Debate

En torno a la centralidad política

Canelas reflexiona sobre la tesis de Errejón en torno a la construcción de hegemonía en Bolivia y la “guerra de posiciones”.
jueves, 13 de noviembre de 2014 · 21:46
Manuel Canelas

diputado nacional

"La hegemonía es también una relación de mancharse del otro, es decir, de incluir demandas, reivindicaciones, propuestas del otro, incluso del adversario, arrebatándole su poder de impugnar tu posición central pero dándole satisfacción parcial, esto significa que la relación hegemónica modifica también al actor central en ella”.

 Alvaro García Linera escribió recientemente un texto El nuevo campo político en Bolivia donde explicaba el desplazamiento que había sufrido el eje de acción política en el país. Contra el equívoco habitual que entiende que la afirmación siguiente: "el MAS se ha desplazado al centro”, significa un giro a la derecha del partido de Gobierno, García Linera dice que lo ocurrido, después de nueve años de gobierno y en el marco del MAS como proyecto hegemónico, es que éste ocupa el centro de la cancha y las fronteras de la misma. Y añade que los argumentos que el MAS ha puesto en circulación son: "economía plural con eje estatal, reconocimiento de las naciones indígenas con gobierno de movimientos sociales, y régimen de autonomías territoriales”.
Fuera de estas coordenadas es imposible, el día de hoy, agregar mayorías electorales y seducir a capas significativas de la población. En esto coincide Fernando Mayorga quien en su último libro, analiza varios de estos aspectos en detalle. Más allá de algunas diferencias con García Linera, Mayorga apunta, en su última entrevista en La Razón y de la mano de Sartori, que indudablemente el MAS es el actor predominante de la política nacional y que cuando habla de centro éste no tiene, necesariamente, una carga ideológica: "El centro es geométrico. No tienes hegemonía si no tienes el centro, no ganas sino cautivas al votante medio. Si te pones en un extremo,  pierdes”.
Las alternativas electorales que se plantearon por fuera de este "horizonte de época” (García Linera) obtuvieron un resultado más bien modesto, como el cosechado por Tuto Quiroga. Quiroga planteó un desafío frontal a la ideas dominantes del proyecto del MAS. El PDC, a diferencia de los tumbos programáticos y discursivos de UD, fue mucho más claro: propuso una enmienda a la totalidad, a todo lo hecho estos últimos años. Era mucho más claro, pero cometía un error de cálculo tan severo como arriesgado ya que buena parte de las conquistas y progresos de estos últimos años son percibidos por los bolivianos como derechos adquiridos. Lo "razonable” y lo mínimo exigible a cualquier fuerza que aspire a gobernar  el país es mantener una presencia fuerte del Estado en la economía, sostener una política de redistribución de los recursos y no dar pasos atrás en la presencia de lo indígena campesino en la dirección política. Quiroga no sólo no garantizaba esto sino que era uno de los máximos exponentes vivos de la ideas caducas y derrotadas que enmarcaban el accionar de la vida política del país durante la democracia pactada, por esto su proyecto estaba condenado a la minoría electoral por mucho que cada día nos despertase con una agresiva e insustancial "iniciativa”.
UD entendió, al menos en apariencia, mejor el sentido común dominante. A la manera de Capriles, procuró no impugnar ninguna de las coordenadas políticas dominantes, reconociendo así la fuerza hegemónica de las mismas. De hecho en una memorable entrevista en La Razón, titulada algo así como "Cambiaremos sólo lo malo”, Ernesto Suárez hablaba casi como un exconstituyente masista. En uno de sus últimos spots de campaña, Doria Medina se pasaba tres cuartas partes del mismo diciendo todo lo que NO cambiaría: mantendría la nacionalización, los bonos... Sin embargo, la gente no terminaba de convencerse. Doria Medina, como Quiroga, tienen un significado demasiado vinculado a los denostados años 90. En el imaginario popular resuenan más afirmaciones suyas del tipo "no subiremos el salario por encima de la inflación” o "privatizaremos una empresa cada semana”, que su "carajo, no me puedo morir”.
Y los liderazgos importan para la construcción de los ciclos políticos. Es necesario que todas esas ideas dominantes en torno a las cuales se articula un proyecto tengan un referente simbólico fuerte. Así fue con Thatcher o con Lula, por poner dos ejemplos de ideologías distintas. Y así sucede con Evo, quien es capaz de resumir y encarnar el momento histórico que atravesamos y las aspiraciones y sueños de las mayorías sociales del país. Contraponerle a éste sujetos que forjaron su liderazgo y dirigieron el país en los años ochentas y noventas, no parece la mejor receta. Esta evidencia está provocando una amarga y soterrada pelea al interior de la oposición: Rubén Costas quiere despejarle el camino al que él entiende como un liderazgo más apropiado para este momento, Revilla, a costa de que Doria Medina resigne cualquier espacio de poder en su, en teoría, territorio de influencia natural: La Paz. Si Costas impone su criterio podremos hablar con propiedad de "Samuel, el breve”, ya que su liderazgo del bloque opositor será eso: breve. En caso de que Doria Medina se rebele se abrirá una fractura en la oposición boliviana con un  resultado incierto.
La importancia de construir hegemonía no caduca, como dice Alejandro Grimson, por una victoria electoral, por muy contundente que ésta sea: la construcción de hegemonía es una tarea que no termina. Esto lo sabe muy bien Pablo Iglesias, líder del joven partido español PODEMOS. La ruptura de la legitimidad del régimen en España es harto evidente en las calles, aún no en las instituciones. Es por esto que Iglesias reclama la necesidad de obtener, en las elecciones previstas dentro de un año, la mayoría absoluta para ser capaces de trasladar el equilibrio de fuerzas que se percibe en las calles a las instituciones. Después del momento de ruptura populista tiene lugar, en términos de Gramsci, una "guerra de posiciones” y es necesario llegar a la misma fortalecido, ya que en ésta se juega buena parte de la suerte de los proyectos de transformación.
Iñigo Errejón, una de las figuras más relevantes de PODEMOS, estudioso de Gramsci y con una tesis doctoral sobre la construcción de hegemonía en Bolivia, hablando de la "guerra de posiciones” señala un punto que conviene no olvidar: "(…) un momento político muy caracterizado por una disputa ya no desde fuera contra el Estado sino al interior del Estado, en la que poderes que no son sometidos al control democrático pasan a la ofensiva”. Iglesias, recientemente, señaló que la aspiración de su partido es "ocupar la centralidad del tablero”.
Un apunte que conviene no olvidar antes de terminar: la hegemonía es, como bien señala Errejón, un proceso de ida y vuelta. "La hegemonía es también una relación de mancharse del otro, es decir, de incluir demandas, reivindicaciones, propuestas del otro, incluso del adversario, arrebatándole su poder de impugnar tu posición central pero dándole satisfacción parcial, esto significa que la relación hegemónica modifica también al actor central en ella”.

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