Cambio sustantivo en las discusiones políticas sudamericanas

El extraño debate sobre la lactosa en la izquierda y en el progresismo

A partir de la reflexión del vicepresidente Álvaro García Linera sobre la “izquierda deslactosada”, Eduardo Gudynas analiza los cuestionamientos de “las izquierdas” a los gobiernos progresistas y cómo estos endurecieron su críticas hacia aquellas.
domingo, 13 de diciembre de 2015 · 00:00

Eduardo Gudynas / Ambientalista

En los últimos meses está en marcha un cambio sustantivo en los debates políticos sudamericanos. Las izquierdas que no participan de los gobiernos están afinando sus cuestionamientos, manteniéndose claramente diferenciadas de los reclamos conservadores. Como reacción, desde presidentes y vicepresidentes, pasando por ministros, hasta conocidos apoyos intelectuales, han endurecido notablemente sus críticas a esas izquierdas.

Un ejemplo de todo esto son los discursos que el vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, ofreció en una sucesión reciente de viajes a distintos países. En su disertación en el segundo Encuentro Latinoamericano Progresista, celebrado en Quito el pasado septiembre, pidió permiso para criticar a lo que denomina como "izquierda deslactosada”.  
En unos pocos párrafos, las describe de la siguiente manera: son unos perfumados, descafeinados, les espanta el "olor” de la plebe o el "lenguaje guerrero”, les incomodan los ruidos de la calle o las barricadas, son radicales o pseudoradicales, pseudoizquierdistas, abstractos, timoratos, inoperantes, arrepentidos y cómplices. Serían apenas observadores desde un balcón de un café, o en el descanso del fitness matinal, que analizan mirando televisión,  y que la única revolución que conocen es de un documental de History Channel. Tienen buenos salarios, pero "no tienen ninguna medida concreta” ni propuestas prácticas enraizadas en los movimientos.
 
La mirada metabólica de la política
Como puede verse, la izquierda deslactosada, según esa evaluación, sería una cosa espantosa.  En esos pocos renglones hay por los menos 21 descalificaciones, casi todas adjetivaciones y pocos argumentos. Ante ese tipo de evaluación, entiendo que sólo es posible una reacción un poco en serio y un poco en broma.
Comencemos por precisar ese adjetivo de la lactosa para referirse a la izquierda.  La lactosa es un azúcar, conformado por una asociación entre glucosa y galactosa, presente en la leche materna de los mamíferos. Se ha vuelto conocida por la intolerancia que algunas personas tienen a esa molécula, lo que ha promovido la venta de leches deslactosadas.
Cuando García Linera se lanza contra los deslactosados, estaría introduciendo una metáfora bioquímica de la política que permitiría identificar dos posiciones. Habría una que sería muy buena, desplegada por los gobiernos progresistas, que es la que tendría mucha lactosa; y otra descansaría en los reclamos supuestamente marginales de una izquierda extra-gubernamental, deslactosada o diet.
Sea por esta vía o por otra, nos quieren llevar a una discusión en la que la lactosidad reemplazaría a otros componentes clásicos de los debates políticos en el gran campo de la izquierda. Seguramente ese camino del análisis metabólico no tiene mucho sentido, pero aún si se lo aceptara, podría argumentarse que la situación actual es seguramente la inversa.
Son los progresismos los que se han quedado sin energéticos, se han deslactosado. Entretanto, en los ámbitos de las izquierdas plurales e independientes es donde todavía persisten las energías, las fuerzas, para buscar los cambios.

