Política exterior boliviana

¿Cambio de paradigma?

El próximo quinquenio deberá fundarse más en la promoción o defensa de los intereses económicos y políticos concretos de la nación y menos en preconceptos ideológicos.
viernes, 16 de enero de 2015 · 18:39
Gustavo Fernández Saavedra

excanciller de Bolivia.

En contraste con la agitación global, el acuerdo cubano-norteamericano para restablecer relaciones diplomáticas plenas eliminó uno de los principales motivos de fricción entre Estados Unidos y América Latina y cambió para bien el escenario político regional. Desde luego, eso no quiere decir que desaparezca la rivalidad regional entre proyectos y visiones divergentes. Unos continuarán privilegiando el rol del mercado en un sistema político liberal de independencia de poderes y otros subrayarán el papel del Estado, al tiempo que traten de concentrar el poder político con el argumento de que es necesario para promover el cambio social. Los primeros, como se sabe, están agrupados en la Alianza del Pacífico. Los otros, en el ALBA y, con menor intensidad y celo revolucionario, en el Mercosur.

La diferencia está en que, ahora, ambos se reconocerán como modelos competitivos, pero ya no como enemigos irreconciliables. Así lo ha dicho, con todas sus palabras, la presidenta Dilma Rouseff al asumir el mando en el Brasil.  No se debe descartar, inclusive, que ambos esquemas comiencen a converger, urgidos por sus propias necesidades.
Si ese razonamiento es correcto, cambia uno de los parámetros principales de la política externa de Bolivia, el que asigna posición central a la alianza estratégica con proyectos políticos revolucionarios y afines y a la confrontación con los regímenes neoliberales (proyectos que, a estas alturas, ya no son ni tan revolucionarios ni tan neoliberales).
De otro lado, concluyó el hiperciclo de las materias primas y cayeron los precios del petróleo, de los minerales y de los alimentos. Las corrientes de financiamiento, más escasas y caras, cambiaron de dirección, desde los países productores del sur a las potencias consumidoras de la OECD. De aquí en adelante, promoverán crecimiento en el norte y provocarán contracción en el sur.
Ningún país sudamericano escapará a las secuelas de este cambio de ciclo. Los menores precios por ingresos de hierro, cobre, soya y carne afectarán severamente los ingresos  de Brasil, Argentina, Chile, Uruguay. En Bolivia, como todos saben, el impacto alcanza a todos los productos de exportación –gas natural, cadena de la soya, minerales-. Pero es en Venezuela –y en menor medida en Argentina y Ecuador—, vendedores de petróleo, donde se sentirán con mayor fuerza los efectos de la recesión y la crisis.
La conclusión para la política exterior de Bolivia es simple. No tendrá el margen de autonomía económica de la década pasada, que le permitió liberarse del dogal de la cooperación internacional (y prescindir de la venezolana) y estará obligado a salir a captar recursos financieros para su desarrollo y buscar mercados para sus productos. La política exterior boliviana del próximo quinquenio deberá fundarse más en la promoción o defensa de los intereses económicos y políticos concretos de la nación y menos en preconceptos ideológicos.
De allí no se puede deducir, desde luego, que el gobierno del MAS renuncie a sus principios y alianzas políticas. Pero a quien corresponde desarrollarlas es al partido, no al Estado. El Estado se relaciona con otros Estados, afines o no. El Partido se vincula con las organizaciones de otros países que compartan su filosofía y objetivos.  Cuando esos espacios se confunden y mezclan se producen cortocircuitos complicados, que es mejor evitar.
Con esos antecedentes, examinemos dos referencias centrales de la proyección exterior boliviana, de la  política marítima y  de la integración económica.
La decisión de cambiar el escenario del debate con Chile fue correcta y oportuna. Fundamentada en la teoría de los actos unilaterales, la demanda que Bolivia presentó ante la Corte Internacional de Justicia, sorprendió a Chile que intentó el camino de una excepción preliminar de incompetencia del Tribunal, mal argumentada, que tiene pocas posibilidad de prosperar.
Más allá del resultado final de esa controversia jurídica, que se conocerá en unos tres a cinco años, se avizora un periodo de fricción política y diplomática en la difícil relación bilateral, por la forma en la que el país transandino reaccionó ante la demanda.
