Revueltas, indignación y democracia

Una síntesis de la primera parte del texto Revueltas de indignación y otras conversas recientemente presentado en La Paz.
viernes, 27 de febrero de 2015 · 19:50
Al inicio del siglo XXI, América Latina fue considerada el continente de la esperanza. Cuando lo comparábamos con África, Asia o con Europa, era en este continente donde estaban naciendo cosas novedosas, políticas de transformación, movimientos sociales, gobiernos progresistas. No es casual que el Foro Social Mundial se haya fundado en Brasil, el año 2001. Ni que su antecedente fuese la proclamación de los zapatistas en Chiapas, el año 1994.
En  esta década, en sus inicios,  se han producido luchas en varias partes del mundo, tantas que algunos dijeron que desde el año 2011 (con la Primavera Árabe) hasta hoy estamos en un nuevo periodo revolucionario, porque en muchos países y en diferentes contextos están emergiendo resistencias y alternativas. Claro que algunas luchas vienen desde lejos y en América Latina tuvieron lugar antes de eso. Bolivia es un buen ejemplo con sus luchas del período 2000-2005.
¿Pero cuál es el interés para discutir estas luchas? Es que estas revueltas son críticas de relaciones de poder y por eso nos instigan a repensar no solamente nuestras teorías, sino también nuestras prácticas.
El pensamiento crítico parte siempre de una doble idea: de la memoria y de la anticipación. En nuestro pensar y práctica hay siempre un elemento de memoria, porque nuestras sociedades se dividen normalmente entre los que no quieren recordar y los que no pueden olvidar. La teoría crítica está del lado de los que no pueden olvidar, los que fueron y son víctimas de sufrimiento, genocidio, opresión, violencias...
El otro lado del pensamiento crítico es la anticipación, la idea de que merecemos una sociedad mejor y que debemos luchar por ella. Por eso hay que ver el impacto de estos movimientos y de estas organizaciones y revueltas en el pensamiento crítico, y también su impacto en nuestros propios países.

Algunas características
Lo que caracteriza mucho este momento revolucionario es que predomina la negatividad sobre la positividad. La gente está indignada, sabe lo que no quiere, pero no sabe muy bien lo que quiere. Hubo un tiempo en que los movimientos decían: queremos socialismo, comunismo. Hoy, en cambio, hay muchas ideas flotando. No hay una certeza de qué tipo de sociedad se quiere. Por eso el Foro Social Mundial asume que "otro mundo es posible”, pero no se define cómo será ese otro mundo.
Ocurre esto porque el movimiento indígena quiere una cosa, tiene una idea; lo propio pasa con el movimiento feminista, que tiene otra idea; y con el movimiento de los derechos humanos, los campesinos, los ecologistas… Hay diferentes visiones de esta emancipación para construir una buena sociedad. Este elemento de negatividad es fuerte y hace que el querer algo, una demanda, sea muy volátil o no aparezca con fuerza.
El dato interesante es que se parte de una demanda pequeña y pronto se pasa a una demanda absolutamente radical. Así ocurrió en Túnez, donde un joven se inmoló. La protesta empezó así con una demanda por legalizar el comercio de la calle, pero poco después ya era para derrumbar al dictador Ben Alí, cambiar el sistema político, traer democracia.
El otro ejemplo son las protestas en Brasil, que empiezan como respuesta a un aumento del 20% en el costo del transporte público, pero rápidamente se radicalizan y acaban pidiendo la reforma del Estado, e incluso una Asamblea Constituyente. Se produce un salto de escalas muy fuerte en este tipo de protestas.

Dos enemigos
Tenemos movimientos muy distintos, pero todos están hablando y actuando básicamente contra dos grandes enemigos y agresores. Uno es la inmensa desigualdad social de nuestro tiempo. Por eso la cuestión no es pobreza, sino empobrecimiento y enriquecimiento sin límites de algunos. Hoy, 400 individuos, todos hombres, tienen tanta riqueza como 40 millones de personas. Es un mundo escandalosamente desigual.
El otro enemigo son dos tipos de dictadura que están hoy por el mundo: una dictadura personal, el dictador, que en el   Oriente Medio es muy claro; y las dictaduras impersonales, de los mercados financieros, que no te encaran, no son  personales, pero pueden empobrecer a un país de un momento a otro. Es una dictadura sin precedentes, es el neoliberalismo financiero sin límites. Y está minando la democracia.
Entonces, la idea fundamental de estos movimientos es que la democracia representativa ha sido derrotada por el capitalismo. Esta democracia no logra poner límites al capitalismo. Por eso una de las demandas o consignas es democracia real. ¿Pero es posible una democracia real en una sociedad capitalista? Ésa es la cuestión que debe estar en nuestra agenda.
La otra característica importante es que todos estos movimientos son extrainstitucionales, están fuera de las instituciones.  En general la política ha favorecido siempre -en Bolivia quizás no tanto- una acción institucional. Hoy la gente piensa que las instituciones fueron ocupadas por antidemócratas, por el dinero, y lo que está libre son las calles y las plazas, únicos espacios públicos no colonizados por el mercado financiero.
Y claro que estos grupos y movimientos tienen también características interesantes para la izquierda. Son totalmente hostiles a los liderazgos, a los voceros, a los grandes comandos. Son asamblearios.

Las consecuencias
¿Cuál es el significado político de todo esto? Hay varias consecuencias. La primera es que, como dije, la democracia representativa ha sido derrotada por el capitalismo. Y quizás la democracia no aguante. Es la asimetría: por la vía de la democracia nunca llegaremos al socialismo, pero con las presiones del capitalismo global salvaje la democracia puede colapsar y vaciarse, lo que es otra forma de fascismo.
La segunda consecuencia de las revueltas de indignación es que no podemos crear teorías generales, ya que todos estos procesos emergen de historias distintas. Hay genealogías diferentes en las revueltas de indignación, que responden a paradojas muy importantes de nuestro tiempo, como el hecho de que el poder nunca estuvo tan concentrado y nunca se disfrazó tan bien de poder fragmentado, anónimo y difuso.
Además, este enemigo hoy en día usa nuestras consignas para destruirlas. Es un poder que se disfraza de una manera insidiosa, lo que hace difícil la resistencia. Es lo que llamo la "dronificación de la política”, un poder que se piensa invulnerable. El control de la información es otro elemento de esta gran polarización de poder.
Ante todo esto, ¿qué podemos hacer? Hay que crear esperanzas sabiendo las dificultades. Lo que estas revueltas de indignación dicen es que este poder no es legítimo, es suicida. Entonces, si queremos luchar tenemos que hacer de la democracia una revolución y de la revolución una democracia. Creo que entraremos en un período de democracias inestables y de revoluciones limitadas pero permanentes. Por ahí me parece que estamos caminando.
Versión editada del texto (José Luis Exeni Rodríguez  )

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