Ciro Bustos, el vilipendiado de la guerrilla

Relato del encuentro con uno de los sobrevivientes de la guerrilla del Che en Bolivia; hoy un jubilado de 83 años que vive en Suecia.
viernes, 03 de julio de 2015 · 10:01
Carlos Decker Molina

 periodista y escritor

Era un día lluvioso cuando nos recibió en su apartamento de la ciudad sueca de Malmö.

"… El paso siguiente fue dificultoso porque implicaba un reto doble dibujarlo a él (al Che), ya no era un chiste, pues resultaba ser un compromiso, no sólo de la memoria, sino de la emoción. Como no tenía  voz para hacer ruido, debía usar otros talentos, y estaba preparado para el envite de Gonzales (cubano-CIA), que terminó por decir: ‘Y ¿Ramón? … Dibújalo a Ramón’”.
Y lo dibujaste, pero, antes habías dibujado a los otros…
"El dibujo  (del Che) fue desafortunado; es evidente que lo importante no era la figura exterior, sino una fuerza interior que fui incapaz de plasmar. Resultó la imagen de un poeta con hambre. No tenía nada que ver ni con su apariencia ni con lo que significaba. De todos los dibujos que debí hacer son rescatables los del Chino y el Ñato, casualmente con quienes mayor trato había tenido en el campamento, y el de Papi, a quien lo apreciaba especialmente”.
Silencio en el cuarto. Él pensando en aquellas viejas escenas y nosotros simplemente respetando el mutismo del instante.
En 1950, Sartre escribió en el prólogo de un texto de Stephane: "Aventurero  y militante no se oponen como dos conceptos abstractos. Son hombre vivos que se enfrentan, se conocen, se reconocen, a veces se alían y a veces se combaten”.
Si bien Busto nunca fue militante del PC argentino ha sido, y quizá lo sigue siendo, un militante de la organización, pero no del partido sino del foco guerrillero. Bustos hallaba a su gente allá donde iba: compañeros, amigos, excomunistas, gente dispuesta a "fajarse”.
Vuelvo a  Sartre: "Entre él y sus más íntimos amigos la organización será su mediación necesaria. No estará nunca solo …”. Pero, Bustos quedó solo porque la "organización”, cuyo sinónimo es Cuba, no le envió ni siquiera saludos después de la aventura boliviana. Me mira callado cuando le digo "es que ya no te necesitaban, te dejaron y te quietaron hasta el saludo”. "Eso lo dices vos”.
En algún lugar del libro Punto Omega de Don DeLillo escribe: "Nadie lo miraba a él. Así era el mundo ideal que habría podido dibujar en su cabeza. No tenía idea de cómo lo veían los demás. No está muy seguro de cómo se veía él mismo”
Fui a verlo porque quería saber qué había quedado de aquel "silencioso guerrillero del Che”. Debo confesar, con vergüenza,  que yo también lo ignoré estos últimos 45 años. Nuestro encuentro fue, al principio monólogos yuxtapuestos que, luego de un día descascarando la historia, se convirtieron en diálogo, porque concluimos aceptando que "ya no quedan barricadas” y somos un par de jubilados con perspectivas de corto plazo, pero, con la carga de nuestros sueños, algunos,  convertidos en pesadillas.
Anduvimos alumbrando con lucecitas tenues los senderos de Ñancahuazú, algunos recuerdos se sobreponen, se entreveran las fechas y por ahí hasta los acontecimientos, pero llegamos al fondo negro de la historia cuando Tania, "con un argentino mal aprendido que pasó a ser un cubano igualmente europeizado” le dijo: "El Che quiere verte”.
Aquellos años se vivía la esquizofrenia de los nombres sustitutos. Ciro pasó a llamarse Carlos y llegó a La Paz para seguir el viaje al monte y arribó a un campamento sin comandante. Ramón (El Che, también se cambió de nombre) estaba de expedición.