En efecto, se declaró en virtual rebeldía ante la Corte Internacional de Justicia. No sólo impugna su competencia, la desconoce. Las declaraciones de Heraldo Muñoz -"Bolivia pierde el tiempo cuando intenta la vía de la Corte Internacional de Justicia. Chile no va a ceder soberanía territorial o marítima de ninguna manera”—y del Senador Letelier -"no vamos a aceptar un fallo que diga ‘tienen que darle territorio a Bolivia’. Eso no va a ocurrir”-, no dejan ninguna duda sobre su conducta de aquí en adelante. 
Ha ido más allá. Prisionero de su propio razonamiento -este es asunto un estrictamente bilateral, que no interesa ni afecta a nadie más- Chile rechazó, en términos destemplados, los buenos oficios que varios países amigos querían interponer para bajar la tensión en un conflicto que, si continúa escalando terminará por afectar la integración y la seguridad latinoamericana. El portazo alcanzó inclusive al propio papa Francisco, antes de que el Sumo Pontífice dijera una sola palabra sobre el tema.
De esa manera, Chile -agresivo y desafiante- se aisló a si mismo y colocó a Bolivia en una posición diplomática y comunicacional ventajosa. Es que al vecino siempre le resultará muy difícil explicar porque -a pesar de tener más de cinco mil kilómetros de costa- no es capaz de devolver a Bolivia un pedazo de litoral para poner término real a la Guerra del Pacífico.
El Gobierno nacional –que tiene el país unido y firme detrás de la estrategia en marcha -puede aprovechar el momento para consolidar y ampliar el sentimiento de simpatía y apoyo de la comunidad internacional a la demanda boliviana de reintegración marítima soberana. Para hacerlo tiene que manejar con especial cuidado la relación con el papa Francisco y el Vaticano y, sin prejuicios políticos, debe reparar los lazos con Brasil, Perú, Colombia, México y Estados Unidos y fortalecer los vínculos con Ecuador, Argentina, Paraguay y Venezuela. Con gestos auténticos de amistad. Con seriedad, ignorando las provocaciones y sin olvidar que el objetivo final es recuperar acceso soberano al mar en negociación con Chile y, eventualmente, el Perú,  le bastará poner de relieve el carácter pacífico y respetuoso del derecho internacional de las gestiones nacionales y su incuestionable fundamentación jurídica y ética.
La política de integración económica se liga estrechamente con esa tarea. En el centro geográfico del sistema sudamericano. Bolivia es el único país del continente que se proyecta en las cuencas del Pacífico, del Plata y del Amazonas. Por las rutas del Plata se desplazan las ventas de gas natural, agricultura y ganadería, que se dirigen esencialmente a los mercados sudamericanos y por las del Pacífico las de minerales encaminadas a los mercados mundiales. De allí que en el futuro la navegación en el río Paraguay es tan significativa como la gravitación económica y política en los puertos del Pacífico. Por otra parte, aunque la integración comercial esté estancada, la integración política en retroceso y olvidados los  megaproyectos, Sudamérica es el principal espacio económico y comercial de Bolivia.
Esas son consideraciones ineludibles a tiempo de definir la orientación de la política exterior boliviana y su participación en el MERCOSUR y la Alianza del Pacífico. No solo debe pertenecer a los dos proyectos sino que tiene la función geopolítica de articularlos.
En el MERCOSUR, aunque se aproxima una negociación complicada para la renovación de los contratos de venta de gas natural, la sorpresiva y profunda mutación del mercado mundial de energía favoreció al país, ya que postergó por un buen tiempo el desarrollo y explotación de los campos de pre-sal del Brasil y los de Vaca Muerta de Argentina y repuso el valor estratégico de la oferta nacional.
En el Pacífico, en un mercado más exigente, recobran significación las ventajas arancelarias de la Comunidad Andina en Colombia y Perú, para toda la cadena de la soya. Finalmente, las marchas de los obreros de ANETEX en las calles de La Paz recuerdan la importancia del mercado de Estados Unidos para las manufacturas nacionales, textiles, de la madera, del cuero y de la orfebrería.
Así, cablegráficamente, menciono dos temas de los muchos insumos que deben incluirse en el necesario esfuerzo de reflexión y de reingeniería conceptual y operativa de la política exterior boliviana en la nueva gestión de Gobierno.

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