Presidencias continuas

Andrés de Santa Cruz y Evo Morales

La dimensión histórica de ambos presidentes presenta una diferencia que no es de grado sino de magnitud, derivada de las circunstancias históricas, el estilo de su liderazgo y el alcance de sus decisiones.
viernes, 09 de octubre de 2015 · 21:32
José Antonio Quiroga T.

editor

  Los conflictos internos que tuvo que afrontar, como el llamado "golpe cívico prefectural” del año 2008, son un paseo por el Prado comparados con cualquiera de las campañas militares que comandó Andrés de Santa Cruz.

El próximo 17 de octubre, Evo Morales habrá cumplido un día más en la presidencia que los nueve años, ocho meses y 24 días en los que Andrés de Santa Cruz y Calahumana gobernó el Estado boliviano, entre 1829 y 1839.

En el país de los cuartelazos y las revueltas populares, la sola duración o continuidad de un régimen político puede ser considerada una hazaña, independientemente de su consistencia institucional, su legitimidad democrática o los resultados de su gestión pública.
A Andrés de Santa Cruz se lo recuerda como el estadista que sentó las bases institucionales del Estado boliviano y como el artífice del más grande proyecto de integración sudamericano, la Confederación Perú-boliviana. Es muy temprano para saber cómo se lo recordará a Evo Morales cuando deje la presidencia, al término de su tercer mandato –cuando haya cumplido 14 años de gestión continua– o después de su cuarta gestión, si fructifica su anhelada reelección. Pero está claro que la dimensión histórica de ambos presidentes presenta una diferencia que no es de grado sino de magnitud, derivada de las circunstancias históricas, el estilo de su liderazgo y el alcance de sus decisiones.
Una de las primeras decisiones de Andrés de Santa Cruz fue abolir la Constitución bolivariana de 1826 que instituía la presidencia vitalicia. Evo Morales, en cambio, hizo "interpretar” la Constitución para optar a una segunda reelección en 2014 y ahora está empeñado en una reforma constitucional que le permita acceder a un cuarto periodo de gobierno consecutivo. Si por él fuera, regresaría en este punto a la Constitución vitalicia de Bolívar.
Andrés de Santa Cruz recibió un país en crisis económica, con una débil institucionalidad y en un contexto regional de tumultuosa transición entre el régimen colonial y las nacientes repúblicas, enfrentadas a conflictos civiles, golpes militares y guerras internacionales para redefinir sus fronteras o establecer equilibrios geopolíticos. En esas difíciles circunstancias, ordenó las finanzas públicas; organizó profesionalmente al Ejército; creó instituciones tan importantes como las universidades públicas de La Paz y Cochabamba; redefinió el ordenamiento territorial y las funciones de los prefectos, gobernadores, corregidores y alcaldes; llevó a cabo el primer Censo de población; promulgó los primeros y más avanzados códigos de comercio, penal, minero y civil; estableció el marco jurídico y político de la Confederación y enfrentó a la Argentina y Chile en dos guerras internacionales; consolidó la pertenencia de Tarija a Bolivia y reforzó la presencia del nuevo Estado en el Litoral; construyó importantes caminos y puentes; etc. Una de sus medidas controversiales fue la creación de la moneda feble (de baja ley), una decisión monetaria destinada a sanear el tesoro nacional que trajo distorsiones en el sistema de precios. Durante el gobierno del "Cóndor indio”, Bolivia alcanzó la mayor preponderancia internacional en los aspectos militares, económicos e institucionales.
A Evo Morales le tocó en suerte administrar el periodo más prolongado de bienestar económico derivado de una coyuntura de altos precios internacionales de las materias primas. Los conflictos internos que tuvo que afrontar, como el llamado "golpe cívico prefectural” del año 2008, son un paseo por El Prado comparados con cualquiera de las campañas militares que comandó Andrés de Santa Cruz. Morales abolió el orden republicano para "refundar” el Estado, esta vez en clave "plurinacional”; promovió la participación política de sectores sociales tradicionalmente postergados; sustituyó el sistema de partidos por un régimen de gestión corporativa; dedicó la mayor parte de sus esfuerzos a la realización de obras públicas pequeñas y grandes en todo el ámbito nacional; validó un Censo de resultados inciertos; llevó la demanda marítima a los estrados judiciales obligando a Chile a responder ante una Corte internacional; expulsó al embajador norteamericano y estableció relaciones con Irán; reforzó el control estatal sobre los recursos naturales y emprendió la "marcha al norte”, emulando la "marcha al oriente” del MNR. Durante su gestión, la administración de justicia se degradó como nunca antes en la historia boliviana. Las instituciones, empresas y leyes creadas durante sus casi 10 años de gobierno dejan mucho que desear y algunas de ellas probablemente no lo sobrevivirán: ahí están para atestiguarlo el Fondo Indígena, la Ley del Medio Ambiente o la de Autonomías, Papelbol y la Empresa Siderúrgica del Mutún, o las universidades indígenas, entre muchas otras. Al contrario de Santa Cruz, Evo Morales heredó –y supo conservar– una moneda fuerte pero creó instituciones febles.
La nación agradecida le confirió al Mariscal de Zepita el título de Gran Ciudadano Restaurador de la Patria. Evo Morales prefirió hacerse llamar inicialmente el "líder espiritual de los pueblos indígenas del mundo”.  Ahora que está en vísperas de superar a Santa Cruz en la duración continua de la presidencia –Paz Estenssoro y Banzer lo superan aún en gestiones discontinuas– es previsible que la Asamblea Legislativa le otorgue alguna grandilocuente distinción, más próxima a la tradición del despotismo oriental que a la del civismo republicano.
Santa Cruz fue derrotado militarmente en la batalla de Yungay y acabó sus días en el exilio dorado de Francia junto a su familia. Evo Morales podría concluir su actual periodo constitucional, cumplir con su compromiso de no optar por la reelección y retirarse "con su quinceañera” al Chapare como expresó sin rubor. Pero todo indica que ha apostado por la incierta opción de perpetuarse en el poder, por lo que es imposible saber cómo terminarán sus días como presidente, en un contexto económico e internacional muy desfavorable.
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