El sobaco de la víbora

Un doctor del teatro

jueves, 19 de diciembre de 2013 · 22:02
Machi Mirón
Hace poco más de una semana, en el espacio Patiño se realizó un homenaje para conmemorar los cuarenta años de trabajo del actor David Mondacca, ese hombre al que hoy podríamos considerar uno de los más sólidos referentes del teatro nacional contemporáneo.

No eran pocos los reconocimientos que el actor recibió esa jornada. Desde la presencia de figuras que también llevan décadas transitando escenarios, hasta el reconocimiento del Ministerio de Culturas y la presentación del DVD  Profesión, actor, que sintetiza la carrera desarrollada por este ser que decidió apostar su vida por el escenario.                                           

Al hacer un recuento de su carrera, sentí como que David destacaba más que los lauros recogidos en su andar como actor el hecho de que, al renovar su cédula de identidad, una funcionaria de Identificación incluyera por decisión propia su condición de Actor, allí donde siempre había figurado que era "empleado” de profesión.                   

De esa aspiración yo supe muchos años antes. David me contaba sus afanes porque su cédula de identidad certifique su condición de actor, por lo que al tener que renovar su carnet iba cargado de cientos de comentarios críticos, de su participación en festivales internacionales, medallas y trofeos recibidos, etc., etc.           

Durante la primera charla que sostuvimos –él era un muchacho de 23 años– me había expresado su decisión de dedicar su vida al Teatro;  yo lo miraba azorado, mientras me preguntaba para mis adentros: "Pero, ¿de qué pensará vivir este loco?”. Eran épocas que la pregunta de rigor a quien afirmara ser actor era: "Bueno, pero en qué trabajas”.      

Aquel concepto que desde joven enarboló David, se fue fortaleciendo a través de sus cada vez más numerosos discípulos en la Universidad Católica, idea que se consolidó a través de la generación de actores que emergió en la década   de los años 90. Pero hubo otros cambios que el trabajo de Mondacca imprimió a nuestros conceptos sobre el Arte.                                         

Jaime Saenz era una deidad de la literatura nacional que sus discípulos guardaban en una campana de cristal con riguroso celo. Allí no tenían acceso quienes se acercaran a la literatura eventualmente, hasta que David decidió mostrar algo de aquella obra en  No le digas, una puesta en escena que se erigió en un referente de nuestro teatro.

David difundió la obra del maestro a través de otras puestas como La piedra imán o Los cuartos, que atesoran la esencia de vida de los paceños. Pero son muchos más los cambios que impulsó con el amor por su trabajo, tantos que hasta funcionarios de Identificación hoy creen que se puede considerar al Teatro como una profesión.

David me contaba sus afanes porque su cédula de identidad certifique su condición de actor

Confidencial

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