Cusi y la guillotina con el Otro

No importa el juicio jurídico sino la exposición pública de un cadáver simbólico para dar un ejemplo de escarmiento, sostiene Mamani.
viernes, 30 de enero de 2015 · 20:30
Pablo Mamani R.

sociólogo qulla y alteño

Para el poder, Gualberto Cusi se ha convertido hoy en alguien que contraviene la idea del control total del Estado. En ese sentido, el fin es político y lo jurídico es un pretexto. Nos referimos al "juicio de responsabilidades” que se le sigue en el Parlamento boliviano. Y para ese fin, al parecer se han elucubrado todos los medios posibles, sin importar si éstos son moralmente válidos o éticamente correctos. Aquí se debe resaltar que éste es un trágico hecho contemporáneo de la historia política boliviana de los últimos 50 años. La expulsión del Parlamento de Evo Morales de 2001 no es comparable al mismo, si alguien quiere comparar. Pues el trato que se le ha dado al Tata Cusi -en el marco de este "juicio”- es un hecho oprobioso dado en el mensaje de la crucifixión. Dicho mensaje es que nadie debe atreverse a cuestionar los intereses del Jefe Real y Jefe Único y quienes se atreven "corren la misma suerte que Cusi”. 

Cusi ha denunciado que los parlamentarios sabían de su enfermedad; sin embargo, igual ha sido sometido, con todas de las arbitrariedades, ante un Tribunal, lo cual deja como consecuencia la muerte de la civilidad de lo "plurinacional”. Esto es más sañudo en contra de alguien como Cusi, que no tiene el poder de una familia de laureados abogados y doctores ni de analistas que influyan en el poder como lo hacen las castas señoriales. Cusi es un indio aymara más, que por el voto popular, se ha convertido en la máxima autoridad del Tribunal Constitucional de Bolivia.
El sometimiento de Tata Cusi a un espurio "juicio” es un hecho que, de otra parte, insulta todo sentido común de la vida en relación con la relevancia social o no de los suspendidos -temporalmente- artículos de la ley notarial. Aquí la comparación histórica es fundamental. Dado que el mismo es muy parecido al proceso seguido a los "criminales” de Mohoza de 1902, cuando el abogado defensor de los indios, Bautista Saavedra, sostenía que la justicia no es un hecho que juzga justicia sino que sirve para vengarse del indio. Y hoy el Parlamento "plurinacional” ha jugado un papel parecido a aquel hecho tan sonado como histórico: juzgar para cobrar venganza del indio (aunque éste es la matriz constituyente de la civilización política y jurídica boliviana). En el mensaje dado con Cusi, ahora en adelante "nadie se debe atrever a cuestionar” que la reelección de Evo Morales y Álvaro García es inconstitucional, por ejemplo. Es decir, el sistema jurídico -que según el Vicepresidente está herido de muerte- ahora debe abiertamente convertirse en el instrumento de venganza política y étnica, particularmente si son indios insolentes. Aquí, para no completar este macabro cuadro, se esperaría que el abogado León (defensor del tribuno) no haya escrito -igual que Saavedra- que el indio es menor de edad y en camino a extinción.
Así el ridículo del Parlamento es tan trágico como insultante frente a los elementales sentidos de la vida humana y libertad de pensar y disentir en un Estado Plurinacional. Ver a Cusi expuesto en camilla y sueros con grupo de médicos es la imagen, además de racista, colonial que deja la marca indeleble de un Parlamento que se sostiene y está constituido por diversos pueblos. Es decir, el Parlamento se ha convertido en esos días en la dictadura perfecta de la democracia con un marco de acción de la criminalidad criolla, ahora mediados trágicamente por imágenes de indios sumisos e incoherentes. 
Existen muchos multiculturalistas que suelen dar un grito al cielo por los derechos de los indios. Esto no ha existido para Cusi. ¿Cómo habrían vivido y muerto los Julián Apaza, Bartolina Sisa, o Túpaj Amaru y Micaela Bastidas en 1781 por los actos de venganza de los españoles? Nos imaginamos que igual y peor, dada la violencia colonial de hoy. Claro, lo de hoy no es el desangramiento del cuerpo como aquél, sino profundamente simbólico, pero igual de asesino. Al parecer ésta es la moderna forma de asesinar multiculturalmente hoy al indio.
Así, éste es el crimen de mayor sentido simbólico en contra del cuerpo físico y psicológico del aymara. La crucifixión de Tata Cusi es la constatación de este hecho. Pues semanas después, el ministro de Salud, señor Calvimontes, sale a la opinión pública para decir que Cusi es un "peligro” social porque tiene una enfermedad incurable y contagiosa. Ésta es simplemente la culminación de la tragedia humana de los señores del poder que ni el propio Nicolás Maquiavelo hubiera recomendado. La vida como la dignidad son hechos inviolables de primerísimo orden. Pero, aquí si se trata del indio, eso no importa. De ello se puede intuir que el indio hoy sigue siendo imaginado como un animal.
Y esto se consume con algo más trágico aún como es la actuación del senador Eugenio Rojas, presidente del Senado, otrora crítico del racismo criollo y hoy perfectamente acomodado al servicio de lo que el propio Cusi llamó los neopizaristas y algragristas. Es una gran tragedia porque se ha puesto "indio contra indio” desde el poder de los criollo-mestizos. Se suponía que esto había sido superado en países como Guatemala o Chile. Pero, no. No ha sido superado.
¿Ahora, qué está detrás de esto? ¿Para qué exponer a un hombre enfermo y en camilla ante un tribunal? En el sentido anterior, aquí no importa el juicio jurídico sino la exposición pública de un cadáver simbólico para dar un ejemplo de escarmiento de otros posibles atrevimientos. Es decir, está pensado para el futuro inmediato, en un devenir de escarmiento público similar al que han hecho con el cuerpo de Túpaj  Katari o Bartolina Sisa en siglo XVIII. Allí, la picota expuesta en los cerros y puertas de entrada de los pueblos era para dar el mensaje de que ningún otro indio se atreva a levantar la voz. Y eso no es justicia, sino un acto de venganza.
El escarmiento pertenece a la flagelación del cuerpo y del espíritu de un grupo o de un pueblo, y como tal, cumple una función psicológica de miedo o terror. Así, el miedo es un hecho impuesto para que nadie más se atreva a osar en contra del "señor”. Y ese miedo hoy tiene sentido porque nadie quiere efectivamente morir simbólicamente, porque ahora es el tiempo de los indios en la política. Si esto es correcto, la lógica es la siguiente: Evo es indio, entonces Evo también está en la mira de la muerte simbólica. Si el mensaje está dirigido en contra el Primer Mandatario del Estado Plurinacional de Bolivia, Bolivia es tierra de guerras interminables. Y éste es otro nivel de este asesinato simbólico del indio que los señores del poder tal vez lo saben muy bien. 
Entonces, el miedo es para instaurar el control total del cuerpo y del espíritu de un pueblo. La lógica es: la vida es un hecho político y como tal si éste no tiene la disponibilidad de acato, pues tiene que morir. Y es ahí que aparece finalmente el doctor Joseph-Ignace Guillotin (guillotina), fabricante de la muerte de la Revolución francesa de 1789. En resumen, en esto consiste la política de crucifixión del indio como moderna forma multicultural de asesinato del Otro.

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