Ciro se llamó antes Laureano, cuando estuvo con el comandante Segundo (Masetti) y se llamó Carlos cuando llegó a Ñancahuazú. Eso de los alias me recordó que los antiguos poetas de Islandia cantaban al destino y a la muerte y llamaban a cada cosa con el nombre de otra. Los alias de la guerrilla eran, tal vez, un modo de huir de la muerte, igual que en las sagas islandesas.
Ciro hizo una pausa miró hacia la ventana, Charito le hizo una foto y relató: "No tenía ninguna importancia lo que Debray y yo dijéramos  ni en qué momento; ellos ya lo sabían”.
Yo personalmente pienso: Van a ser 50 años y sigue vigente el vituperio.
"Debray había llegado con su verdadero pasaporte y su tremendo bagaje cultural, así  resultaba más ilegítimo que yo que llegué con total ilegitimidad, porque el peso de su importancia era valuable en tanto que el mío, inexistente. Al abrir mi valija – encontrada en el jeep de Tania – hallaron la nada: escasa ropa de viaje, catálogos de editoriales porteñas, una fotografía de Cortázar y dos máscaras de diabladas orureñas compradas en La Paz”. Al abrir el equipaje de Debray  apareció Cuba, Fidel, Masperó, filósofos y escritores de renombre mundial; era mucho para entrevistar al Che”.
Una pausa, Ciro se lamenta no podernos invitar algo y, al fin, se acuerda que tiene una botella de whisky escondida en algún sitio y aparece con tres vasos, bebemos y le digo que tengo la impresión de que el Che estaba consciente del peso político e histórico de su imagen … Si, claro, me dice casi interrumpiendo y continúa: "Al despedirnos, el Che me dijo en relación a su presencia: ‘pero, bueno, si tú ves que lo saben, dispáralo de una vez y trata de hacer mucho ruido. Así podré volver a ser yo mismo y usar de nuevo mi boina’. No es una frase trivial, es el valor de su presencia”.
Le recuerdo que el  Che escribió en el resumen de mes: "El clamoreo del caso Debray ha dado más beligerancia a nuestro movimiento que 10 combates victoriosos”. Quiero suponer que la expresión "el caso Debray” incluye a Bustos.
Ciro toce varias veces, está saliendo de un fuerte resfrío, su voz suena ronca cuando recuerda: "Mantener en secreto su jefatura significaba, objetivamente, restarle apoyatura”.
Entonces el ocultamiento de la presencia del Che en Bolivia servía a la CIA y coincidió con la tesitura de quienes no querían ayudarlo, es decir a su retaguardia, le digo y él asiente con una mirada lejana que atraviesa la ventana de su piso y mira horizontes lejanos.
En eso viene a  mi mente una cita del escritor argentino Tomás Eloy Martinez que refuerza el punto de vista de Ciro: "A Bustos no lo conocía nadie. Su vocación por el silencio y su habilidad para pasar inadvertido le permitía al Che sentir por él una extrema confianza. Debray trabajaba iluminado por la fama; Bustos lo hacía preservando el anonimato y el sigilo. Era, por lo tanto, una presa fácil para que los historiadores le atribuyeran el papel de Judas”.
Y Ciro hoy ha vuelto a ser Ciro, es el padre de sus hijas, el abuelo de sus nietos y el compañero de Ana María, a la que cada día va a atender porque "está como un pajarito, no pesa nada”.  
Ayer se convertía en hecho político la consigna  del dos y dos son cuatro de la "Revolución en la revolución”. Se remplazaba el cuerpo doctrinal por el folleto y la canción de protesta. Con los pies en suelos irreales, quisimos construir historias a priori en sociologías  totalmente diferentes, unos queriendo ser el Che y otros -por la lentitud que sugiere la frase- prepararnos para la "guerra popular y prolongada”.
Y… ahora ¿Qué somos? ... Simplemente dije: "No lo sé”.
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