Crónica

Fiebre en las gradas

Prestándose el título de un libro de Nick Hornby, el autor se despacha un apasionado relato futbolero que viaja de canchas alemanas a bolivianas.
viernes, 6 de diciembre de 2013 · 21:25

 Christian Vera
 Escritor 

 "Desde siempre me encanta ir a la cancha, allá donde vaya. Siento mariposas y taparakus eléctricos en todo el cuerpo cuando camino rumbo a algún estadio”.

El martes 26 de noviembre vi en Dortmund, en el estadio Signal Induna Park, al Borussia Dortmund frente al Napoli, un partido maravilloso en el marco de la Champions League.

Desde siempre me encanta ir a la cancha, allá donde vaya. Siento mariposas y taparakus eléctricos en todo el cuerpo cuando camino rumbo a algún estadio (sobre todo al majestuoso Hernando Siles), y no pierdo el asombro frente al importante hecho de ponerse la camiseta de tu equipo, que es un acto simbólico muy fuerte del que ni el doctor Lacan nos ayudaría a encontrar la dimensión de su sentido.
Una vez arribé a Trinidad al mediodía y convencí a mis compañeros de trabajo para visitar el Yoyo Zambrano a las cuatro de la tarde a más o menos 30 grados centígrados, y con una altísima humedad.
Jugaban Real Mamoré de Beni contra San José de Oruro. Para combatir el calor tomamos litros y litros de cerveza tropical en un bar cercano al Yoyo, y así endulzamos tanto nuestra sangre que literalmente fuimos devorados por mosquitos de todo tipo.
Del partido recuerdo poco, pero cada vez que observo mis piernas y brazos veo las cicatrices que me quedaron de aquella jornada caliente. Y es que visitar una cancha es un ritual maravilloso, donde se puede observar al mismo tiempo lo mejor y lo peor de una comunidad desatada por el fútbol.
A principios de los 90, cuando jugaba el mago Sergio Oscar  Luna en el Tigre, mi The Strongest, fuimos con amigos a Oruro a verlo frente a San José. El juego fue muy intenso, difícil, trabado, violento y al final el Tigre salió ganando.
Eran los brotes de mi adolescencia y el papá de un amigo nos dejaba tomar ponches calientes y con singani para calentarnos y arder alentando al Tigre.
Al salir de la cancha, de forma muy discreta nos subimos a los buses que nos esperaban cerca del estadio Jesús Bermúdez. Los barras, en los 90 todavía, viajaban con su familia, padres, abuelos, hasta hijos.
Uno que otro vociferaba un: ¡Tigre!, ¡Tigre! Y los más nos subíamos a los buses "calladitos nomás”, como anticipando una arremetida de la barra santa. Ya saliendo de Oruro, casi en la carretera, salieron de la tierra como quirquinchos los temibles hinchas santos.
Arrojaron cientos de piedras a todos los buses atigrados. Las mujeres gritaban, el chofer imploraba que no lo hicieran, mientras todos ocultábamos nuestros cuerpos, tirados en el piso, como si se tratara de un atentado terrorista o de un asalto violento.
Pasada la "balacera” y con ningún vidrio sano, algunos con sangre en la cara y el cuerpo, emprendimos viaje a La Paz. Estábamos en pleno otoño y el frío de la carretera nos recordó a todos el difícil costo de ser hinchas. Casi congelados al llegar a La Paz éramos noticia internacional: 12 buses stronguistas gravemente apedreados.
En el verano de 1987 viajé a Villazón, como siempre lo hacía, para visitar a mis abuelos maternos. Mi abuelo, un stronguista desquiciado, me invitó a viajar a Salta, Argentina, a ver  un partido de la copa de verano.
Íbamos a ver jugar al más grande jugador del fútbol boliviano: Milton Maravilla Melgar, quien por esos días jugaba en Boca. Nunca fui ni de River y menos de Boca, pero se trataba de ver jugar al crack nacional que César Luis Menotti, por esa época DT bostero, no paraba de admirar y elogiar.
