Ojo de Vid

Apuntes sobre educación patrimonial

Reseña de un libro sobre patrimonio y propuesta para enriquecer la imprescindible ley cultural en actual gestación.
viernes, 3 de enero de 2014 · 22:43

Ramón Rocha Monroy
 (El Ojo de Vidrio) / Escritor 

 "Identificar estos sitios y ritos, y conocerlos a cabalidad, sería una tarea mayor de la educación boliviana”.

El 6 y 7 de diciembre de 1999, la Reunión Internacional de Expertos en Patrimonio Cultural y Natural convocada en Bogotá por el Convenio Andrés Bello incluyó una recomendación que sugerí a nombre de Bolivia: "Postular la fiesta como espacio didáctico para el desarrollo de una conciencia patrimonial” (Somos Patrimonio, Convenio Andrés Bello, Bogotá, 2000).

Era el año en que despegaba la nominación de patrimonio oral e intangible por la Unesco, que hasta entonces se había limitado a aceptar las recomendaciones sobre patrimonio monumental del Icomos, un organismo nacido en 1965 para proteger los edificios públicos y privados destruidos en ambas guerras mundiales.
Pero de pronto surgió el tema del patrimonio oral, y la primera nominación estuvo a cargo de un jurado que integró Zulma Yugar, a nombre de Bolivia, en medio de personalidades como Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, la Princesa de Jordania, el director de la Smithsonian Institution, Ugné Karveliz, quien fue compañera de Julio Cortázar, y otros no menos valiosos.
Esta primera vez se nos honró con la designación del Carnaval de Oruro, gracias al esfuerzo del Viceministerio de Cultura, del pueblo de Oruro y, en especial, de Zulma Yugar, quien se dedicó íntegramente al asunto con el representante de Unesco en Bolivia, Yves de Ménorval, de grato recuerdo.
La fiesta es parte sustancial del patrimonio oral e intangible. Basta ver los videos de las más de 2.000 nominaciones mundiales en el portal de la Unesco para entender el lugar de la fiesta; de modo que no estábamos meando fuera del tiesto.
Por eso el consejo de administración de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia recomendó que la nueva Ley de Patrimonio incluya un artículo que diga: "El Estado formulará y aprobará un currículo de educación patrimonial transversal a todos los ciclos educativos”.
Luego el reglamento se ocupará de delegar estas funciones a las gobernaciones y municipios, y a la sociedad civil a través de sus organizaciones. Si no sabemos qué bienes patrimoniales tenemos, ¿cómo los vamos a conservar? Esto es tarea de todos los bolivianos.
Vuelvo a traer el tema a cuento porque el MUSEF acaba de publicar el libro Iglesias y fiestas en el altiplano de La Paz y Oruro. Aproximaciones interdisciplinarias, en el cual hay valiosa información sobre el tema, en especial los artículos "Patrimonio, desarrollo y comprensiones locales desde Bolivia”, de Alejandra Ivonne Magne Barea, y "Wak’as, Illas, Supay, ancestros o dioses”, de Milton Eyzaguirre Morales, entre otros no menos valiosos.
Ivonne Magne critica la concepción de patrimonio venida de occidente, porque está señalando prioridades y modos de conservación ajenos a nuestras costumbres, que los organismos de cooperación suelen, no siempre, sugerir en sus políticas de financiamiento.
Para esta concepción sólo existe la herencia católica y no se plantea siquiera la superposición de vírgenes, santos y ángeles a sitios y antiguas divinidades andinas. De ese linaje es el estudio de Gabriela Behoteguy sobre las vírgenes altiplánicas consideradas hermanas y tejedoras, como las vírgenes habitantes de los acllahuasis de la Isla de la Luna, que hilaban y tejían para el inca.
La Ley de Participación Popular, que produjo un empoderamiento de los municipios y, más tarde, de las mancomunidades municipales ha permitido el retorno de las culturas locales, el conocimiento de las wak’as, las illas y los supay de cada municipio, a los cuales se ha superpuesto el culto católico y el cristiano.
Eyzaguirre supone que estas miniaturas que representan riqueza y fortuna, quizá como las de Alasita, no encarnan a los dioses andinos sino a las almas de los muertos; como que los ancianos ya son supay porque están cercanos a la muerte, es decir, al paso a esa zona llamada Pakarina, que habitan los ancestros; y los niños, también próximos, son útiles para convocar la lluvia y la fertilidad, entre otros bienes que otorgan los antepasados.
Las posibilidades de identificar el patrimonio de cada municipio se han multiplicado, y la importancia de la fiesta, ya destacada por Teresa Gisbert, es central para identificar el despliegue cultural de cada localidad, pues fraternidades y ritos tienen lo que podríamos llamar denominación de origen, aunque el uso de la coca y el alcohol es general y muestra la importancia de estos dos elementos de cualquier forma de culto, sea prehispánico o católico.
Si recuperamos esos saberes ya formulados por antropólogos, arquitectos y otros estudiosos de las civilizaciones andinas, podríamos elaborar un reglamento consistente de la Ley de Patrimonio Cultural, a condición de que ésta enuncie entre sus artículos la importancia de la educación patrimonial.
Un currículo transversal puede contener el servicio social desde el primer ciclo de enseñanza, orientado por cada municipio, que estimule la conservación de los monumentos e iglesias de cada cultura local, pero también wak’as, illas, apus, apachetas y cuanto otro elemento provenga de las culturas andinas.
Identificar estos sitios y ritos, y conocerlos a cabalidad, sería una tarea mayor de la educación boliviana, pero también asistir y participar en las fiestas, estudiarlas con la guía de expertos que expliquen la riqueza de expresiones y la increíble diversidad de ritos.
Así tendríamos un calendario más nutrido, mejor ilustrado  y nos sentiríamos sumamente orgullosos de ser bolivianos.
Lo anterior es un comentario liminar de algunos artículos del libro publicado por MUSEF, que se refieren al altiplano de La Paz y de Oruro, pero el currículo de educación patrimonial debe referirse a todas las culturas existentes en nuestro vasto territorio, como ocurre con la Chiquitania y la Ichapekene Piesta, de San Ignacio de Moxos, declaradas obras maestras del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad, aunque es sólo una aproximación a culturas extraordinariamente ricas en usos, costumbres, liturgias y divinidades locales.
Hasta hoy la Unesco y la FAO se han preocupado de estos temas. La FAO habla del patrimonio agrícola de cada país y apunta a técnicas y costumbres de cultivo que las transnacionales de la maquinaria, los abonos, fertilizantes y semillas transgénicas desdeñan como usos perjudiciales.  No obstante, las denuncias constantes sobre los afanes de lucro de las transnacionales agropecuarias frente a las ventajas de los cultivos orgánicos y crianza menos cruel de animales muestran la importancia del patrimonio agrícola.
El cultivo de la quinua, por ejemplo, no precisa de tractores, riego, semillas, fertilizantes o insecticidas importados, que son dañinos para un saber tradicional, como podremos apreciar en otro artículo al contar la experiencia de Salinas de Garci Mendoza y los desastres que ocasionaron en el pasado los extensionistas agrícolas.
Sin embargo, los enfoques de la Unesco y de la FAO, pese a la enorme buena voluntad de sus expertos, no siempre reflejan la riqueza y diversidad de las culturas locales. Mayor razón para legislarlas con pleno respeto por el país autónomo y plurinacional que estamos construyendo.

 

 


   

60
1

Comentarios