El último mestizo

La derecha cavernaria

De todo se ha empleado para analizar la coyuntura actual: sociología, economía, antropología, historia… y, claro, la memoria, pero recién ahora la nostalgia.
viernes, 3 de enero de 2014 · 22:39

Manuel Vargas
Escritor 

 "Pasaron los años sobre nuestros cabellos y las aguas bajo los puentes. Nuestros conceptos y convicciones empezaron a entrar en crisis. ¿Qué siempre es la derecha, qué siempre la izquierda?”.

Parece ser destino de las mejores ideas caer en manos de los peores hombres.

Augusto Monterroso.

En aquellos tiempos gloriosos de los años 70, esta expresión -"la derecha cavernaria”- era de lo más terrorífico e insultativo entre los jóvenes rebeldes con y sin causa, tanto de la universidad como del mundo político sindical. O eras de la izquierda, con sus matices, o eras de la derecha cavernaria.
En la derecha estaban, claro, esos viejos conformes con su vida, generalmente blancos y con plata, explotadores y sirvientes del imperialismo y un largo etcétera. En la izquierda estábamos nosotros, claro. ¡Qué va! Estar en la vereda del frente era de mal gusto.
Pues, éramos izquierdistas, fuéramos ricos o pobres. Mejor pobres, o por lo menos había que disimular si teníamos un padre con plata, con negocios, con empresas grandes o chiquitas. Éramos izquierdistas y lo demás era del todo despreciable.
Claro que entre varios círculos kataristas se decía que la izquierda y la derecha eran la misma mierda. A lo cual los universitarios y los comunistas en general sonreíamos con displicencia. "Estos indios le están haciendo el juego a la derecha, son unos racistas”, era más o menos la expresión crítica en boga.
Pasaron los años sobre nuestros cabellos y las aguas bajo los puentes. Nuestros conceptos y convicciones empezaron a entrar en crisis. ¿Qué siempre es la derecha, qué siempre la izquierda? ¿No nos han estado mamando ciertos políticos, y por ahí los que tenían razón eran los mismos kataristas?
Y siguieron pasando las aguas. De pronto llegaron los nuevos populismos y la moda, entre romántica y racista, de pensar que lo único bueno es el indio y el resto es basura, occidente, decadencia, imperio. Y el indio se disfrazó con un lenguaje izquierdista y arremetió contra todos sus enemigos, que eran, claro, la caca de la derecha.
En estos tiempos ya no se dice "la derecha cavernaria”, que ha quedado como una feliz expresión entre humorística y con olor a pujusó, como dicen en mi tierra. Ahora han surgido nuevos adjetivos que van unidos a la derecha: racista, separatista, neoliberal, sirviente del imperio. Pero a mí me sigue gustando eso de cavernaria.
A un amigo masista también le causa mucha gracia (seguramente sabe lo que se cuece por ahí adentro). Tiene un halo de romántico y expresivo para estas nuevas realidades. ¿No quisiera usted, en estos tiempos tan prosaicos y guerreristas, ser de la derecha cavernaria?
Pues, yo prefiero serlo, para diferenciarme de la nueva y remozada derecha, la atroz, solapada y arrolladora derecha que está encaramada en el poder y que se autodefine, precisamente, como de la única y auténtica izquierda.
La verdad es que, en este año electoral que comienza, si nos quitamos nuestras máscaras, si miramos nuestros verdaderos intereses, hemos mandado al cuerno, al espacio sideral como a Túpac Katari, a ese ideal, a esa dama casquivana llamada doña Izquierda, para agarrarnos del poder a como dé lugar para hacer creer a los incautos que dizque tenemos ideales y luchamos por el bienestar de los desposeídos de carne y de espíritu.
Para que nadie nos joda, para que nadie nos señale y hurgue la conciencia y sigamos en el festín de la mentira y la impostura y el engaño. Más bien, al contrario: Túpac Katari está lejos, cada vez más lejos de nosotros, y lo hemos convertido en un modernísimo aparato al servicio del poder.
Pues todo es utilitario y no se da un solo paso, no se dice una sola palabra, si no están calculados y sopesados con una finalidad política para persistir en el engaño.
Entonces, déjenme ser de la derecha cavernaria, por lo menos para seguir sonriendo e intentar conservar, sí, conservar, un poquito de decencia dentro de todo lo perdido.
Y para quienes quieran malinterpretarme (pues yo no perdí ni poder ni plata ni estatus, estoy bien con mi tamaño y mi silencio), eso que se ha perdido casi del todo en este carnaval, en esta locura de poder por el poder, y que pretendo mantener, es la conciencia de que somos seres humanos.
¿La izquierda? A estas alturas no es más que un sueño, un amor imposible que nos permite seguir existiendo. Es una utopía, un ideal inalcanzable, la Dulcinea de los quijotes. Cuando se hace realidad, desaparece, y surge este triste ser humano con sus ínfulas de grandeza que disimula sus pequeñeces.
Pues no hay duda de que el Gobierno actual de Bolivia, en sus inicios, nos hizo creer que era de izquierda. Pero ya lo dijo, palabras más, palabras menos, Tito Monterroso (el autor de La oveja negra y demás fábulas), respecto de la izquierda y de lo que usted más ame: "Para terminar con una idea, hay que llevarla a la práctica”. Y así estamos.

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