Música

Cinco autodidactas

Balakireff, Borodin, Cui, Moussorgsky y Rimsky-Korsakoff, cinco pilares de la música rusa -y mundial- del siglo XIX.
viernes, 3 de enero de 2014 · 22:47
Pablo Mendieta Paz

Músico

"Desde su tierna infancia los cinco poseían un objetivo
común, insospechado entre ellos, que algún día convergería en unirse para crear música”.

De Los Cinco, nombre con que se conoce en la historia de la música al grupo de compositores rusos -Balakireff, Borodin, Cui, Moussorgsky y Rimsky-Korsakoff- que en el siglo XIX estableció una auténtica escuela de composición, únicamente el cuarto y el último aprendieron piano de muchachos y por tanto fueron quienes mantuvieron cierto contacto con la música.
Sin embargo, los otros tres, y ellos mismos, manifestaron desde niños una inclinación especial hacia este arte improvisando algunas melodías que más adelante cobrarían vida de modo excepcional.
Desde su tierna infancia, los cinco poseían una fe ardiente, una pasión desbordante, un objetivo común insospechado entre ellos que algún día convergería en unirse para crear música, obtener éxitos inigualables, y una influencia que se prolongaría mucho más allá de las fronteras de su país y del tiempo.
Ya en grupo, dotados de cualidades diferentes y de diferente valor, tenían numerosos rasgos comunes, en especial uno: admiraban a Richard Wagner, pero estaban decididos a no imitarlo; habían aprendido de él, y de los alemanes en particular, el arte de orquestar y querían valerse de este conocimiento para crear su propia música, la música rusa.
Autodidactas, no habían sido formados -o deformados- en ninguna escuela de música. Antes de encontrarse en el campo de acción que uno por uno había avizorado, cada cual trabajó en los menesteres más diversos y alejados del arte musical.
Borodin era médico y químico en un hospital de la armada territorial. Moussorgsky, quien conoció a Borodin en ese centro hospitalario, era oficial del regimiento de la afamada guardia Preobajenski, y luego funcionario del Estado ruso.
Balakireff estudiaba ciencias naturales, en tanto que Rimsky-Korsakoff se desempeñaba como oficial de la marina. Por su parte, el general César Cui era profesor de fortificación (técnica e historia) en la Academia de Petrogrado (hoy San Petersburgo).
Una vez que el indescifrable destino los unió en amistad, se asociaron en torno a la precoz producción musical que siempre había revoloteado por sus cabezas y se empaparon de cuanta partitura de compositores del extranjero llegaba a sus manos, sobre todo de los alemanes.
Estos cinco músicos emergentes, profanos, si no aventureros, pues carecían de conocimientos y autoridad en materia musical, aprendieron en estrecha afinidad todas las fórmulas de la armonía, del contrapunto y la orquestación, y emplearon esa técnica para ilustrar, para magnificar los temas melódicos y las danzas de su propio país. Ése fue el secreto de su método.  
Balakireff es considerado el precursor del movimiento. Su Fantasía para orquesta sobre coros rusos excitó el entusiasmo de Glinka, compositor conceptuado como "el padre de la música rusa” por sus óperas nacionalistas La vida por el zar y Russlan y Ludmila.
Glinka, el gran Glinka, aquel músico de excepción que trazó el rumbo de la música rusa, y que posteriormente influyó en ellos mismos, en las obras de Tchaikovski y Stravinski, no sólo exaltó la obra de Balakireff, sino que más tarde elogiaría sin reserva y no menos fervor la producción de los otros cuatro.
Pero Glinka, influido aún por la música de la Europa occidental, intuyó que empeñados en la misión que se habían propuesto Los Cinco, la música rusa llegaría todavía más lejos a lo hecho por él mismo. Así fue. Era el comienzo del cambio.
Y Balakireff su iluminado apóstol; sinfonista puro, se retrata al artista en su poema sinfónico Tamara como creador de música impregnada de un colorismo por poco mágico -al igual que en Borodin y Rimsky-Korsakoff-; opuestamente a César Cui, músico penetrante y formal, pero más apagado en su concepción; una concepción inclinada a obras para violín, para piano, para cuarteto de cuerdas, pero sobre todo para la voz y el teatro.
Juzgado por los críticos como un músico sin invención ni originalidad, supo sustituir tales carencias con el dominio de una técnica rayana en lo magistral.
Ausentes por ese entonces Cui y Rimsky-Korsakoff, Borodin tuvo en Balakireff a su único maestro, pero como éste no era nada teórico no pudo aquel aprender armonía.
Balakireff aplicó en él, entonces, el método adoptado primero por Moussorgsky y después por los demás: ejecutar todas las sinfonías de Beethoven, las obras de Schumann, de Glinka, etcétera, explicándole la construcción técnica y analizando sutilmente cada partitura.
Con esta fórmula, Borodin devino en músico brillante, de ingeniosa armonía, que mostró por adelantado el camino a Debussy, Ravel y otros. Entre sus principales obras se destacan la ópera El príncipe Igor y la creación para orquesta En las estepas del Asia Central.
Moussorgsky nunca tuvo interés en los principios de la armonía ni en las reglas de la construcción musical. De los cinco, era el más cercano a la naturaleza, el más sincero y el más expresivo.
Se ocupaba en sus obras de reproducir la naturaleza tal cual es, sin estropear su personalidad con cuestiones de "estilo”. A través de líneas melódicas extraordinariamente flexibles es posible ahora comprender su pretensión de dar movimiento a la vida, de dotar a las almas de extremo gozo.
Pese a su deliberada indiferencia por la forma, y obstinado en su dispersión analítica,  Moussorgsky poseía en abundancia lo que tal vez ninguno de los cinco tuvo en la plétora de él: musicalidad.
Prueba de ello es, por ejemplo, su Boris Godunov, una suerte de imágenes realistas y trazos vigorosos revestidos de una sorprendente "fiereza” artística que no lo hicieron retroceder -tal como afirman sus biógrafos- ni siquiera en la crudeza de ciertos efectos en la muerte de Godunov.  
Luego de las lecciones de piano que Rimsky-Korsakoff había recibido de su madre, años después, ya en la escuela de marina de San Petersburgo, prosiguió con ellas alternándolas con estudios de armonía.
En 1865, luego de un viaje de tres años alrededor del mundo, regresó a la ciudad y concluyó la que sería la primera sinfonía rusa; luego compuso el poema sinfónico Sadko, la Fantasía serbia para orquesta, la Segunda sinfonía, Antar...
A partir de entonces dedicó su tiempo al estudio profundo del contrapunto que le permitió crear, entre otras obras, La noche de mayo, El gallo de oro, Capricho español, La gran Pascua rusa, Scheherazada.
Según la crítica, de los cinco, tal vez él haya sido el de mayor talento por su orquestación plena de color, "refinada por su perfecta capacidad artística”, por su construcción clara y sencilla y por su sólida técnica.
Esta breve pincelada en algo ha podido retratar a Los Cinco, monumentales músicos autodidactas que elevaron la música rusa a lo más supremo del arte.

 

 


   

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