El último mestizo

Cállate viejo ‘e mierda

Reseña de una novela del escritor chileno Luis Seguel Vorpahl, y de paso una reflexión sobre el arte de titular los libros.
viernes, 29 de noviembre de 2013 · 21:59

Manuel Vargas
 Escritor 

 No le puse comillas ni otros distingos al título de esta columna, lo hice al intento, para despistar. Pero no es frase mía ni recogida en la calle, sino el nombre de una novela de quien ya considero mi amigo, el chileno Luis Seguel Vorpahl.

¿Qué apellidos, no, el de este autor? Después del sencillo nombre vienen esos apellidos entre sueco y alemán, pues, por un lado, debe tratarse de un navegante que se hace a la mar (segla); del otro apellido ni idea, pero dan ganas de pronunciar esa ve chica como si fuera efe… Preguntas y aclaraciones, para el próximo encuentro.
Entonces, por favor, yo no estoy queriendo insultar a nadie ni asustar burgueses, sino simplemente hablar de esa novela con la que me he divertido de principio a fin.
Y claro que el título da que hablar, pues es una muestra de nuestros tiempos nada pomposos. Por eso me fui acordando, por ejemplo, del latino Cicerón, que escribió un libro titulado La ancianidad. Como debe ser con un clásico, ¿no?
No me vienen a la memoria otros nombres de la antigüedad y salto al viejo Hemingway, quien tituló a esa belleza de composición en prosa El viejo y el mar. Limpio y sencillo como su estilo y su concepto de escritura. Cabal para un libro del siglo XX en sus inicios.
Más tarde a otro gringo se le ocurrió No es país para viejos (Cormac McCarthy), seco pero no de sangre, con su versión fílmica y todo. Y también hay un cuento de otro famoso (Gabriel García Márquez) que me gusta nombrar: Un señor muy viejo con unas alas enormes. ¿Huele a real maravilloso, no?
Casi seguro que a Luis Seguel no se le ocurrió andar tras estas pistas, pero nada raro que por lo menos su subconsciente lo traicionó, no recordando el título de su compatriota Sepúlveda, ya a finales del siglo pasado: El viejo que leía novelas de amor, título que refleja un momento del desarrollo literario latinoamericano.
Y de pronto, ya en nuestro siglo (Santiago de Chile, Mago editores, 2008), la novela que me ocupa nos da el tono del presente, para acabar con todas esas maneras de titular, como diciendo: a partir de ahora, ya basta de títulos en los que vaya la palabra viejo, y éste es mi epitafio: Cállate viejo ‘e mierda, así nomás, sin signos de admiración.
Pero por ahí también nos está diciendo Luis que los viejos son cosa seria, y que el arte este de novelar no es para noveleros de a ratos, y sí para viejos, o para quienes han podido sufrir y gozar y asimilar las experiencias de la vida pues.
Ya es hora de entrarle al asunto. La obra nos cuenta de una tal Rosalía, el personaje de una novela que está escribiendo un tal Gracio Espejo. Al tiempo que el joven Espejo vive sus experiencias amorosas, escribe una novela de las loquísimas aventuras amorosas de Lía, esta belleza de Arica, de misterioso origen y amante de altísimo vuelo que hace temblar de pasión a más de un capitalino que aparece venido del sur.
Las aventuras se cruzan y entrecruzan y, vaya…, como tantos otros ariqueños, Gracio Espejo se entusiasma y se enamora de su personaje.
Esta novela no sólo es un homenaje y un canto a esta belleza de mujer, sino también un homenaje a la misma ciudad. Es la novela de Arica, con Lía y sus tan famosas playas, el centro del mundo adonde convergen gentes de toda laya, no sólo del país, sino también de Lima y de La Paz y de Francia o Italia.  
El libro comienza con la asistencia de Gracio Espejo a un matrimonio aymara en el valle de Azapa (cerquita de Arica). Tal es la borrachera del viejo, y además rengo, Gracio Espejo, que se encuentra, se topa, en medio de la fiesta, con su personaje de ficción.
Y tal es su entusiasmo, que hace callar la música para contar a todo el mundo que por ahí anda la famosa Lía, liada en sus buenos tiempos con más de un mafioso, policía o comerciante en la otrora floreciente Arica.
¿Qué le importa esto a tanto borracho? Por eso se oye una voz clarísima que lo manda a callar… con la frase que da título a la novela. Y ahí se acaba, digo el libro. ¿O nos está diciendo el autor que a la gente, al país, a la masa le importan un pito las visiones de un loco, de un artista, de un viejo borracho?
Hablando de visiones, más de una vez uno ha visto a los muertos. Sin salir de la literatura, cuando se murió el gran borracho Víctor Hugo Viscarra, de quien fui su editor, durante semanas y meses lo seguía viendo en las calles oculto tras algún otro anónimo borracho.
Cosa parecida me pasó, me pasa, con Jesús Urzagasti, borracho de vida y no de tragos, fallecido hace medio año, y a quien todavía veo de vez en cuando por las calles de La Paz.
También, y éste es uno de los valores, para mí, de la novela American visa de Juan de Recacoechea, he visto en las calles de La Paz, hecha carne, a su hermosa puta beniana de pantalones blancos (uno de los personajes de la obra).
¿Qué raro pues, que Gracio Espejo vea a su propia creación en el gran matrimonio aymara de Azapa? Y eso no es nada, pues la noche que lo conocí, ya no al personaje, sino a su creador, Luis Seguel Vorpahl, nos aseguró que esa grande y blanca y perfecta mujer, con sus arruguitas y todo, existe y sigue caminando por las calles de Arica.

Yo no sé si, la próxima vez que viaje a Chile, le diré, tal vez no que me la presente, pero sí que me la muestre, para completar mi breve conocimiento (gracias a mis visitas y a la lectura de esta novela) de una ciudad que tan buena y cariñosa ha sido conmigo.

 "Las aventuras se cruzan y entrecruzan y, vaya…, como tantos otros ariqueños, Gracio Espejo se entusiasma y se enamora de su personaje”.

 

 


   

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