Matasuegra

¿Prohibir la minifalda?

El autor critica la iniciativa de un concejal paceño de poner un límite de horario a las fiestas. Sostiene que no se puede coartar las libertades.
viernes, 29 de noviembre de 2013 · 21:25

Willy Camacho
escritor

Antes de que el famoso repete de aguinaldo acaparase la atención pública, una iniciativa singular había motivado discusión en hogares y no pocos programas de medios masivos. Me refiero a la propuesta de normar el horario de las fiestas de 15 años, lanzada sin anestesia por el concejal paceño Guillermo Mendoza.

Para mi sorpresa, lejos de rechazar la idea, muchas personas se pronunciaron a favor de dicha iniciativa, quizá porque, dado el clima de inseguridad general que atraviesa la sociedad, se dejaron seducir por los fines que, según Mendoza, se lograría con la medida.
El concejal indica que si los "quinces” terminan a las nueve de la noche, los jóvenes y las señoritas que acuden a estos eventos sociales no se expondrían al peligro de ser asaltados, como actualmente ocurre (pues suelen finalizar a las tres de la madrugada). Además, dice que la idea surgió luego de que un padre falleciera en un accidente de tránsito, a las dos de la mañana, cuando el señor estaba yendo a recoger a su hija de una fiesta.
No se puede negar que la iniciativa persigue fines nobles, ni que su impulsor actúa de buena fe. Sin embargo, adolece de muchos vacíos y, sobre todo, parte de un principio erróneo. Para empezar, un accidente de tránsito, por lamentable que sea, no debería originar una norma de este tipo, ya que ninguna ley es capaz de prevenir, y menos evitar, hechos que dependen únicamente del azar.
Fuera de eso, la norma sólo apunta a las fiestas de 15 años, obviando que los jóvenes también celebran sus 14, 16 o 17 años, en casas particulares o locales públicos, con bailongos que se prolongan más allá de la medianoche. Estos vacíos son tan evidentes que me parece inconcebible que el concejal Mendoza no los hubiese tomado en cuenta, lo cual me lleva a pensar que hay intenciones ocultas detrás de su buena fe (sin que deje de ser buena).
Creo que, de aprobarse la propuesta, no pasará mucho tiempo antes de que Mendoza u otra autoridad sugiera extender la norma a cualquier fiesta de jóvenes en edad escolar, ya que sólo con regular el horario de los "quinces” no se evitaría que adolescentes en otros rangos de edad (la mayoría) siguiesen expuestos a los peligros de la noche (golpizas, asaltos, violaciones...).
Felices los padres, aplaudirían el "toque de queda”; Mendoza y compañía ganarían puntos para futuras elecciones. Y ya que la población los apoya, ¿por qué detenerse ahí? La inseguridad no afecta sólo a la juventud, es un problema que no respeta edades, entonces, ¿por qué no limitar también el horario de matrimonios, prestes y cualquier otro festejo de gente adulta?
El aplauso no sería tan efusivo pero, si las estadísticas policiales demuestran que las anteriores prohibiciones redujeron el índice de atracos nocturnos, es probable que la población acepte cambiar sus costumbres y realizar fiestas diurnas, sin mayor protesta. Al cabo de unos meses, si todo va viento en popa, no habrá muchas noticias para llenar la sección policial de los diarios.
Y para dejar definitivamente desempleados a los periodistas de crónica roja faltará una última medida: prohibir el funcionamiento de bares, discotecas, karaokes, etcétera, pasadas las diez de la noche (de hecho, las autoridades ediles del municipio de La Paz aplican una prohibición más drástica en Semana Santa, y nadie se jala los cabellos por eso). Sea por convicción o envidia, es probable que la ciudadanía dé luz verde a la propuesta, convirtiendo a nuestra urbe en la de menor índice de criminalidad nocturna del mundo.
Claro que, como muchos lectores habrán observado, mi maliciosa especulación no considera que, al verse sin "clientela”, es casi seguro que los delincuentes también optarían por cambiar sus hábitos y comenzarían a "trabajar” en horario de oficina. No desarrollo esta posibilidad porque prefiero mantenerme en la línea optimista y cándida del concejal Mendoza.
Como dije, su iniciativa presenta vacíos que, especulaciones aparte, necesariamente deberán ser llenados con el paso del tiempo, todo con el noble fin de evitar que ciudadanos y ciudadanas se expongan a ser víctimas de los maleantes que, amparados en la oscuridad de la noche, cometen crímenes cada vez más violentos.
Aquí radica el error fundamental de la propuesta planteada por Guillermo Mendoza: pretende combatir la inseguridad limitando la libertad de las víctimas potenciales, sin afectar en nada a los verdaderos culpables del problema. En otras palabras, transfiere a la víctima la responsabilidad del hecho delictivo (si te asaltan es porque estás en la calle a horas "indebidas”).
Quizá está interpretando mal una hipótesis que sí es válida para otras actividades criminales, como el narcotráfico, por ejemplo. Esta hipótesis plantea que, en lugar de combatir a los traficantes, se debe combatir el consumo, ya que al reducir la demanda se desincentivaría la producción y comercio de drogas ilegales. Obviamente, sólo se trata de aplicar un principio económico.
Mendoza propone algo similar: en vez de combatir a los asaltantes y violadores se debe evitar que éstos tengan gente a quien asaltar y violar. Pero la teoría económica no es aplicable en este caso, porque dichos crímenes no son hechos económicos, son meros delitos. El narcotráfico, siguiendo con el ejemplo, sí es un hecho económico (y también delictivo, claro está), se ajusta a las leyes de oferta y demanda. Una mujer puede hacerse casera de un traficante, pero jamás se haría casera de un violador.

Pese a la buena intención del concejal Mendoza, y el aparente apoyo de la población a su propuesta, la seguridad ciudadana no debe basarse en normas que limiten las libertades individuales, sino en leyes y acciones que ataquen directa y específicamente la criminalidad. Si se insiste en lo contrario no faltará -en una sociedad tan machista como la nuestra- alguien que proponga -bajo la misma lógica y por el bien de las mujeres- prohibir el uso de minifaldas, con el noble objetivo de no tentar a los violadores.

Guillermo Mendoza pretende combatir la inseguridad limitando la libertad de las víctimas potenciales, sin afectar en nada a los verdaderos culpables del problema.

Confidencial

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