo pasado y el tiempo presente, tal vez ambos estén en el tiempo futuro”.
Si toda escritura escenifica la linealidad del tiempo, los ensayos de Casas nos inducen a abandonar esa fatalidad a través de un recorrido concéntrico en el que confluyen escenas cotidianas, recuerdos de infancia, opiniones políticas, músicos, futbolistas, boxeadores, su amada perra Rita y, sobre todo, la geografía particular de un amplio y abigarrado territorio compuesto de lecturas.
Amigos en un bar. "Ezra / sé que si llegaras a mi barrio / los muchachos dirían en la esquina: / qué tal viejo, che´su madre…”.
No me canso de citar estos versos de Luis Hernández porque creo que ellos contienen la clave respecto al trato que deberíamos tener con los autores que nos interesan. Un cariño irreverente. Un cordial exceso de confianza. Como se trata a los amigos.
Casas descree de las amistades virtuales (no participa en red social alguna, las mira con desconfianza, escribe contra ellas: "¿Qué ambiciona una persona que necesita escribir en una red social lo que le pasa a cada minuto?”) y habla de los amigos reales, los que se pueden tocar, como una de las escasas certezas que la vida ofrece.
Su último ensayo, La solarística, es un homenaje a Sergio Parra, un amigo chileno que le salvó la vida, no literalmente, sino de verdad.
La supremacía Tolstoi, como el título lo anuncia, es también un recorrido amistoso que visita, como si los convocara a conversar en un bar, a un conjunto de autores diversos. "Siempre me pareció que el bar de La guerra de las galaxias es el lugar antifascista por excelencia: ahí se juntan traficantes de Orion, seres con cabeza de pescado, mujeres con tres tetas, músicos, vaqueros de las supernovas. Pura mezcla”.
Y ahí están también V.S. Naipaul y Alejandro Zambra, Ray Bradbury y César Aira, J. M. Coetzee y Celine, Salvador Benesdra y Nadine Gordimer (y muchos más) ocupando todos una mesa bulliciosa presidida, por supuesto, por uno de los personajes más extraños de la galaxia: Tolstoi, a quien Casas dedica su ensayo más largo, un homenaje, una invitación a la lectura.
En ese ensayo Casas despliega una poética de lectura: no la del lector que intenta desmontar los mecanismos de una novela, sino la del que habita el relato: "cuando uno lee Ana Karenina tiene que irse a vivir a la novela”.
En otro ensayo, se refiere a la maestría con la que Coetzee invita a leer a Gordimer: a través de la simple y poderosa reconstrucción del relato. No un esquemático resumen, sino una reconstrucción. Con la devoción y el rigor que debe tener un buen cóver.
En ese sentido, La supremacía Tolstoi es también una declaración: habitar el mundo es también habitar una constelación de lecturas. Como andar siempre rodeado de aquellos amigos que nuestras madres miran con recelo: los amigos terribles, dice Casas, los que nos sacan de la rutina y la obediencia, los que nos invitan a demoler hoteles. Los amigos que no hay que perder.
Pasajero en tránsito. Uno de los ensayos con los que más me he divertido se llama La venganza de Palito. Fabián Casas especula ahí acerca de quién es el suplantador de Charly García, ese señor inflado y sedado que hoy interpreta a la perfección, aunque sin alma, las canciones del autor de Demoliendo hoteles.
La teoría que se impone, y que proviene de una espiralada charla entre amigos ("mientras pasábamos un domingo frío y lluvioso”), es que el verdadero Charly ha sido abducido por Palito Ortega y que es él, el autor de La felicidad ja, ja, ja (creo que me falta un "ja”), quien lo maneja a voluntad con la finalidad de vengarse de todos aquellos que durante años lo despreciaron por cursi y por meloso.
Al final, la especulación aterriza en una reflexión sobre la necesidad y el derecho a desaparecer de escena y hacer mutis por el foro: "porque la verdad el mundo puede prescindir de nosotros. Millones y millones de años de la gran historia humana en verdad caben en la cabeza de un alfiler”.
Un elemento central en la escritura de Casas es huir del confort, instaurar la inseguridad como principio creador, alejarse de las engañosas certezas del dominio técnico.
Ahí se encuentra la razón de su tránsito entre géneros: la poesía, la narrativa, el ensayo. "Comencé a escribir ensayos, dijo en su presentación de la Feria del Libro, porque me parecía difícil, porque me sentía inseguro de hacerlo”.
Y su libro es la evidencia de que ese tránsito no sólo corresponde a los géneros que visita, sino a su manera de encarar el mundo desde la escritura. No es casual que uno de sus ensayos se titule como la gran obra que dejó inconclusa Walter Benjamin: El libro de los pasajes. O que el título insista en una escritura "al tuntún”: sin cálculo, sin conocimiento previo.

No se trata de una escritura que se precia de superficial, sino de una que apuesta por ejercer un paso libre y fluido entre distintas fronteras. "Erigir las grandes construcciones con los más pequeños elementos, confeccionados con perfil seco y cortante, para descubrir en el análisis del pequeño momento singular el cristal del total acontecer”, dice Benjamin en el prefacio de su visionario trabajo.

Antonio Vera J.
Profesor de literatura

"Si toda escritura escenifica la linealidad del tiempo, los ensayos de Casas nos inducen a abandonar esa fatalidad a través de un recorrido concéntrico”.

Confidencial

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