Crónica

Petersen Masmith Limachi, primer alcalde indígena de Irupana

En los años 80, cuando los alcaldes eran designados por memorándum del Ministerio del Interior, Limachi fue alcalde. Era indígena y también adventista.
viernes, 1 de noviembre de 2013 · 11:03
Irupana le madrugó a la historia. Eligió a su primer alcalde indígena a comienzos de los 80, cuando esta autoridad era todavía designada por memorándum firmado por el ministro del Interior y cuando, hasta entonces, la Alcaldía era un espacio exclusivo de los vecinos del centro poblado.
Entonces, la Participación Popular no era siquiera un sueño. El país apenas acababa de retornar a la senda democrática y había sacado de su camino a las dictaduras militares. La democracia aún gateaba, mal podía tocar las puertas de las alcaldías. Sólo las ciudades capitales tenían alcaldes en serio. En el área rural la autoridad municipal era del poblado, su jurisdicción terminaba con la última casita del centro urbano.
Pero los campesinos de Irupana decidieron aprovechar la pequeña rendija democrática que se abría de esa puerta que se mantuvo herméticamente cerrada durante tantos años. No estaban dispuestos a esperar que el sistema recién llegado se afiance y comience a repartir las llaves para abrirse a la participación.
¡Claro!, la Revolución de 1952 les había dejado varias lecciones. Irupana fue una de las últimas regiones donde se impuso la Reforma Agraria. Los hacendados de la zona -"camisas blancas” de la Falange Socialista Boliviana- intentaron detener el curso de la historia a punta de bala. Tuvo que intervenir el propio Gobierno central para que se cumpla la máxima revolucionaria de que la tierra es de quien la trabaja.
Consecuente con el contexto, el congreso sindical de 1983 decidió cambiar a todo el Comité Ejecutivo de la Federación Especial Única de Trabajadores Campesinos de Irupana y hasta se dio una licencia más: elegir al nuevo alcalde del centro poblado, ese espacio que hasta entonces les fue ajeno.
Hace varios años que Petersen Masmith Limachi se había perfilado como dirigente sindical, tanto que ya estaba a cargo de la secretaría de Actas de la Federación. De forma previa había pasado por la Secretaría General de su sindicato comunal y también de su subcentral. No era casual. Redactaba muy bien, algo que siempre es muy apreciado en el campo.
Él nació en Caquiaviri, en la provincia Pacajes, del departamento de La Paz. Llegó muy joven a Irupana, como profesor de la escuela de Yuni Grande, una comunidad que se encuentra a pocos kilómetros del centro poblado. Tenía la intención de quedarse en la zona, pero no terminaba de convencerle la forma en que trabajaban los campesinos de la región.
En busca de mejores perspectivas económicas, emigró a Argentina. Allí incursionó en la agricultura, lo que le permitió conocer otras perspectivas de esta actividad. Vio que era posible incursionar en el cultivo de otros alimentos y que se lo podía hacer de forma más intensiva, para mejorar los siempre magros ingresos de los pequeños agricultores.
Con algo de plata ahorrada, pero sobre todo con muchos planes en la cabeza, retornó a Irupana. Se asentó en la población de La Plazuela y luego en la comunidad de Tablería Alta. Allí comenzó a producir tomates y papas, variando la constante yungueña de cultivar naranjas, café y coca. Sus innovaciones agrícolas y su formación en el magisterio no tardaron mucho en convertirlo en un referente dentro de su comunidad, de ahí a la dirigencia sindical sólo restaba alguna reunión…
Y así llegó aquel congreso campesino en que los agricultores de Irupana -la mayoría de ellos aymaras, quechuas y afros- decidieron elegirle en el inédito cargo de alcalde. Pero la legitimidad ganada gracias al voto campesino no significaba nada para los nuevos burócratas instalados en La Paz, quienes intentaban convertir en papel higiénico el voto resolutivo que había emanado del encuentro sindical.
Tuvo que peregrinar durante cuatro meses por las oficinas del Ministerio del Interior para conseguir el memorándum que diera visto bueno legal a su nombramiento. Pese a su discurso popular y de izquierda, los funcionarios de la Unidad Democrática y Popular se negaban a perder su potestad de nombrar a dedo a la autoridad que más conviniera a sus intereses.
Salvado el escollo legal y burocrático, la gestión no fue nada sencilla. Entonces, no existía la Ley de Participación Popular y las alcaldías vivían de sus escasos recursos propios, además de lo que podían conseguir en La Paz gracias a la muñeca partidaria. El principal ingreso de la Alcaldía de Irupana provenía del llamado "corambre”, el impuesto en cueros de ganado vacuno que pagaban los matarifes. El otro ingreso debía ser el cobrado por el servicio de agua potable, pero por las cañerías del sistema corría más aire que líquido, tanto que el recaudador pasaba por las casas indicando: "Vengo a cobrar porque no hay agua”.  
A pesar de la situación adversa, Petersen Masmith Limachi es recordado por su total dedicación al trabajo en la Alcaldía -él agarraba pico y pala para realizar los trabajos- y por la transparencia con la que manejó los escasos recursos que la Alcaldía tenía y lo poco que pudo conseguir con las gestiones realizadas en La Paz.
Quedó tan marcada su honestidad y capacidad administrativa, que cuando se creó la Corporación Agropecuaria Campesina Regional Irupana fue designado gerente financiero. No tardó mucho en ser designado gerente general de la organización económica campesina, pues estaba clara su capacidad para manejar una entidad de este tipo.
Esa pequeña organización que había nacido sin un centavo fue creciendo de a poco, gracias a la entrega de dirigentes que, de forma desinteresada, se dedicaron a tiempo completo a fortalecer la línea de exportación de café. "Cuando salí en 2000 ya era otra organización, teníamos dos camiones, una planta instalada con oficinas, galpón, prebeneficiadoras, fondo y proyectos aprobados para la gasolinera Gasolcamp, líneas de exportación para cinco a siete lotes, teníamos un buen mercado en Europa”, resume.
Petersen Masmith es de formación religiosa adventista del séptimo día. A diferencia de muchos de sus hermanos en la fe que prefieren no involucrarse en cuestiones políticas, él lo hizo con decisión y está seguro de que ése es el camino: "Una persona no está para alejarse de su vida natural, debe participar, debe ser útil para el país, útil también en la eternidad, así nos forman, útiles en el mundo y también para la eternidad”.

¡Ah! Y ¿de dónde proviene su nombre? Él es aymara, por donde se lo mire, aunque el reverso de su cédula de identidad lo ponga en duda. En estos tiempos de mestizajes en todos los rincones, no debería llamar la atención la combinación Masmith Limachi, pero llama. Sin embargo, para él no amerita mayores explicaciones: "Con ese nombre mi papá me ha criado y eso es todo”, corta. Y está en su derecho.

Guimer Zambrana
periodista

Tuvo que peregrinar durante cuatro meses por las oficinas del Ministerio del Interior para conseguir el memorándum que diera visto bueno legal a su nombramiento.

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