Sombras nada más

Una tempestad en la floresta

Una pequeña muestra de la floreciente poética actual ecuatoriana, en la que las mujeres están a la cabeza.
viernes, 6 de diciembre de 2013 · 21:27

Gabriel Chávez Casazola
 Escritor y periodista 

 "¿Qué otra cosa es la poesía, sino una luciérnaga (o un imperio) que abre y cierra su rapto de luz en la noche?

Acaba de presentarse, en la Feria del Libro de Quito,  la antología Poetas de la mitad del mundo (El Ángel, 2013), que reúne una representativa selección de textos de las principales poetas ecuatorianas, desde la legendaria Mary Corylé (1894-1976) hasta la suicida Carolina Patiño, muerta con apenas 20 años (1987-2007).

Y entre ambas, otras 48 autoras de ese país rico en poesía y, en especial, rico en poesía escrita por mujeres y, por cierto, poesía de elevada calidad.
En la antología, preparada por las escritoras Ana Cecilia Blum (1972) y Sara Vanegas (1950) figura también Carmes Inés Perdomo (1973), cuyo más reciente libro -Tempestad en la floresta- presenté en esa misma feria y ahora deseo comentar con los lectores bolivianos.
Como un ave / que en su vuelo se deshoja, y al deshojarse, deja caer señales translúcidas, breves trazos -alígeras briznas del lenguaje- que de algún modo secreto refieren el instante sin hacer que pierda su condición de instante, que dicen del vuelo como si el ave en vuelo aún estuviera surcando el aire, suspendida en su momento más raudo y a la vez más fugaz, el de la plenitud de lo que irremediablemente se yergue y decae: así es la escritura de Tempestad en la floresta, de Carmen Inés Perdomo, destacada poeta ecuatoriana de la generación de los tempranos años 70, que tantos nombres en sazón le ha dado a la creación poética que nace de esa geografía.
Éste es el tercer libro que publica la autora, esta vez bajo el sello de El Ángel Editor, pronto convertido en la principal editorial de poesía en Ecuador, y cuyo nombre y publicaciones llegan ya a varios países.
Países, digo, y pienso -regresando al poemario- en los territorios donde sucede la poesía de este libro: tardes ajenas a la memoria, casas con pasadizos que llevan al viento, portales cenicientos, cantos de sombra acariciando el alba, jaulas vacías en habitaciones despojadas.
Y, sin embargo, aunque esta escritura se teje desde (y en) el extrañamiento por lo perdido, y se construye a sí misma como un sistema de huellas del destierro -ese destierro del jardín que ya sólo es verde en el cerebro, como quería la Pizarnik-, su caminar no se extravía en la tempestad de los silencios y de las (des)memorias.
Esta escritura sabe hacer sentido y hacer luz. Teme nombrar lo que está muerto, sabe que una mentira sujeta algunas hojas del árbol del tiempo, y acaso por ese temor y ese saber  termina nombrando lo que vive entre los pliegues de lo ido.
Entonces, retazos de música caen entre nuestros dedos y, como rayo de luz en el abismo, el mar se hace rosa que abre nuestras bocas y nuestras miradas: iluminación translúcida, secreta, como un ave que en su vuelo se deshoja, se despetala, y deja caer cantos que fulguran como pequeñas luciérnagas.
Mas, ¿qué otra cosa es la poesía, sino una luciérnaga (o un imperio) que abre y cierra su rapto de luz en la noche? ¿Y qué otra cosa somos nosotros, cada momento de la existencia, la vida misma, sus abrazos y adioses, sus éxtasis y pequeños precipicios, sino otras brevísimas luciérnagas?

 

 


   

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