Semblanza

Ricardo Fort, la vida en una burbuja

La sorpresiva muerte de una de las más controvertidas figuras de la televisión argentina motiva un análisis.
viernes, 29 de noviembre de 2013 · 21:23

Isabel Mercado,
periodista 

Ricardo vivió en una burbuja. En realidad, él mismo fue una burbuja. Aire, aire, solamente aire.

El cuerpo de Ricardo Fort nació en la tierra, pero cobró vida en los medios, creció a través de ellos, de sus ondas, de la nada.
Heredero de una de las mayores fortunas de su país natal, Argentina (la de los chocolates Belfort, que pasó desde su abuelo a sus padres), Fort nunca se sintió cómodo en el cuerpo y el destino que le impusieron el linaje y la riqueza. Apenas pudo escapar de la rigidez de ese camino que le tenía predestinado un aburrido puesto en la corporación familiar, se largó a EEUU, donde empezó a fabricar el ser en el que quería convertirse.
En realidad, su vida fue exactamente eso: el camino trazado por él mismo para alcanzar la fama, esa entelequia que él emparentó con la notoriedad, la extravagancia, el escándalo o cualquier cosa que pudiera llamar la atención, concentrarla, atesorarla, disfrutarla...
No sabía cantar, ni bailar, ni nada. Su padre se lo dijo cuando advirtió sus primeros delirios. Por eso, también lo odió hasta la muerte. "Ahora que él ya no está puedo ser quien soy”, le comentó a los medios, a su escenario, cuando éste falleció. Había acabado la única cadena que lo ató al mundo real.
Fort no fue ni amado ni odiado. Fue sobre todo observado. Y ese propósito -el único en el que tuvo éxito- le costó los mayores sacrificios. Se construyó una imagen (mil veces cambiada y trastocada), una voz (altisonante las más de las veces) y un espacio (los medios), y se vio obligado a alimentarlos insaciablemente.  No fue sencillo: más de una treintena de cirugías plásticas lograron el cuerpo y rostro multiforme que llegó a tener; un par de hijos sin origen (con un vientre anónimo de alquiler y una vida en la pantalla) le dieron imagen de familia e innumerables escándalos, romances y peleas le aseguraron, por algún tiempo, la mirada de la gente.
Contó para ello con ciertas complicidades, imposible sin ellas. La televisión de su país no sólo fue su meta, sino el hogar que no tuvo en otra parte: unas cuantas presentaciones histriónicas y el padre del show argentino, Marcelo Tinelli, le otorgó la visa para acariciar su sueño. Como miembro del jurado de Show Match, en 2009, pudo finalmente tener la posibilidad de representar su rol. Allí expuso su estrafalaria anatomía, presentó a sus ocasionales amantes, ostentó su dinero y sus objetos y habló, habló y habló.
Habló de sus padres, habló de sí mismo, habló de sus amores y desamores, los hizo nacer y morir... Todo frente a las cámaras... Cada paso que daba lo hacía para este circo que lo nutría, le daba aliento. Pero esta fama, su piedra filosofal, se le fue escapando de las manos; se fue eclipsando, tanto y tan abruptamente, que sólo el dolor y la enfermedad le devolvieron la palestra.
Reportó sus males, sus intervenciones, sus enfermedades e incluso, días antes de fallecer en un sanatorio de Buenos Aires por un paro respiratorio, habló de su muerte: anunció que moriría joven y comentó cómo le gustaría que fueran sus exequias. Es más, grabó un mensaje para los medios (para la nada) en el que agradecía a "quienes me siguen” (a la nada) "por esta allí” (en la nada).
Se fue Ricardo Fort, con 45 años recién cumplidos. Se diluyó su burbuja, la burbuja mediática. Fueron pocos años para un mundo que, cada día más, se cree eterno, pero mucho, quizá demasiado, para quien carga consigo la pesada tarea de trascender en un escenario que ya no se conforma con el alimento diario de la noticia y precisa devorar historias, vidas y personas.
Difícil el epitafio para quien estuvo, pero no fue.

Confidencial

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