Llegué a Villazón los primeros días de diciembre y el partido recién se iba a jugar el 18 de enero. Lo primero que hice con la plata que me regaló mi papá para el viaje fue comprarme una polera de Boca con el nombre de Melgar.
Fue un enero muy lluvioso. Ya en Salta, con mi abuelo fuimos muy temprano al estadio. Melgar no jugó uno de sus mejores partidos, pero cuando la tocaba la hinchada de Boca gritaba: ¡boliviano, boliviano! Y no con la carga peyorativa de siempre, sino a modo de júbilo y festejo.
Esos gritos me hacían estremecer el cuerpo hasta casi llegar a las lágrimas. Años después sentiría una emoción parecida cuando, de camino a La Paz, desde Buenos Aires, fui a ver Rosario Central-River Plate en el hermoso Gigante de Arroyito.
Los astros y el destino me regalaron algo inolvidable: ver y gritar con los rosarinos el único gol del gran Ronald Raldes y escuchar los gritos de los Guerreros Canallas: ¡boliviano, boliviano!
También fue una experiencia memorable, en estadios argentinos, ir al José Amalfitani a ver cómo Vélez Sarsfield pulverizaba al Bolívar  7-0 en la Libertadores de 2007. Al gritar esos goles curaba mi amartelo y nostalgia por Bolivia y por mi gran Tigre. Algo parecido me sucedió el 27 de noviembre en Wosfalia, Dortmund.
Los trenes definen el modo de pensar de los alemanes, son la expresión perfecta de la alemanidad: puntuales, tienen una alta capacidad para armar complejas redes donde todo está finamente sincronizado, interrelacionado e interconectado.
El tiempo y el espacio en Alemania se vinculan entre sí por un factor: el tren. Pero esta máxima expresión germánica de técnica, diseño e ingeniería se va al carajo con el fútbol.
Para llegar al estadio, la gente del Borussia sube al tren en masa, va de pie, casi aplastada, no importa nada si es que su chela está protegida. Familias enteras, hasta perros, suben vestidos del Dortmund e, insisto, con muchísima cerveza en la mano.
Viejos, niños, darks, chicas hermosas, adolescentes, señoras con hijos pequeños, ancianos, grupos de amigos ya sea de muy adultos o jóvenes adultos o una mezcla de ambos. Incluso gente con actitud más lumpen comparten un espacio de movimiento como es el tren rumbo al fútbol.
Y como se narra en el grandioso cuento de Oscar Cerruto, Los buitres, a medida que más nos vamos alejando del centro y se va invadiendo la periferia, los alemanes se van relajando y aflojando hasta dejar aflorar sus más espantosos demonios y fobias: el pánico al desorden.
Y el tren es un caos de gritos, de cánticos, de aliento. La gente va saltando, viviendo el fútbol con una euforia lejana de la lógica cartesiana que los persigue; muchos no pagan el ticket del tren (grave infracción para un alemán).
Ya en el Signal, el estadio está rodeado por un cerco gigante de chelas y por grandes bebedores de cerveza. Sólo hay eso alrededor del estadio: bier y una pasión indescriptible por el aurinegro alemán.
Y, claro, con el calor de la chela los hinchas se explayan ontológicamente sobre el estado del ser hincha del Borussia. Incluso uno me dijo: "Somos aurinegros por dos razones. El oro o amarillo por la cerveza y el negro por el carbón que históricamente exportó esta ciudad minera”.  El Borussia es un equipo de clase media, por no decir del pueblo: profesores, técnicos, mineros. Dentro del estadio es una locura: hinchas desbordados pero que no tienen la menor intención de dañar al otro.
El Signal Iduna Park supera (tal vez) en acústica a la Bombonera, y eso motiva a que la gente no pare de gritar y de emocionar con cánticos, como el de Liverpool: Your never walk allone.
Es que la fuerza de los aurinegros es única, es la fiebre y la locura en las gradas que sólo desata el fútbol.

 

 


   

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