Libros

Inicios de novelas

La primera palabra que ponemos al escribir un texto condiciona el texto entero, el punto de vista e incluso determina el tono.
viernes, 29 de noviembre de 2013 · 21:45
Ricard Bellveser
 Escritor

(España)

Hace ya muchos años que vengo fijándome en cómo comienzan mis libros favoritos.
 Me trajo a esta debilidad el hispanista irlandés David Brown, quien llegó a Hispanoamérica con el propósito de curarse de una enfermedad respiratoria a lo que presuntamente le ayudaría el buen clima continental, y le tocó volverse a Europa zumbando, perseguido por la punta de las bayonetas de los fusiles de los soldados de distintas dictaduras golpistas. De esto hace ya bastantes años.
No hablo de ahora sino de un momento de mí y de su pasado. Salió vivo de milagro, tal vez porque era lo que en España llamamos un guiri, esto es un extranjero preferentemente de habla inglesa.
Él hacía como que no sabía ni palabra de español, lengua que hablaba a la perfección, de modo que ponía muchas dificultades a quien le interrogaba o le pedía explicaciones a la fuerza. Conseguía que se desesperaran y apartaran de sus mentes la sospecha de que alguien como él pudiera ser espía.
Vivió varios años en España, en ciudades cercanas al Mediterráneo, bajo el escudo de un consulado. Lograba algún dinero, poco, no se vaya nadie a equivocar, dando clases de inglés, en una tarea milagrosa porque David era tartamudo, y con los artículos de prensa que publicaba donde podía.
Tenía, si no me equivoco, dos hijas, altas como él, simpáticas como él, listas como él e imagino que tendrían también algo de su cultura, que era mucha.
Escribió muy juiciosos tratados de literatura española. Era un amante incondicional de la ginebra y del güisqui barato, que para él, fuera de Irlanda, era el mejor porque le recordaba las tabernas de su patria, a la que al parecer no regresó ni para morir.
David Brown creía que según como fueran los principios de las novelas, y de los libros en general, incluso los religiosos porque él incluía tanto el Corán como la Biblia, dependía su éxito y el recuerdo que se tiene de ellos.
Yo también lo creía, y lo sigo creyendo, porque es un hecho sabido que la primera palabra que ponemos al escribir un texto condiciona el texto entero, el punto de vista e incluso determina el tono.
Durante mucho tiempo, siglos incluso, se nos ha presentado como el principio de los principios el de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de don Miguel de Cervantes, que -como es sabido- dice:
"En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”, que, en efecto, es un inicio magnífico.
 No obstante, está por debajo de "Muchos años después, ante el pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre le llevó a conocer el hielo” de Cien años de soledad de García Márquez, que para mí es el principio perfecto, hasta el punto de que sólo estas pocas líneas ya constituyen un cuento lleno de sugerencias, interrogantes, situaciones inquietantes y mucha, pero mucha provocación.
Pero hay otros libros, novelas, que optan por principios menos retóricos y más directos. Es el caso del "Call me Ismael” (Llámame Ismael) de Mobby Dick, de Herman Melville, o "Al despertar Gregorio Samsa...” de La metamorfosis, de Kafka, o "Yo, señora, soy de Segovia”, de El buscón.
O, a medio camino entre éstas, un comienzo meditativo como el de Ana Karenina, de León Tolstoi: "Todas las familias felices se parecen unas a otras, mientras que las familias desdichadas lo son cada una a su manera”.
Me sucede también con algunos libros sagrados como es el caso de la Biblia: "Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era soledad y caos y las tinieblas cubrían el abismo”, que tiene la fuerza del buen narrador para dibujar lo tétrico, lo inquietante y lo terrible a la vez, o la basmala del Corán: "En el nombre de Dios, el clemente, el misericordioso…”, que está dotada de un peso que sobrecoge y que anuncia que lo siguiente va en serio.
Una astuta mezcla se produce en Las mil y una noches, que comienza dejándolo todo en lugar incierto: "Se cuenta -pero Dios es más sabio- que en el transcurso de lo más antiguo del tiempo…”.
Ese "se cuenta” ha sido copiado hasta el agotamiento, incluso da título a columnas de periódicos y revistas cuando la información es de dudoso rigor. De todos modos, a mí me sigue pareciendo un principio superior el de: "Érase una vez…”, utilizado en los cuentos infantiles y que con sólo tres palabras nos lleva a un tiempo inexistente y a un lugar utópico -recuérdese que eus quiere decir no y topos, lugar, el lugar que no existe…
Digo esto ahora que me acuerdo, no sé por qué hoy, tal vez porque escribo y afuera está lloviendo, del bueno de David.

Noticia

Elena, en el ojo del huracán

Si ha existido un premio inesperado, ése  ha sido el último Cervantes concedido a Elena Poniatowska. Muchos nombres se barajaron en las quinielas. Los más fuertes: el nicaragüense Sergio Ramírez, el venezolano Rafael Cadenas y el mexicano Fernando del Paso. Ni por asomo aparecía el de su paisana.
Para poner en contexto, el Cervantes es el máximo galardón al que puede aspirar quien escriba en español. No es ninguna exageración catalogarlo como el Nobel de Literatura en nuestro idioma.
Entre sus ganadores pueden contarse clásicos ya contemporáneos como Guillermo Cabrera Infante, Mario Vargas Llosa, Antonio Gamoneda, Juan Gelman, Sergio Pitol, Carlos Fuentes, Jorge Luis Borges, José Emilio Pacheco, Nicanor Parra y Octavio Paz.
A todos se les ha reconocido su trayectoria, y desde 1976 fue entregado sin polémicas ni teorías conspirativas.
En sus 37 ediciones apenas ha recaído en cuatro mujeres: María Zambrano, Dulce María Loynaz, Ana María Matute y Elena Poniatowska. Por alguna razón, el último nombre no ha dejado de incomodar desde que se dio a conocer el pasado 19 de noviembre. Hay sutilezas y contundencias para redactar esta fresca noticia.
De las primeras, podría contarse la nota que escribió Juan Diego Quesada para El País de España. Su primer párrafo relata la diferencia existente entre las reacciones de Pacheco y Poniatowska al saberse ganadores del Cervantes: mientras el primero no probó bocado de la impresión, su compatriota comió, se bañó y se perfumó como cualquier hija de vecino.
Por suerte, el mismo Pacheco despejó cualquier duda cuando firmó un artículo laudatorio sobre la ganadora. Apareció el 20 de noviembre en La Jornada de México, un periódico conocido por sus filiaciones literarias.
Otro nombre importante de las letras del país del tequila, Juan Villoro, no se guardó nada cuando celebró el premio en otra nota de El País. Ambos aplaudieron la trayectoria de su paisana, y el gran aporte que ha realizado en el ámbito periodístico y de rescate de la mujer mexicana. (Daniel Centeno)

Mensaje de Raúl Garáfulic, Presidente del directorio de Página Siete

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