La errancia de la Generación Beat, en estado puro

En el camino con Kerouac

Se acaba de reeditar Viajero solitario, un libro que reúne siete alucinantes crónicas y un ensayo melancólico del mítico autor.
jueves, 19 de diciembre de 2013 · 22:16

Nicolás G. Recoaro
Periodista y escritor 

"Semblanzas frenéticas de la agitada vida cultural de los beatniks en las dos costas del país”.

Todo relato es un relato de viaje. Esta aseveración rotunda del historiador y filósofo jesuita Michel De Certeau podría acercarse al paroxismo cuando uno se sumerge en la obra de Jack Kerouac.

Desde el nomadismo iniciático de la biblia beat En el camino hasta el desencanto rutero de su novela Big Sur, pasando por la iluminación en la montaña de Los vagabundos del Dharma, la deriva mexicana de los poemas de Mexico City Blues, hasta las frenéticas jam session urbanas de Los subterráneos, los libros de Kerouac están empapados de esa retórica caminante que alumbra milagrosas geografías literarias.
La reciente publicación en Argentina del volumen Viajero solitario (Caja Negra Editora), luego de una edición de Losada en los años 60, recupera siete artículos y un ensayo en los cuales Kerouac, miembro de la santísima trinidad de la Generación Beat junto a Burroughs y Ginsberg -y también al espíritu non sancto de Neal Cassady- da cuenta de la incontrolable pulsión nómade que regía su vida  y, por supuesto, también su obra.
"Las relaciones entre vida y literatura -reflexiona el periodista y encargado de la traducción, Pablo Gianera, desde la contratapa del libro- alcanzan en Kerouac un colmo: parece interesarle la aventura, pero le importa sólo en la medida en que puede ser escrita”.
"El único acontecimiento genuino de sus libros -continúa- es la lengua, y pocas veces alcanzó esa lengua una realización más radiante que en Viajero solitario, condensación veloz de la experiencia de sus novelas, versión cruda de la autobiografía que leemos, enmascarada, en sus ficciones”.
Escribir lo que se vive. Ir a la vida para volver y escribirla. Con su mochila al hombro, Kerouac se va a la ruta para intentar encontrar una nueva forma de hacer literatura, una nueva manera de narrar la experiencia. En el camino.  

Homo viator
"El trabajo del ferrocarril, el de marino, el misticismo, el trabajo de la montaña, la lascivia, el egocentrismo, la autocomplacencia, las corridas de toros, las drogas, las iglesias, los museos, las calles de las ciudades, el conjunto de una vida vivida por un libertino sin dinero, independiente y educado, que va a cualquier parte. Su fin y su propósito es sencillamente poesía, o descripción natural”.
Así, en pocas líneas de acelerada prosa espontánea, Kerouac define, en la introducción, a los ocho artículos que integran Viajero solitario. Un peregrinaje errático por la corteza del mundo, con visiones infinitas de América, Europa y el norte de África, pero a la vez un viaje al interior del propio narrador.
En crónicas como Los muelles de la noche desamparada, Escenas de Nueva York y Pinches de la cocina de mar, Kerouac describe (con la intensidad de un cross a la mandíbula, y con un tempo preciso) la experiencia de estar perdido en la decadencia del imperio norteamericano:
"Ah, América, tan colosal, tan triste, tan oscura, eres como las hojas de un verano seco que crujen antes de que termine agosto, estás desahuciada, cualquiera que te mira sabe que no te queda más que esa desesperación mustia, lóbrega, la certidumbre de la muerte eminente, los sufrimientos de esta vida, las luces de Navidad no van a salvarte ni salvarán a nadie”.
Semblanzas frenéticas de la agitada vida cultural de los beatniks en las dos costas del país: los boliches de Greenwich Village, el Half Note, el Village Vanguard ("donde la atmósfera comercial está matando al jazz”); borracheras eternas, juckeboxes pintados con mujeres hawaianas, jam sessions y comilonas plagadas de hot dogs que cuestan centavos (la mayoría de los beatniks andan sin un cobre) mientras miran en la televisión del bar algún programa especial sobre Doris Day y sus vacaciones en el Caribe.
También durante sus derivas urbanas, el cronista Kerouac esboza estrategias de fuga para evitar tranzar con la cultura oficial: "No nos hace falta andar dando la mano como diplomáticos, no necesitamos citas de ningún tipo y nos sentimos muy bien. Damos vueltas por las calles como chicos. Vamos a las fiestas, contamos lo que hicimos y la gente cree que es pura jactancia. Dicen: "¡Los beatniks, los beatniks...!”.
Gilles Deleuze y Félix Guattari decían que Kerouac salió a la ruta en la búsqueda de "una identidad nacional e incluso de una ascendencia o genealogía de sus antepasados”. Viajes físicos que tienen itinerarios paralelos, con mapas que se superponen y se mezclan.
De San Francisco hasta el Estrecho de Gibraltar, pasando por  el Zoco Grande en Tánger, el Louvre parisino o la Buckingham Palace Road británica ("París es una mujer, pero Londres es un hombre independiente que fuma pipa en un pub”).
El viaje religioso, con peregrinajes elevados con marihuana por las iglesias del DF mexicano y la iluminación budista en el monte Baker. Pero también el viaje como metáfora de aprendizaje, en sus aventuras ferroviarias o las tormentas que soporta estoico en alta mar.
Y, por supuesto, el viaje literario. "Siempre entendí que la escritura era mi deber en la tierra -se confiesa Kerouac-. También la prédica de la bondad universal, que los críticos histéricos no supieron advertir bajo la frenética actividad de mis novelas sobre la generación beat. No soy realmente un beat sino un solitario, lunático y extraño místico católico”.

De crotos, linyeras y otros trashumantes  
En el último de los artículos, titulado La extinción del vagabundo americano, Kerouac ensaya un canto nostálgico acerca de toda una legendaria subcultura trashumante americana ("Hermanos sin techo”) que comienza a extinguirse por la persecución estatal para la década del 60: trotamundos que se dedicaban a recorrer libremente las rutas y vías del planeta, con sus bolsas de dormir al hombro.
Kerouac escribió estas últimas líneas de fuga melancólicas en la casa de su madre, cuando el alcoholismo ya lo había transformado a él mismo en un simple sedentario: "Es probable que enormes y siniestros autos de policía (modelos 1960 con faros hostiles) descubran al vagabundo en su evasión idealista a la libertad y las montañas del silencio sagrado y de la sagrada privacidad. No hay nada más noble que sobreponerse a las incomodidades, como las serpientes y el polvo, para preservar la libertad absoluta”.

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