Ensayo

Cultura, vocación y compromiso

El autor plantea una reflexión acerca de la no siempre bien vista relación del arte y la literatura con el compromiso político y social.
viernes, 06 de diciembre de 2013 · 21:24

Víctor Montoya
 Escritor 

 "Pareciera que los grandes ideales de la humanidad, como son la libertad, la justicia social y la democracia, han sufrido una derrota transitoria”.

Si consideramos que existe una interrelación entre cultura y sociedad, es lógico que las manifestaciones culturales estén al alcance de las mayorías; entonces, si las instituciones del Estado no cumplen con su deber de subvencionar la cultura, se corre el riesgo de que ésta se comercialice y se convierta en un privilegio de minorías.

En ese sentido tanto los "trabajadores de la cultura”  como los consumidores  no quieren que el arte sea un privilegio reservado para unos pocos,  y exigen que el acceso a las obras de arte  sea considerado como un derecho al igual que el acceso a la educación, la salud y el trabajo.
Sin embargo, hay quienes afirman que las instituciones del Estado no tienen por qué subvencionar el arte. Incluso hay quienes tienen la osadía de considerar a los "trabajadores de la cultura” como a un grupúsculo de soñadores sin causa, sin tomar en cuenta que el artista, como cualquier otro ciudadano, aporta con su granito de arena a la gran pirámide cultural, intentando mantener con vida a la historia, el idioma y las costumbres de la colectividad.
Los arquitectos de la palabra, por ejemplo, que han imaginado y calculado el arco de los puentes cada vez más imprescindibles entre el producto intelectual y su destinatario, están dispuestos a construir esos puentes en la realidad, para que la literatura llegue allí donde debe llegar, y no se convierta en un privilegio reservado sólo para las minorías.

Compromiso social
Así creen obras intimistas, ligadas a las emociones del alma y las experiencias de la vida, no por ello los escritores comprometidos dejan de denunciar las injusticias.
Si no lo hacen en forma de poesía, trocando sus versos en gritos de protesta y denuncia, lo hacen en forma de manifiestos o cartas exclamativas. Su pluma, como su talento, se convierte en una poderosa arma contra los sistemas de poder.
No es casual que en épocas de represión y censura  sean varios los escritores que crean una literatura de denuncia social, reflejando sin disimulos la situación auténtica de las clases marginadas, así como la insolidaridad e insensibilidad de las clases dominantes.
No es casual que en los países asolados por regímenes totalitarios se hayan creado grupos de escritores que, asumiendo su responsabilidad de defensores de la memoria colectiva, defendieron incondicionalmente los sistemas democráticos como la vía más factible para el desarrollo socioeconómico, la seguridad ciudadana y el libre ejercicio de la libertad de expresión y creación artística.
En Sudamérica, los escritores comprometidos se enfrentaron con la pluma y la palabra a las dictaduras militares que transformaron sus países en campos de concentración, donde los alaridos de la tortura se confundían con los gritos de la oratoria.
Así, a pesar del pánico y el terror sembrado por las fuerzas represivas, los escritores presos y perseguidos no dejaron de testimoniar los acontecimientos de su época, conscientes de que la literatura prohibida y censurada es también una fuerza oculta, que aun estando en las catacumbas se parece a la semilla que un día brota a la superficie para dar flores y frutos.
Si bien es cierto que la literatura social no puede transformar por sí sola un sistema político a través de la denuncia, es también cierto que la literatura ayuda a adquirir un compromiso político e intenta conseguir que las gentes sencillas sean conscientes de la opresión; un intento que no siempre es rescatado por quienes están acostumbrados a fijarse más en la forma que en el contenido de la obra.

Comercialismo y alienación
Vivimos en una época en la que la moda o el estilo de vida son considerados prioridades; vivimos, asimismo, en una cultura de evasión de la realidad a través de la ciencia-ficción, y de la llamada "realidad virtual”, que hace que los jóvenes piensen más en la ropa de marca que en el arte, y que las muchachas inviertan más dinero en píldoras mágicas para adelgazar que en obras literarias.
En tales condiciones, pareciera que los grandes ideales de la humanidad, como son la libertad, la justicia social y la democracia, han sufrido una derrota transitoria ante la tiranía del mercado impuesto por el sistema capitalista, cuya política económica, insensata y sin escrúpulos, ha condenado a la desesperación y la miseria a millones de seres humanos.
A la masiva propaganda de alienación desatada por los poderes de dominación, se suma la crítica de quienes desmerecen todo el valor que encierran las obras del llamado "realismo social”, cuya principal función, además de reflejar la realidad concreta de los desposeídos, es denunciar las injusticias.
Afortunadamente, los valores éticos y estéticos de las grandes mayorías no siempre coinciden con la opinión subjetiva de los "críticos”. La prueba está en que cuando se le pregunta al lector común quién fue el Premio Nobel de Literatura en 1965, generalmente no sabe qué contestar, o bien porque no se acuerda el nombre del autor laureado o, simple y llanamente, porque no le interesa.
Pero cuando al mismo lector se le habla de literatura es muy probable que mencione las obras de los autores de su preferencia, de esos que, a espaldas de las campañas publicitarias y las empresas editoriales, jamás fueron premiados ni mencionados por los académicos.
Todo esto equivale a decir que no siempre la denominada "buena literatura” es buena para todos; al contrario, existen obras y autores que, aunque ignorados por la crítica, gozan del beneplácito de los lectores, ya que en la literatura, como en el arte en general, nadie ha escrito sobre gustos.

Aprendizaje y vocación
La mayoría de los iniciados en el arte de la palabra escrita expresa sus ideas bajo la sombra de otros escritores y su textos están repletos de citas y datos bibliográficos, con los cuales son capaces de crear un clima de encendida polémica; más todavía, tienen a su favor los conocimientos y la virtud de saber defender sus obras contra viento y marea.
Me refiero a esos escritores de fuste que no sólo se diferencian de los autores dados al espectáculo público y las cofradías de salón, sino también de aquéllos que, acostumbrados a festejar sus efímeros triunfos entre bombos y platillos, escriben más por asumir una pose de intelectuales que por una verdadera convicción y vocación.
En la literatura, como en las demás manifestaciones culturales y artísticas, existen individuos dignos de admiración y respeto; primero, porque saben estructurar sus obras con capacidad magistral; y, segundo, porque aprendieron a vivir entregados apasionadamente a su arte, sin que por esto pierdan su sensibilidad humana ni su compromiso social.
Por lo demás, la actividad literaria es un largo proceso de aprendizaje que, como en cualquier otra profesión, requiere dedicación, disciplina y seriedad, al menos si se abriga la esperanza de crear alguna vez una obra que deje perplejos a los "críticos” y complacidos a los lectores.

Valorar noticia

Comentarios