El Club del Cuervo

Una fotografía

Reseña de una de las obras clásicas de la escritora francesa Marguerite Duras.
viernes, 27 de diciembre de 2013 · 22:17

Cristina Pérez

"Un estilo de escritura que rompió en los años 50 y 60 la tradición balzacienne en la que la intriga no es lineal ni la coherencia psicológica de los personajes está asegurada”.

Leí en un libro de 2011 una cita de Marguerite Duras: "… Nunca he amado, creyendo amar, nunca he hecho nada salvo esperar delante de la puerta cerrada”.
Inmediatamente busqué entre mis clásicos El amante, de la escritora francesa. Volver a los clásicos es algo intenso. En esta segunda lectura, más que centrarme en la temática de una relación prohibida entre una joven de 15 años y un hombre adinerado de origen chino, de 26 años, presté más atención en la técnica.
Marguerite Donnadieu o Marguerite Duras recurre a su memoria fragmentada por el paso del tiempo y deformada por el alcoholismo para relatar pasajes de su vida, en un estilo muy personal que será inscrito en el nouveau roman.
Un estilo de escritura que rompió en los años 50 y 60 la tradición balzacienne en la que la intriga no es lineal ni la coherencia psicológica de los personajes está asegurada.
Marguerite Duras va y viene en el tiempo, pasa de primera a tercera persona para acercarse y tomar distancia en algunos eventos, escribe frases casi telegráficas que pueden contener hasta una sola palabra, se reconoce y se fascina de ella misma en imágenes pasadas.
Lo conmovedor es cómo puede describir momentos que parecen ser capturados por una cámara fotográfica y en efecto debieron ser fotografiados por su relevancia pero sólo fueron inmortalizados en su memoria:
"Debió de ser en el transcurso de ese viaje cuando la imagen se desató y alcanzó su punto álgido. Pudo haber existido, pudo haberse hecho fotografía, como otra, en otra parte, en otras circunstancias. Pero no existe”.
Duras logra implantarnos en nuestra mente aquella imagen al recordar con detalle las vestimentas, las nuevas sensaciones, cómo ella "se encuentra sin sentimientos definidos, sin odio, también sin repugnancia, sin duda se trata ya del deseo. Lo ignora”.
Esa mañana que la joven de 15 años, la adolescente…, esa mañana en que Marguerite subió al transbordador en el río Mekong, en algún lugar entre Vinhlong y Sadec "en la gran planicie de barro y de arroz del sur de la Cochinchina, la de los Pájaros”.
Esa mañana debió quedar registrada, esa mañana en que aquella joven ataviada con un vestido de seda natural casi transparente de su madre, ajustado con un cinturón de sus hermanos y en la cabeza un sombrero de fieltro de hombre, ofrecía una imagen contradictoria y deseable.
Duras entremezcla aquella imagen con pasajes de su vida familiar, sumida en la pobreza extrema tras la muerte de su padre en la indochina francesa, el desafecto de su madre, la relación tóxica con su hermano mayor y el amor desmedido por su frágil hermano menor.
Todo gira alrededor de esa imagen en el transbordador que se desliza en algún lugar entre Vinhlong y Sadec. Para Duras sólo habría podido hacerse una fotografía si se hubiera podido presentir la importancia de ese suceso en su vida.
¿Cuántos momentos recordamos de esa manera, recreando las sensaciones vividas, cuántas imágenes seccionadas en nuestra memoria que repasamos una y otra vez en nuestra mente debieron ser fotografiadas y no lo fueron?

 

 


   

60
1

Comentarios

Otras Noticias