Atrapados en el desarrollo
Para fundamentar que la falta de azúcar está en otro sitio, es necesario precisar que las izquierdas democráticas plurales e independientes han centrado sus cuestionamientos sobre las estrategias de desarrollo progresistas o sus modos de entender la política.
Los progresismos sudamericanos actuales han quedado atrapados en estilos de desarrollo que más allá de sus cambios (muchos de ellos positivos) de todos modos siguen basados en los sectores primarios y, por ello, sufren una amplia gama de impactos, manteniendo su dependencia de la globalización.
Esto les ha obligado a reajustar las prácticas políticas de manera que puedan, por un lado, mantener sus conocidas medidas de amortiguación social y, por otro lado, aplacar, detener o impedir que la movilización social ponga en riesgo esos extractivismos. Es una apuesta que sin duda no es neoliberal, pero desembocó en regímenes políticos que son sustancialmente diferentes a las ideas de las izquierdas que los originaron.
Toda esta maquinaria sólo es viable mientras el Estado logre capturar márgenes adecuados de excedentes. Los gobiernos necesitan financiarse para sostenerse a sí mismos (lo que no es menor, porque el empleo público se multiplicó en casi todos los países progresistas) y simultáneamente mantener programas de compensación social.
El motor principal para mantener estos equilibrios han sido los extractivismos, tales como la minería, los hidrocarburos o los monocultivos. Por más que se acumule la evidencia sobre sus graves impactos sociales o ambientales, sus costos económicos escondidos o la dependencia de los compradores o inversores internacionales, a pesar de todo eso, en lugar de buscar nuevas opciones los progresismos optaron por profundizar todavía más su dependencia extractivista. Ahora rebajan los controles, ofrecen cuantiosos subsidios, contratos secretos o reprimen la protesta ciudadana.
Ante estas situaciones los progresismos sostienen que no se puede caer en la "trampa” de los deslactosados, quienes reclamarían dejar en "seis meses lo que ha durado siglos”, como dice García Linera. A mi modo de ver, ese tipo de afirmaciones parte de una lectura incorrecta de la realidad.
No conozco a nadie que plantee dejar los extractivismos en meses, ni siquiera en unos pocos años. Lo que se exige es la necesidad de entender que no puede insistirse en ese tipo de desarrollo, que deben pensarse cambios y comenzar a ensayarlos, y para ello se proponen salidas paulatinas. Nadie insiste, por ejemplo, en prohibir toda minería, sino en enmarcarla bajo verdaderos controles y apropiarse solamente de aquello que realmente se necesite dentro de la región. Dicho desde la metáfora metabólica, hay que tener mucha lactosa para imaginar otra economía y superar la dependencia de la globalización.
Los progresistas también afirman que sólo podrían abandonar los extractivismos si hay un cambio planetario, una renuncia global al capitalismo o una revolución que rompa con el desarrollo, en todos los países y más o menos simultáneamente. Ese tipo de ideas sí que son ingenuas; es aguardar a que los alemanes o los chinos, todos a la vez, se iluminen repentinamente para cambiar sus estilos de vida, sus apetencias consumistas y sus entendimientos de la economía y la política.
Los latinoamericanos no pueden seguir esperando por todo eso, y deben comenzarse los cambios, dicen desde las izquierdas. Por ejemplo, iniciar desenganches selectivos de la globalización en paralelo a fortalecer redes productivas regionales.

La energía en la política
Otro cuestionamiento frecuente que García Linera reproduce, parte de afirmar que el "pseudoradicalismo abstracto o inoperante” no apuntala "ninguna” movilización ni "refuerza la acción colectiva”. Aquí también la realidad es distinta. Las izquierdas independientes, democráticas y plurales están a un lado de las comunidades que padecen serios problemas sociales y ambientales en unos cuantos países.
Esa interacción permite que se hagan explícitos impactos que gobiernos y empresas quieren ocultar, sirven para defender derechos ciudadanos y son una barrera contra la corrupción. No sólo eso, sino que en esas comunidades se escuchan relatos donde son los progresistas en los gobiernos que están recluidos en sus oficinas y poco o nada saben de lo que realmente sucede hoy en día en las calles o en las comunidades.
Esa renovación de la confluencia entre grupos organizados es la que potencia movilizaciones desde hace ya un buen tiempo (como las marchas ciudadanas en defensa de la naturaleza que han ocurrido en distintos países, en las que un ejemplo boliviano fueron las marchas por el TIPNIS).
Esas y otras movilizaciones fueron rechazadas por los progresistas y además acusaron que se estaba politizando a indígenas o campesinos. No sólo eso, sino que desde entonces parecería que las ONG son tan pero tan poderosas que deben ser vigiladas y controladas estrechamente por los gobiernos.
Ante esta situación, se vuelve difícil entender los dichos de los progresistas. Por un lado, el progresismo gobernante insisten en que los deslactosados son incapaces de incidir en la movilización ciudadana, y por otro lado, afirman que como son tan pero tan potentes necesitan ser controlados.
¿Le llama la atención que se presenten dos ideas contrarias? Posiblemente no. Es que este tipo de contradicciones se han vuelto comunes y ya son evidentes para amplias mayorías. Es este precisamente uno de los signos de la energía menguante de los progresismos.
Por lo tanto, no estamos ante un final de ciclo, sino ante su agotamiento. Les resulta cada vez más difícil encontrar nuevos argumentos y por ello no les queda más remedio que apelar a otros recursos, sean campañas de publicidad, raras metáforas, repetidas adjetivaciones y, cuando se puede, algunas burlas.
¿La lactosa sería la medida tanto para las ideas políticas como para las prácticas de los gobiernos? ¿Tendremos que implantar un lactómetro político? Me resisto a caer en esos extremos. ¿No existen palabras más adecuadas o ideas más precisas para explicar el asunto? Sin duda que sí.

