Polémica

La clase política

Se ha formado, en nombre de los movimientos sociales, un cartel. Un poderoso cartel que distribuía dinero de los bolivianos junto con un sello de impunidad.
domingo, 24 de enero de 2016 · 00:00
Diego Ayo

politólogo

Algo más devela lo ocurrido en el Fondo Indígena. Algo intangible pero real. Tiene que ver con una tesis de fondo, teorizada hace un siglo por Robert Michels: "mientras más aumenta la militancia o el poder electoral de los partidos, más aumenta el poder del líder o los líderes, de manera que donde la organización es más fuerte, encontraremos un menor grado de democracia. La organización de los partidos se erige, por tanto, como un feudo endogámico, que privilegia a los jefes más queridos, a los dirigentes más leales y/o a los descendientes más inmediatos. Ello equivale a afirmar que la organización misma encierra el peligro de la oligarquización.

¿Es ese rasgo patrimonio del MAS? Por supuesto que no. En verdad lo que existe no es un feudo endogámico sino un vecindario endogámico. Vale decir, esta organización con orientación oligárquica la asumen todos los partidos. Los antiguos partidos (y políticos) -esos que forman lo que al Gobierno le gusta denominar "la derecha”- se han puesto, muchas veces, una engañosa máscara democrática (es de risa que aparezca un criminal fugado como Carlos Sánchez Berzaín a hablar de democracia), pero los nuevos, a su vez, se han puesto una real máscara aristocrática. He ahí la paradoja, pues si bien los antiguos políticos son influidos políticamente por los auténticos demócratas (los movimientos sociales alguna vez lo fueron), ellos mismos influyen en los nuevos partidos en la aparición de indisimulados sentimientos semi-aristocráticos en ciudadanos (hoy políticos) que no fueron nunca "señores”. ¿Qué sucede, entonces? Pues que por esta vía el tradicional (y patético) sentimiento de superioridad de estos señores (los antiguos) tiende y ha tendido a esparcirse sobre toda la clase política. Resumiendo, "en los tiempos de la vida partidaria moderna, la aristocracia se presenta alegremente con un disfraz democrático, mientras que la sustancia de la democracia es permeada con elementos aristocráticos.

De una parte, tenemos una aristocracia bajo forma democrática, de otra, una democracia con contenidos aristocráticos” (Seymour Lipset, prólogo al libro de R. Michels).

¿Tiene esta aristocratización/oligarquización que ver con el Fondo Indígena? Sí, pues lo que vemos es que se ha formado, en nombre de los movimientos sociales, un cártel. Un poderoso cártel que distribuía dinero de los bolivianos junto con un sello de impunidad (o al menos eso es lo que creían). Por tanto, este proceso de cartelización supone que la imprescindible rendición de cuentas que se exige en una auténtica democracia, se diluye. Y es que ya no se le rinde cuentas al ciudadano (premisa democrática), sino a los colegas del partido (premisa oligárquica o de cártel). Por ende, se ha propiciado una verdadera usurpación de la soberanía del pueblo. Estos políticos del MAS, al adquirir autonomía, tanto política como financiera, han logrado transformar la soberanía delegada por cinco años (y no más), en su propiedad privada. ¿Resultado de eso? Han escapado del control ciudadano (las bases) y han terminado por volverse políticamente irresponsables.

Es en este punto que debemos concentrarnos. Téngase en cuenta que son estos señores -estos que se han vuelto políticamente irresponsables- los que han pedido al Presidente que se re-postule en 2019. El efecto de este pedido es que el líder postulado goza de independencia de clase frente a los electores. Eso permite la generación y posterior consolidación de una verdadera "conciencia oligárquica”, no sólo en el jefe máximo, quien cree que ha sido ungido por los verdaderos portadores de la democracia (los movimientos sociales, que ya hemos visto que no clasifican a esa categoría), sino en los ungidores, que creen que la política (y la plata, claro) les pertenece. Desde ese preciso momento, los conflictos ya no se dan entre clases, regiones o grupos étnicos, sino entre quienes apoyan a esa clase política y el resto.

¿En qué queda la democracia en una situación como esta? Conviene hacer esta pregunta pues se argumenta que una mayoría electoral tan vasta a favor del MAS, hace innecesario hablar de esta posible oligarquización. Lo dudo. Creo que este es el momento adecuado para desenmascarar la debilidad de la democracia del número (o la democracia meramente electoral o del voto, diferente a la democracia deliberativa o del diálogo). Se tiene mayoría pero no se delibera con esa mayoría. Se ha propiciado una victoria de la estadística sobre la deliberación ciudadana. Ocurre lo que Pierre Bordieu, intelectual muy renombrado en los círculos intelectuales del MAS, entiende como una sociedad civil convertida en un conjunto de agregados cuantitativos, tendientes a dar legitimidad a esta clase política, pero sin formar parte de las decisiones que toma esa clase política. La sociedad convertida en un dispositivo estadístico -"la mayoría”- incapaz de incidir, a no ser con su voto.

De ese modo, las elecciones se vienen convirtiendo en un mecanismo si no dudoso, al menos parcial, de rendición de cuentas. Mientras ese sea el rasgo dominante, puedo apostar, que los problemas del Fondo Indígena no sólo quedarán impunes, sino se mantendrán. Y es que eso sucede cuando se solidifica una clase política.

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