Música

Mauricio Otazo, un director excepciona

Un elogio del virtuosismo del joven músico potosino que tiene a su cargo la batuta de la Orquesta Sinfónica Nacional.
viernes, 29 de noviembre de 2013 · 21:57

Pablo Mendieta Paz
 Músico 

Trátese del programa que fuera, como El cosmos y la naturaleza, o  Wagner, 200 años de dramatismo, o  Rusia Imperial II  -este último presentado hace sólo unos días-, no es ya una revelación afirmar que la Orquesta Sinfónica Nacional proyecta planos sonoros de exquisita brillantez a partir de la incisiva elegancia y gran intensidad que exterioriza su director titular, el maestro Mauricio Otazo.

En él, sin duda que el arte de la reproducción musical converge plenamente en  interpretación pura, pero no de una pureza cualquiera, sino de una muy particular que tiene que ver con su privativo concepto personal, con la propia individualidad que le confiere a la obra que ejecuta.
Ciertamente -valga el comentario-, a lo largo de la historia y evolución de la dirección de orquesta, se ha comprobado que cuando hay virtuosismo en los directores (algo innegable en Otazo) es más asequible para el público apreciar mejor las grandes creaciones.
Todo esto fue ostensible en el programa  Rusia Imperial II, donde el oyente y espectador se vio más apto que nunca para desentrañar todo el poder emotivo que emana de la atmósfera natural del poema sinfónico de Modesto Mussorgsky, Una noche en el Monte Calvo (primera obra del programa).
La nigromancia, sobrenaturalidad y tiniebla -ámbitos de penetrante colorido y vigor que encarna la portentosa música, y difíciles de apreciar en una audición ligera-, propios de esta pieza, fueron captados por el público oyente y espectador con atisbos de sorprendente comprensión, al extremo de que fue evidente que todos los presentes recogían los sonidos como si les fueran absolutamente familiares al oído.
Algo muy similar puede decirse de otro poema sinfónico del programa, En las estepas del Asia Central, de Alexander Borodin, obra rica en armonía y reforzada por una seductora y espontánea combinación de melodías rusas (el clarinete) y asiáticas (el corno inglés) que luego se oyen simultáneamente, y que Otazo supo explotar a través de movimientos firmes y también elásticos; todo ello bajo un clima sinfónico de profundo telurismo expuesto a raudales y descriptivamente por el maestro (poco faltó para que a más de uno le hubiera resultado descifrable que los pizzicati de los contrabajos representaban el trote de los caballos).   
En la dirección de Mauricio Otazo se comprueba, entonces, por los mensajes de gestos, de actitud y aliento expresivo que manifiesta, que el público va escudriñando, va desmenuzando lo que oye.
Así, su estilo se transforma en elemento activo y no meramente auditor, pues al advertir el profundo conocimiento del director, y su precisión gesticular por encima de todo, va intuyendo imágenes que cobran inusual colorido y aproximación a la trama, tal como fue posible experimentar en la Danza de los marineros, la pieza más conocida del ballet, en tres actos, La amapola roja, del compositor Reinhold Moritzovich Glière, un drama realista, cuyos personajes son hombres y mujeres del día que representan un tema en el que la amapola simboliza la libertad y el amor.
La última composición del programa  Rusia Imperial II  fue la Sinfonía Nº 5 en mi menor, Opus 64, de Piotr Ilich Tchaikovski, compuesta 11 años después de haber terminado la Cuarta Sinfonía.
Influenciado por Grieg, tal como afirmó el propio compositor luego de haber escuchado de éste su Tercera sonata para violín y piano, comienza la sinfonía con una pieza de inspiración rebosante en cualidad estética, denominada Tema del destino, y que se expone en los clarinetes, violonchelos y contrabajos y que reaparece en todos los tiempos.
Aunque esta melodía tiende poderosamente a despertar sentimentalismo y hasta sensiblería, Otazo tuvo la virtud de evitarlos, dotándole más bien de una concentración espiritual mayor y de una certera valoración de lo estrictamente esencial.
En fin, disfrutamos todos los presentes de una velada intensa, redonda, en la que se pudo comprobar la dúctil y plena sonoridad de la Orquesta Sinfónica Nacional, expuesta gracias a los méritos superiores de un director que sin movimientos exagerados, bruscos ni efectistas, consigue lo que sus gestos ponen al descubierto: cumplir la misión de dar vida real y sensible a la estructura interna de la música mediante una dirección clara.

De paso, Otazo evidencia dos principios vitales: una mano derecha que subraya el tiempo principal con sus alteraciones más delicadas, y una mano izquierda que se ocupa sutilmente de la dinámica, a recalcar o apagar, y a explicar el sentido de la parte que se ejecuta a través de emociones internas muy perceptibles, cuyo fin, visiblemente, es la proyección de imágenes sonoras que ilustran las obras que él conduce.

 "Así, su estilo se transforma en elemento activo y no meramente auditor”.

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