El sobaco de la víbora

Compartir el patrimonio

jueves, 27 de noviembre de 2014 · 21:24


Machi Mirón

En las últimas semanas abundaron en todo el país manifestaciones de protesta por la postulación de la fiesta de la Candelaria de Puno, Perú, -donde se destaca la presencia de música y danzas bolivianas, al título de Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, protestas que, no lo pude evitar, me dejaron un cierto sabor a xenofobia.         
Ante esa situación no dejo de pensar que el hecho debiera alegrarnos, pues de concederse tal título, se avalaría la fuerza de las expresiones culturales de nuestro pueblo que ya fue certificada cuando la Unesco nominó al Carnaval de Oruro como Patrimonio Intangible de la Humanidad.       

Es cierto que en países vecinos como Perú, Chile o Argentina existen territorios con comunidades de origen aymara o quechua, aunque -al contrario de lo sucedido en Bolivia- sus culturas fueron absorbidas por expresiones de las culturas occidentales impuestas por los sectores dominantes.              

El único país donde esas expresiones no sólo sobrevivieron, también se fortalecieron fue en Bolivia y su difusión en los países vecinos se dio a través de grupos migrantes que fueron en busca de trabajo, ergo, la semilla cultural que cargaban encontró allí un terreno fértil para su cultivo.   

En el caso de Puno, el reflorecimiento de estas expresiones fue alimentado además por el trabajo de bordadores y músicos bolivianos que encontraron allí un mercado ideal para su trabajo creativo. Por ello, la entrada de la festividad de Puno parece una más de las que tenemos en el país.             Hay allí danzas como la de los caporales, cuyo origen no va más allá de los años 70 y cuyos referentes son danzas propias de comunidades con raíces afro de los Yungas de La Paz, como el tundiqui y la saya, que las fiestas de nuestro país y un poco más allá, han adoptado con naturalidad.

Sería lógico que quienes las asumieron como propias reconozcan -por lo menos- que aquello que hoy sienten como propio viene de un poco más allá; es sólo eso, reconocer el lugar de origen de esas danzas. Pero no, sus autoridades pretenden que supongamos que han nacido en su barrio.                             

Es como pretender que el Ministro de Cultura saque una resolución asegurando que, por ejemplo, la chacarera -que tanto se arraigó entre nuestros jóvenes- nació en el barrio de Chijini. Y eso sería deshonesto, ¿no? Otra cosa es que la adoptemos dada la fuerza expresiva que conlleva.          
Creo que la posibilidad de que la festividad de la Virgen de la Candelaria de Puno sea reconocida Patrimonio de la Humanidad debiera alegrarnos, pues sólo reafirmaría el reconocimiento del mundo entero por nuestras expresiones culturales. Lo otro puede aclararse impulsando una investigación profunda, no manifestaciones xenofóbicas.

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