Ojo de Vid

Para entender la ch’alla

Partiendo de algunos conceptos del libro Edén en el altiplano, el autor reflexiona sobre la cosmovisión e identidad andina.
viernes, 6 de diciembre de 2013 · 21:29
Ramón Rocha Monroy
 (El Ojo de Vidrio)

Escritor

 "Una mesa de ch’alla es un conjunto de círculos concéntricos, una telaraña, un mandala”.

Un problema grande en nuestro país es el de la educación, que transcurre en una tradición monoteísta, empeñada en uniformar, homogeneizar, clasificar, analizar, diseccionar…
En suma, explicarlo todo a través de la razón, mientras nuestras pulsiones más íntimas y originarias son animistas y, por lo tanto, no tratan de explicarse todo, sino de sentirse parte del todo, no sólo de las relaciones sociales y la comunidad, sino de la naturaleza, es decir, de los reinos animal, vegetal, mineral, de los astros y el universo entero.
Es increíble que la educación superior se empeñe en enseñar la historia de Occidente como si fuera universal, y que no sólo desdeñe, sino que ignore por completo  las formas de organización económica, social, cultural, ideológica del mundo andino.
En otras palabras, se ignora la cosmovisión que es propia de muchos pueblos no occidentales, entre ellos los nuestros: aymaras, quechuas, guaraníes y quizá de las 36 culturas reconocidas por la Constitución.
Tomo algunas nociones captadas por Todros Halevi en su libro Edén en el altiplano para intentar graficar en qué medida pensamos y sentimos distinto, en un mundo agrícola que llegó a formas de organización avanzadas sabiendo observar la tierra, el viento, las aguas y los astros, pero sobre todo apostando por alimentar a la comunidad con los frutos de la agricultura, y no sembrar para lucrar con ella.
Vivir bien es saber convivir en armonía con el todo: con la comunidad y con la naturaleza; sentirse parte de ella y no enfrentados a ella, como nos lo enseña el logos racional heredado de Occidente, pues el Renacimiento postuló al hombre como medida de todas las cosas.
Sintiéndonos parte de la naturaleza podemos entender ceremonias como la ch’alla, una forma de conexión con universos paralelos, en la cual no pueden estar ausentes la coca y el alcohol, pero consumidos hasta el exceso, hasta la borrachera, aunque se nos venga encima el logos occidental y nos induzca a ser temperantes, a evitar todo estímulo, a no conocer los espacios invisibles de poder a los cuales dirigimos un chorrito de alcohol.
Más que religiosos somos espirituales o místicos, porque "sólo donde hubo separación puede haber religación”, es decir, religión, como bien explica Halevi.
Al influjo de Occidente separamos el bien del mal; en cambio en la cultura andina todo tiene su contrario: lo bueno y lo malo, lo débil y lo fuerte, la suerte y la anti-suerte.
Si no challas con cariño, con el corazón, todo te puede salir al revés. Para ch’allar hay que pensar que todo lo que nos rodea tiene hambre y hay que darle de comer y de beber.
"En la ch’alla le das de beber al otro y tienes que ser generoso con él, si quieres que el otro sea generoso contigo”. Si eres un k’arabaile, un abstemio, jamás podrás ser generoso ni te chuparás hasta más no poder.
Una mesa de ch’alla es un conjunto de círculos concéntricos, una telaraña, un mandala. En el círculo más pequeño está representada la casa, el lado izquierdo macho y el lado derecho hembra, adornados por un poncho y una llijlla.
Sobre el poncho colocamos una inkuña con coca y tabaco y sobre la lijlla otra inkuña challada con alcohol. La coca es el chaski que lleva nuestro cariño, "el dios Hermes de los andinos”, "el conector del sistema”.
Dentro de la casa challamos primero las cuatro esquinas; dedicamos un chorrito a cada "madre esquina”. Luego vamos al altar del poncho y la lijlla, que están en el centro de la habitación, y le echamos otro chorrito y otro brindis; es más, le conversamos, porque la casa es gente, "tiene hambre y quiere charla”.
Luego challamos al Uywiri, el cerro que nos cuida y al Mallku, el espíritu de la montaña mayor, todo con chorritos, libaciones y pijchos cada vez más grandes, avanzando de lo cercano a lo lejano, de abajo arriba.
Ya challada la casa, ahora challamos los corrales próximos, donde pedimos fertilidad con coca y alcohol. Hay una libación adicional al ganado que habita en un universo paralelo, a sus uywiris y a sus mallkus. Luego challamos el corral de la esposa y el corral del esposo más sus gemelos invisibles, sus uywiris y mallkus, y luego a los corrales de los abuelos, en un proceso que nos ubica "en la red de la vida”, como "hijos de la memoria” que no se mueven solamente en el vector del tiempo y de la historia, en el mundo de los seres humanos, sino en un continuo tempo-espacial que también es animalidad, vegetalidad, mineralidad y astralidad tejidos en la trama de la vida.
A estas alturas de la ch’alla ya estamos borrachos y hemos consumido un gran pijcho, dos fantasmas que abomina el mundo cristiano porque no entiende esta "poética de la conectividad y de la acción comunicativa más allá de la escisión mente-cuerpo”.
Por último se ch’alla para la suerte y "el yanani de la suerte” o la anti-suerte, así como la materia no se desliga de la anti-materia y el electrón positivo del electrón negativo, una forma de erigir la incertidumbre como el valor supremo de la vida, y no la búsqueda angustiosa de certezas en un universo uniformado y simplificado por la razón occidental, que no se percata de que vivimos en un "cosmos hipercomplejo y probabilístico”.
Se dice que el altiplano es un desierto inhóspito, impropio para la agricultura; sin embargo, hay que observar el cielo los tres primeros días de agosto para saber cómo nos irá en la primera, la segunda y la tercera siembras.
Primero vemos si hay nubes. Si las hay de la especie cúmulo, como papas, habrá buena cosecha. Si escasean, hay que buscar otros signos. En los terrones se debe buscar lak’atus, unas larvas blancas y gordas que apetecen las gallinas. Se toma un lak’atu en la palma de la mano, se le habla con cariño y respeto y si se arruga habrá buena cosecha, pero si permanece inmóvil, habrá helada.
En esta cosmovisión, no hay plantas útiles y malezas, no hay animales útiles que hay que criar, ni salvajes que hay que eliminar, porque todo lo que nos rodea es útil.
Si el zorro se cruza en tu camino, es mejor que vuelvas sobre tus pasos porque no conseguirás lo que te propusiste. El animalito te está avisando, te está haciendo un favor y no puedes responderle con violencia.
En fin, hay aguas buenas y cristalinas que corren como manantiales y aguas estancadas, turbias, que te agarran; hay sitios que atrapan la energía y sitios que la dejan fluir. El espíritu de las aguas es una sirena, mitad humana mitad animal, una figuración del taypi donde se encuentran los contrarios. Taypi o centro y tinku o encuentro son palabras clave de la cosmovisión andina.
Lo mismo ocurre con el viento: si es una brisa matinal, es sana; si es un viento fuerte, vespertino, o en remolino, es sajra y te va a hacer daño. La cara se te tuerce porque "te ha dado el aire”. Así te puede agarrar la tierra, el fuego, el agua, el aire, que en aymara es catjata y en quechua es jap’eqa.
Como dice un anciano aymara: "hay que pedirse disculpas, primero; hay que pedir licencia, después; hay que dar de comer; coquita, alcoholcito; a lo mejor está con hambre y te puede dañar”.

 

 


   

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