Ojo de Vid

Las inclemencias del olvido

Un poco de historia -y un poco de polémica- para reivindicar la importancia de Antonio José de Sucre.
jueves, 19 de diciembre de 2013 · 22:19

Ramón Rocha Monroy
(El Ojo de Vidrio) / Escritor 

"De todas maneras, triste suerte de Sucre que hayamos olvidado por completo la trascendencia de la batalla de Ayacucho”.

El 9 de diciembre, a casi 200 años de la batalla de Ayacucho, el día pasó sin novedad ni homenajes. La batalla que liquidó el yugo español pasó desapercibida. Sin embargo, el 9 de diciembre de 1825 el Libertador se hallaba en Bolivia como Presidente de la naciente República, y ordenó que se festejara el primer aniversario de la Batalla de Ayacucho con mayor pompa que el propio 6 de agosto.

Así se hizo y hay una crónica detallada del banquete, el desfile y los actos que se realizaron en presencia del Mariscal Antonio José de Sucre. Aún más: Bolívar ordenó que todos los años se conmemorara el 9 de diciembre con la misma solemnidad que aquella vez. ¿Qué ocurrió que hoy la fecha pasa sumergida en el olvido?
Esta es la historia de una enemistad entre Sucre y Santa Cruz, ambos mariscales, pero ¿con los mismos méritos militares? Veamos.
Ocurrió que en junio de 1830 Sucre fue asesinado en la provincia de Pasto, en Berruecos,  cuando se dirigía a Ecuador y su presencia era peligrosa para los intereses separatistas de esa parte de la Gran Colombia.
Por entonces era presidente de Bolivia Andrés de Santa Cruz y lo curioso es que no decretó duelo nacional, pues no hay disposición alguna en ese sentido. En cambio, seis meses después, a la muerte de Bolívar, hubo homenajes en el último cantón de nuestro territorio por orden de Santa Cruz.
La explicación está en que Santa Cruz tenía serias diferencias con Sucre desde Pichincha, pues en la víspera de la batalla que dio libertad al reino de Quito, Santa Cruz anunció que se retiraba con sus tropas por órdenes del Presidente peruano Riva Agüero, y Sucre tuvo que llamarlo bajo banderas para que no lo dejara desguarnecido llevándose un ejército.
Más tarde, el ánimo de Perú, donde actuaba Santa Cruz, obró para que Sucre no participara en la batalla de Junín. Bolívar le encomendó que se fuera a la retaguardia a recoger heridos, desertores y parque, una afrenta para nada menos que el jefe de Estado Mayor del Ejército Libertador.
¿Cómo el segundo de dicho ejército podía ocuparse de cosas que normalmente se encomienda a un sargento? Sucre no participó en Junín y se quejó con acritud por la humillación a la cual lo sometía Bolívar quien, como buen político, era un quedabién, y le importaba tener buenas relaciones con los peruanos.
Acaso por esto, Bolívar le encomendó a Sucre encabezar el Ejército Libertador en Ayacucho, pero pasaban meses y no llegaba la orden de ataque, mientras Sucre era un atado de nervios, porque su pequeño ejército era bueno para la guerra de maniobras pero de ningún modo para la guerra de posiciones a la cual lo sometía el ejército realista.
Por fin Sucre le dio un ultimátum a Bolívar: si no llegaba la orden de ataque hasta el 9 de diciembre, él igual atacaría. No recuerdo si llegó dicha orden, pero Sucre atacó y en un terreno poco propicio para su caballería, a tal punto que el general Córdoba, héroe de la jornada, mató a su caballo y se fue a pie cuesta arriba encabezando a su tropa de caballería.
Ayacucho fue una victoria completa, pues cayó derrotado el Virrey Laserna y los generales Canterac y Valdés, los más calificados del ejército realista.
Poco antes, en 1823, Bolívar le había instruido a Sucre que continuara la campaña hacia el sur. Entonces Sucre se dirigió a Lima y en la misma semana Santa Cruz se despidió con tres ejércitos que sumaban más de 5.000 hombres precisamente hacia el sur, dejando al mariscal colgado de la brocha.
No sólo eso, sino que cerca de Arequipa Santa Cruz se enfrentó al ejército realista en Zepita en lo que fue sólo una escaramuza, pero en lugar de perseguir al enemigo hasta derrotarlo, dejó que escapara con todo, parque y armas.
El grado de Mariscal de Zepita se lo dio el Congreso peruano, no así la República de Bolivia, que todavía no había sido fundada, y se lo dio junto a Agustín Gamarra, los dos dudosos ganadores de la batalla de Zepita, todo quizás por cuestiones políticas.
Sucre se quejaba a Bolívar, a Santander y enviaba cartas a todas partes denunciando la inconducta militar de Santa Cruz, que se reservaba una inconducta más, pues frente a Oruro, cuando iban a unirse los ejércitos de Canterac y Valdés, inexplicablemente dejó que se reunieran y esa noche perdió a toda su tropa que desertó y lo dejó con 400 hombres.
Sucre tuvo que bajar a Puno para protegerlo y evitar que cayera preso, y todo con superioridad numérica de sus hombres, pues incluso el Tambor Vargas cuenta este suceso y habla pestes contra Santa Cruz, porque había bajado de la guerrilla de Ayopaya con 700 hombres de refuerzo y tuvo que ser testigo de la inexplicable inercia de Santa Cruz, que no dio combate al enemigo.
Si lo hacía y salía vencedor, la independencia de Bolivia se hubiera adelantado quizá en dos años, pero no lo hizo.
Testimonios de la defección de Santa Cruz hay abundantes en las cartas de Sucre, pero, por si alguien dudara, coinciden con lo expresado por el Tambor Vargas en su diario, cuyo trasunto está en mi novela La sombra del Tambor.
Bolívar sentía cariño por Santa Cruz. Incluso Sucre convino en que el mejor sucesor de su mandato era Santa Cruz, pero éste no le correspondió en sus afectos.
Lo curioso es que, en defensa de la Confederación Perú Boliviana, Santa Cruz dejó en libertad al ejército chileno con armas y parque para ser derrotado más tarde en la batalla de Yungay. Esa fue su conducta militar desde 1820, cuando cayó prisionero del Moto Méndez en la Batalla de La Tablada y se pasó al bando patriota.
Su historia militar está llena de evasiones, pues era muy poco dado a enfrentar al enemigo y, en cambio, como político, un restaurador del orden colonial.
En fin. El excanciller Juan Ignacio Siles del Valle comenta mis apuntes en las redes sociales con estas palabras: "Es una visión parcial de Santa Cruz. Antes que como militar, hay que valorarlo como estadista. Más que Bolívar o Sucre, fue él en realidad el verdadero creador del Estado boliviano”.
Quizá sea cierto, pues ¿qué somos nosotros, pinches pigmeos, para juzgar a semejantes hombres y todavía con la lógica de hoy? Quizá Santa Cruz hizo una lectura de la correlación de fuerzas de su tiempo y vio que Bolivia era una sociedad pacata, clerical y colonial, que renegó del legado liberal de Sucre y repuso nomás el tributo indigenal, firmó el Concordato con el Vaticano y construyó la nueva República (o restituyó el viejo orden colonial).
De todas maneras, triste suerte de Sucre que hayamos olvidado por completo la trascendencia de la batalla de Ayacucho. Estos y otros detalles figuran en mi novela ¡Qué solos se quedan los muertos!, la biografía más completa de Antonio José, de la cual tengo dos cajones y vendo a 100 bolivianos sin esperanzas de que alguien me compre ni siquiera con el doble aguinaldo.

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