Evaluación

Lo viejo y lo nuevo en el tercer mandato de Evo

Continuará el crecimiento del MAS que para una generación completa de bolivianos ha sido la única “marca política” en el Gobierno.
viernes, 16 de enero de 2015 · 18:46
Fernando Molina

periodista y escritor

El tercer mandato de Evo Morales como presidente de Bolivia se inaugura pocos días después de que sus asambleístas enviaran a los tribunales a su principal retador en las elecciones de octubre, Samuel Doria Medina. Esta es una primera marca de continuidad entre la gestión que comienza y las dos anteriores: la judicialización de la política con el objetivo de garantizar el monopolio de la representación pública en manos del MAS.

Recordemos que durante los primeros años de su gobierno, este partido intentó enjuiciar a varios expresidentes, que en ese momento eran figuras políticas relevantes, y que si no perseveró fue por la reacción internacional que su iniciativa causara.  Rememoremos también que poco después de haber comenzado el segundo periodo de Morales, Manfred Reyes Villa, el candidato que se le había enfrentado en las elecciones de 2009, debió tomar el camino del exilio a Estados Unidos, acosado por la interferencia del Gobierno en los procesos por corrupción que tenía abiertos. 
La monopolización de la política tiene, claro está, el propósito de asegurar que el que pronto será el más largo Gobierno de la historia del país, aún más prolongado que el "decano” de los gobiernos de facto (dirigido por Andrés de Santa Cruz entre 1829 y 1839), se mantenga por tiempo indefinido. Semanas atrás, Evo Morales habló de la necesidad de cambiar la Constitución para resolver la bancarrota del nuevo sistema judicial creado por él mismo. Resulta lógico interpretar esta afirmación, que Morales se cuidó de no hacer durante la campaña electoral, como un anticipo de que los bolivianos serán convocados, quizá este mismo año, a un referendo en el que no sólo se definirán nuevas reglas para la elección de jueces (una "revolución de la revolución judicial”, como ha dicho un analista), sino también la suspensión de la cláusula constitucional que impide la reelección sucesiva de las autoridades. Así lo denunció la oposición y el oficialismo no la ha desmentido.
Continuará también, en este tercer mandato, el crecimiento del MAS, que para una generación completa de bolivianos ha sido la única "marca política” en el Gobierno, y que para los intelectuales, empresarios y políticos que se van sumando a ella  es, en todo caso, la única capaz de garantizarles la tranquilidad personal y la satisfacción de sus deseos de figuración social y éxito económico.
Este crecimiento, que pone en la misma línea a exneoliberales y a sindicalistas, a oradores de plazuela y a grandes empresarios, y que junta viejos izquierdistas con advenedizos que desconocen el ritual y el lenguaje progresistas, ya ha constituido un problema en los últimos tiempos y seguramente lo seguirá haciendo. Las peleas en la cumbre son más extenuantes y sangrientas, porque al que pierde no le queda más alternativa que caer. Las luchas por la definición de los candidatos para las elecciones regionales y municipales de marzo, por ejemplo,  han sido tan feroces que se necesitó de la participación de Evo en persona para impedir que las mismas traspasaran los límites de la unidad del partido.
Hasta aquí hemos consignado lo que probablemente se "repetirá” (en la medida en que la historia se repite) durante el tercer mandato de Morales. Pero también habrá novedades, seguramente. Como para ilustrar la visión trágica de la vida, el momento de mayor auge del "evismo” coincide con un conjunto de malas noticias internacionales, que si se desarrollan en sentido negativo podrían afectar las bases de la gran popularidad del Gobierno, que es la que lo mantiene en el poder y le permite actuar con impunidad contra sus adversarios.
La caída de los precios de las materias primas, particularmente del petróleo; la ralentización del crecimiento chino; la recuperación de Estados Unidos y del dólar, que replantea la amenaza de un viejo mal latinoamericano, la fuga de capitales, y el estancamiento de las principales economías del Cono Sur, todo esto puede debilitar  –aunque no llegue a eliminar súbitamente– la prosperidad que ha estado experimentando el país.
Por ejemplo, si empezaran a salir divisas del país, disminuiría la abundancia de crédito, lo que elevaría los intereses del crédito, cuyo bajo nivel actual es la clave del dinamismo de la construcción, que a su vez explica el poco desempleo, y este a su vez, junto con las políticas sociales, la disminución de la pobreza. Si el Gobierno actuara para controlar esta hipotética fuga de divisas, incomodaría a las clases medias, acostumbradas a la libre convertibilidad, y las impulsaría a atesorar dólares, una tendencia que desapareció en la última década, pero que en absoluto puede considerarse superada. Un dólar más alto también desactualizaría la política cambiaria de Bolivia, que, al fijar un tipo de cambio fijo, proyecta una fuerte sensación de estabilidad. Pero un tipo cambiario fijo, con el dólar subiendo respecto a todas las otras monedas, terminaría sobrevaluando al boliviano y desestimulando las exportaciones de soya, al mismo tiempo que impulsaría aún más las importaciones de productos extranjeros, incluso los que compiten con los locales. Algo que por supuesto no podría darse por mucho tiempo sin causar cierres y desempleo en el sector industrial.
Ya en este mismo momento, según los economistas, el Gobierno debería devaluar. ¿Pero lo hará, causando nerviosismo en los tenedores de la moneda nacional?
Sea como fuere, lo cierto es que el tiempo del financiamiento sin límites que hizo soñar a Morales con tener un reactor nuclear ha terminado. Hace poco, Luis Arce, el ministro de Economía que más tiempo ha servido en ese cargo en la historia del país, suspendió la colocación de bonos soberanos por 1.000 millones de dólares en los mercados internacionales, principalmente a causa del alza del dólar y las tasas de interés estadounidenses, que hacen menos atractiva la inversión en títulos latinoamericanos.
Hace 30 años, cuando Bolivia se hallaba en medio de una crisis de financiamiento, un experto explicó lo que estaba pasando en términos históricos: los capitales internacionales concurren a América Latina en grandes cantidades cuando los países desarrollados viven la parte baja del ciclo económico y sufren recesiones; esto dura una década o década y media, y luego cambia cuando las principales potencias retoman su crecimiento y, por tanto, su atractivo como polos de inversión.  
La gran novedad del tercer mandato de Morales, entonces, residirá en que tendrá que demostrar que es tan buen capitán con viento en popa que con el barco en sotavento.

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