En esa actitud deben estar las izquierdas que, para relanzarse, deben usar los mejores términos y conceptos posibles, y siempre referirse a problemas reales y no ficticios. Izquierdas que defiendan sus ideas y disientan si es necesario, con respeto y con argumentos. La gente no es tonta y es eso lo que espera.

No hay alternativas

 Muchos progresistas acusan a las izquierdas de no tener propuestas  alternativas o de vivir en una especie de ilusión alejada de la realidad. "No tienen ninguna medida concreta ni una sola propuesta práctica enraizada en el movimiento social”, dice Álvaro García Linera.
Sin embargo, lo que nos rodea es muy diferente. Tanto en los países andinos como en el Cono Sur se han planteado y se discuten todo tipo de alternativas a los extractivismos, en particular, y a la dependencia de vender materias primas, en general. Por ejemplo, fue la sociedad civil ecuatoriana la que innovó al proponer una moratoria petrolera en la Amazonía. Esa iniciativa finalmente no cristalizó, pero hoy, los científicos que estudian el cambio climático y afirman que se debe mantener aproximadamente el 80% de los hidrocarburos bajo tierra para asegurar la vida en el planeta, le están dando la razón a esa propuesta.
De manera similar, hay economistas que alertan sobre la desindustrialización generada por un boom exportador de commodities y proponen industrializaciones alternativas, especialmente encadenadas con la agropecuaria. Otros han explorado sistemas tributarios alternativos.
Hay redes de grupos y organizaciones, reuniones, seminarios, libros y artículos dedicados a las alternativas al extractivismo, e incluso una reflexión específica de vías de salida transicionales de la adicción a exportar bienes primarios.
Esta apretada lista muestra la existencia de múltiples discusiones y ensayos, tanto conceptuales como prácticos. Espacios repletos de energía e innovación. Los progresismos, en cambio, no han generado ideas alternativas sobre el desarrollo. Es difícil saber si los progresistas no entienden toda esa discusión sobre las alternativas o no les queda más remedio que ignorarlas y declamar que no existen, ya que si las aceptaran, se verían obligados a comenzar a pensar en cambiar sus propias prácticas.

 La necesidad de revelar  contradicciones

 Tanta insistencia en las raras metáforas políticas disimula la paulatina desaparición de una categoría fundamental: las contradicciones. Su estudio era un componente clave en aquellas anteriores izquierdas, desde abordajes simples sobre los contrastes entre lo que dicen los gobiernos y lo que realmente hacen, hasta los complejos análisis de coyuntura que ofrecían sindicatos o las ONG de base popular.
El progresismo sudamericano actual, en cambio, no nos habla de contradicciones, sino que nos presenta floridas metáforas. A pesar de esos intentos, entender las contradicciones sigue siendo fundamental. Su aplicación permitiría comprender mejor las fenomenales tensiones entre la organización de la producción al estilo progresista y su inevitable dependencia comercial como proveedores de materias primas, lo que impone estructuras y dinámicas de unas acotadas variedades de capitalismo.
La poca atención a las contradicciones también impide visualizar los claroscuros de otros procesos recientes. Por ejemplo, la minería cooperativa puede tener su cara popular positiva, pero también repite estructuras verticales en las que unos pocos se aprovechan de unos cuantos más que se ubican más abajo, destruyen la Naturaleza, y terminan igualmente obsesionados con la ganancia y la globalización. Más allá de los discursos, persiste, aunque de otras maneras, la dominación de unas personas sobre otras y sobre la Naturaleza.

 

 

 

 

 

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