Libertad de expresión

Ser charlista o no charlista: ésa es la cuestión

Sospecho -dice el autor- que tendremos a charlistas y no charlistas de muchos colores en posiciones irreconciliables por algún tiempo.
viernes, 23 de enero de 2015 · 18:49
Jorge Patiño
Sarcinelli

matemático y escritor

El atentado contra Charlie Hebdo marca un hito en el debate sobre la libertad de expresión. Con él se redefinen las premisas y las evidencias que dibujan la cancha en que hoy se enfrentan los "Je suis Charlie” y los "I am not Charlie”, o, en nuestras orillas lingüísticas, entre charlistas y no charlistas. La mayoría de los que se han pronunciado sobre el tema se ha declarado charlista, pero hay quienes han adoptado una posición reticente. "El Papa no es Charlie” y otras voces serias lo acompañan. Lo que divide a los dos bandos no es su posición ante el acto criminal, contra el cual la condena ha sido unánime, ni la importancia de la libertad de expresión como bien público a ser defendido por encima de las diferencias de opinión, sino los límites de esa libertad, las consecuencias de violar esos límites, y quién los determina.

Todas las semanas mueren decenas de personas inocentes hechas pedazos por bombas terroristas. Esas muertes no son menos trágicas, deplorables o insensatas que las de los periodistas de Charlie Hebdo. Lo que las diferencia no es que éstos eran franceses y geniales, sino que han muerto por una causa, enfrentando valientemente los peligros que ello significaba. Ahí la diferencia entre víctimas del terrorismo y "mártires de la libertad de expresión”, como los llamó Brooks.
Charlistas y no charlistas están todos a favor de la libertad de expresión, pero reconocen que esa libertad tiene límites. Y aquí comienzan las diferencias. Las leyes de casi todos los países y los códigos de ética de los medios de comunicación establecen que no todo puede o debe ser  publicado. Típicamente, la libertad de expresión se limita en casos de difamación, calumnia, pornografía, provocación a la violencia, racismo, etc. La mayoría está de acuerdo con que los medios de comunicación no deben usar su poder para insultar a personas, menos aún si se trata de insultos no provocados, contra personas sin recurso contra ese insulto.
Las caricaturas de Charlie han sido publicadas en defensa de una democracia laica y en contra del fundamentalismo religioso de cualquier índole. Sin embargo, muchas de esas caricaturas eran insultantes para el 23% de la población mundial que es musulmana, y la gran mayoría de la cual son amantes de la paz, tanto como lo eran los periodistas de Charlie. Sin embargo, éstos han creído que podían ignorar la sensibilidad de aquellas personas porque viven en el "error” del fundamentalismo religioso.
El insulto es como un cuchillo. El que lo profiere siente el mango pero no el filo de la hoja. No basta, por eso, estar seguros de tener seguro el mango, sino de saber cuán honda será la herida, la que siempre depende de la sensibilidad de la carne de un otro, a veces desconocido.
Yo también estoy a favor de la democracia y de la tolerancia, y contra los llamados fundamentalismo y extremismo, pero no me parece tolerante arrogarse el derecho de insultar a los que prefieren vivir en estados no democráticos o creen en la religión como eje ordenador de sus vidas y sociedades. Página Siete dice que "Lo que entendió Charlie Hebdo es correcto: que no puede haber verdadera democracia sin Estado laico y sin secularismo.” Posiblemente, pero la democracia es una opción, y si los ciudadanos de Bután prefieren una monarquía absolutista, eso no da derecho a insultar a su rey (o, digamos, insultar a quien se se niegue a adoptar el sistema métrico). Desde este punto de vista, es arrogante la posición de Charlie de asumir que los valores que defiende son universales.
Ahora bien, ni esa arrogancia, ni el exceso de insultar a mil millones de musulmanes justifica el acto criminal que ha sufrido Charlie Hebdo.  Nada lo justifica. Tampoco se puede caracterizar ninguno de sus actos, por ofensivos que puedan parecer, como contrarias a la ley francesa. Los ciudadanos de Bangladesh o Níger que se han sentido ofendidos por sus caricaturas no tienen recurso legal contra el semanario. Charlie los ha ofendido sabiéndolo, pero aunque existen principios que limitan la libertad de expresión cuando se trata de expresiones ofensivas a la sociedad o individuos, "uno puede criticar a Charlie Hebdo por su contenido, su insensibilidad, su ética y su estética, pero no en su legalidad”. Si es así, deberíamos defender el derecho de Charlie de publicar sus caricaturas, por más groseras y ofensivas que puedan ser.
Burke decía que "no hay derechos humanos sino derechos de los ingleses” para recalcar que los derechos se determinan y ejercen, y sus transgresiones se castigan dentro de un marco legal, que salvo excepciones, es nacional. Página Siete, por ejemplo, cree "en el derecho de cada medio de establecer sus propios límites” y que "al final es cada ciudadano el que deberá decidir si consume un medio u otro, si esta caricatura le parece inaceptable”. Es decir: Charlie decide lo que publica, y las personas a las que no les guste tienen tres opciones: dejar de leerlo, escribir al editor protestando, o abandonar el fundamentalismo para ya no sentirse ofendidos. Me declaro incómodo con la solución, pero tal vez no haya otra cuando la ofensa cruza fronteras.
Sin embargo, cuando el medio que ofende y quien se siente ofendido viven bajo el mismo techo legal, esas controversias se dirimen en un régimen de auto regulación, como quiere Página Siete –y lo establece nuestra Constitución- o mediante instancias independientes para el efecto. La auto regulación se justifica como protección de la libertad de prensa contra la censura de un Estado arbitrario, pero pone a los medios en la nada ideal situación de ser juez y parte. En nuestro contexto actual, que venga el diablo y escoja.
El mayor daño de este episodio es sin duda la muerte de 17 personas. Pero hay un daño colateral cuando los gobiernos usan el atentado como excusa adicional para aumentar los controles de la internet y de las libertades individuales en general. Es irónico que las muertes de los periodistas de Charlie sea usada contra la libertad que ellos defendían.
El episodio Charlie ha destapado ollas de interminable material discutible, y sospecho que tendremos a charlistas y no charlistas de muchos colores en posiciones irreconciliables por algún tiempo, pero aunque nada justifica ni compensa las muertes de los periodistas de Charlie, esperemos al menos que el debate que las sigue contribuya a una mayor claridad en el ejercicio de esa libertad que ellos defendían. Me sumo a los homenajes que les son rendidos.

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